Capítulo 19 (parte 2): 25 de Agosto, 2026.
Mis dedos resbalaron sobre la tastiera y la música se vino abajo. Era la cuarta vez que ocurría, aquella mañana. La primera vez me había distraído pensando en si había cerrado la puerta del departamento al salir. La segunda, por notar un pequeño rosario budista que Nae había dejado sobre el piano, antes de salir a tomar un café en una de las máquinas de la sala de espera. La tercera no tenía un motivo claro. La cuarta, ahora, por un gesto de Lively.
Llevábamos varias semanas trabajando los tres juntos. A veces las clases se sucedían cada pocos días, dos o tres veces por semana. Otras, espaciadas por intervalos de diez días. Como me había advertido, Lively viajaba mucho al extranjero. No era solo su carrera solista que la mantenía ocupada, sino también el integrar un prestigioso cuarteto de cuerdas. Apenas volvía a La Paz, me escribía con el día y el horario del siguiente encuentro. Mientras tanto, yo continuaba con la vida que el lector ya conoce… salpicándola con eventuales ensayos con Nae.
Nunca se me había ocurrido que un pianista pudiese ser tan necesario para mi estudio diario. La vida del violinista (por no decir del músico en general) tiende a ser muy solitaria, con largos periodos de estudio en aislamiento. Y yo estaba acostumbrado a estudiar solo. Sin embargo, el poder realizar ejecuciones periódicas de las obras con el acompañamiento del piano (y los invaluables consejos de la muchacha japonesa) se había revelado mucho más útil de lo que yo creía.
También había empezado a sacarle mucho provecho a las aulas de estudio del teatro: otra de las cosas que habían cambiado al dejar el barrio Guevara era que ya no vivía rodeado de músicos, algo aislado de la ciudad. Ahora compartía un edificio con otras 20 familias. Y si bien jamás había recibido quejas sobre mi violín, yo entendía perfectamente que no era fácil tolerar horas y horas de música (de hecho, de estudio de la música) todos los días. Uno de los puntos de quiebre se había dado durante el mes pasado, cuando había llegado a casa para encontrar a mi vecino del 4B, sentado junto a la puerta de su departamento, rodeado de bolsas de supermercado.
- ¿Todo bien? ¿Necesitás ayuda con algo?- ahí iba otra vez el querido Martín que no podía dejar las cosas como estaban.
- Si, todo bien- sonrió el muchacho – Esperando a los bomberos para que me abran. Volví a dejarme la llave dentro- y soltó una carcajada como si la situación fuese hilarante. – Dijeron que van a tardar un par de horas- repuso.
Lo miré durante un instante, sintiendo como el ofrecimiento comenzaba a subir por mi garganta, aunque no me apetecía en lo más mínimo.
- ¿Querés esperar adentro? Y seguro que a esas bolsas les vendría bien una heladera.
“Idiota” susurró una conocida voz en mi cabeza.
Media hora después, conversábamos junto a dos tazas de café.
- ¿A vos te molesta que escuche a Celine Dion?- me preguntó el muchacho, cambiando abruptamente el tema de conversación. La pregunta me tomó desprevenido.
- ¡No! ¿Porqué?-
- Pero yo la escucho fuerte. ¿Te molesta?
- Ehm… no, honestamente no-
- Es para tapar el violín-
- Ah… ¿Te molesta el violín?-
- Sí-
Se quedó mirándome, muy serio. Solté una risa nerviosa. Casi hubiese esperado una respuesta de “cortesía civil”. Un “No, por favor. Cómo se te ocurre”. Su honestidad había sido brutal.
- Bueno, lo lamento mucho. Intento tocar lo menos posible, pero…-
- Sí, sí, sí. No te preocupes. Tenés que estudiar y todo eso, yo entiendo. ¡Yo toco la guitarra!-
Asentí con la cabeza. Jamás lo había oído tocar la guitarra. El muchacho sorbió su café y continuó, gesticulando con las manos.
- Y entonces cuando se me hace demasiado fastidioso, pongo Celine Dion fuerte para tapar tu violín. ¿Te molesta mucho?-
Era la conversación más simple y extraña que había tenido en toda la semana.
- Me parece perfecto que hagas lo que sea necesario para no volverte loco con mi violín- le aseguré. El muchacho sonrió, agradecido.
Desde ese día, había intentado mantener mis actividades musicales hogareñas al mínimo. Tener un espacio fuera de casa donde estudiar había sido un cambio muy provechoso. Desde mi primer encuentro con Lively, mis rutinas comenzaban temprano por la mañana. Apenas terminaba con mis responsabilidades con Lonehome (alrededor del mediodía), almorzaba algo rápido y me iba al teatro a estudiar.
Había algo muy personal y meditativo en el hecho de encerrarme varias horas al día en esa sala, aislado del mundo, mientras trabajaba lentamente en mis habilidades con el violín. Me imaginaba que los eremitas que se encerraban durante años para encontrarse a sí mismos y a la divinidad atravesaban un proceso de algún modo similar.
En ocasiones se oían otros instrumentos. Cosa normal, pues el teatro albergaba actividades musicales de todo tipo y aquél subsuelo tenía muchísimas aulas. Por lo general dos o tres pianistas que atacaban furiosamente su instrumento (nunca entendí porqué los pianistas tienen esa necesidad visceral de tocar tan fuerte como pueden), algún clarinetista que practicaba vertiginosas escalas y arpegios, un par de flautas muy tranquilas y otro violín.
No tardé en descubrir que la violinista que estudiaba por las tardes era Eleanor. Hacía meses que no la veía. Habíamos compartido varios conciertos, pero desde que Indira había encontrado finalmente un departamento, tenía tiempo sin cruzarme con ninguna de las violinistas mongolas.
Había pasado varias horas trabajando la sonata 1 de Bach. Concretamente su “fuga”, en la cual el violinista debe entretejer 4 voces independientes él solo, mientras establece claramente cuál es la más importante. No es fácil de explicar, pero es como si un cantante pudiese cantar las cuatro voces de un coro él solo. Bach descubrió que esto era posible, incluso en un instrumento “melódico” como el violín, que (supuestamente) solo puede ejecutar una voz por vez.
Cuando salí del aula para respirar un poco de aire fuera de aquél ambiente viciado y demasiado lleno de notas que yo mismo había creado, me encontré a la joven muchacha junto a una de las máquinas de café.
- Esa fuga empieza a funcionar- comentó con una sonrisa.
Sonreí y comencé a buscar una moneda en mis bolsillos.
- ¿Entonces eras vos la que trabajaba sobre la sonata di Ysaye?-
- Sí… idea de mi madre. Quiere que empiece a trabajar con autores más “serios”, ahora que estudio en el extranjero-
- ¿Tu madre es…?-
- Violinista, sí. Fue ella quien me inició, quien me dio mi primer violín… y quien finalmente me heredó su viejo violín de concierto, cuando consideró que estaba lista-
Asentí, mirándola admirado. Siempre me había preguntado cómo sería crecer en una familia de músicos. Seguramente tendríamos mucho de qué hablar.
Y fue justamente en ese momento en que Eleanor arrugó la cara, mirando el vaso de cartón que tenía en la mano.
- Este te de limón es un asco-
- Yo suelo traer té de menta frío con miel y algo de leche, si te interesa- le ofrecí.
- Me interesa. ¿Qué querés a cambio?-
- Me basta con que de vez en cuando nos tomemos una pausa del estudio para intercambiar experiencias de vida-.
La sonrisa de la muchacha fue suficiente para cerrar el pacto.
Al día siguiente, sin previo aviso, Lively entró en el aula mientras yo estudiaba. Se suponía que nuestra próxima lección sería el viernes de esa semana. Y para eso aún faltaban tres días.
- ¡Sorpresa! ¿Bach?- preguntó, dejando su violín sobre una silla y asomándose a leer las partituras sobre mi atril.
La miré, mudo.
- Creí que…-
- Si, yo también. Cambio de planes. Hoy estoy en la ciudad y quería ver cómo suena tu música cuando no estás mentalmente preparado para tener una clase. Yo voy al baño, tenés 3 minutos para calentar. Elegí con qué movimiento de la sonata vas a sorprenderme-
10 minutos después, bajaba mi arco. Sabía que mi ejecución había sido insuficiente, llena de torpezas y aún con mucho por mejorar. No quise mirar a mi docente a los ojos, pero el silencio comenzaba a extenderse.
Cuando me giré, Lively me observaba completamente seria.
- Martín, no está mal… pero no es Bach. No lo estás tomando con la seriedad que merece-
El comentario me hirió más de lo que estoy dispuesto a admitir. Uno tiene su orgullo como músico, después de todo. Y yo siempre me consideré una persona muy seria.
Lively seguramente notó mi expresión, entre indignada y sorprendida. Se levantó resueltamente y vino hasta el atril. Señaló un acorde.
- ¿Qué notas son estas?-
- Sol, si bemol, re, la-
- ¿Y estás?-
- Si bemol, sol, do sostenido, sol-
- ¿Entendés que cada línea es independiente?-
- ¡Claro que sí!
- ¿Y porqué no oigo claramente el dibujo de las notas graves, entre los acordes? ¿Entendés que esto no es solo armonía, si no que las notas graves van desarrollando una melodía oculta? ¡La misma que tan alegremente tocás al principio de la pieza!-
Me quedé mudo. Lo que decía Lively era completamente cierto.
- ¡Estás tocando las notas como si fuese una lista de tareas! No se sienten las melodías internas, no se entiende el discurso. Lo que tocás no tiene dirección-.
Lively cerró el libro de partituras y se giró a mirarme. No me estaba reprendiendo como mis otros docentes, me estaba pidiendo que cambie mi modo de pensar.
- No se trata de falta de preparación. No se trata de que te haya cambiado el día de la lección. El viernes me hubieses traído esto exactamente igual a como lo trajiste hoy. Sos un violinista capaz, pero tu modo de estudiar no es serio. No quiero que te concentres en venir a clase y tocar todas las notas. Eso lo hacen los niños. Quiero que escuches versiones de esta pieza en internet, que entiendas los discursos internos, que la estudies en profundidad poniendo en juego toda tu inteligencia como adulto y tu formación como músico. Quiero que me traigas a Bach… no las notas que escribió Bach. Y si el resultado de una semana intensa de estudio es esto…- Lively sacudió el cuaderno delante de mi cara -…entonces no estás respetando al autor. No estás estudiando seriamente. Necesito en serio que empieces a preocuparte por la música como si la humanidad se hubiese extinto y fueses el único que pueda preservar el trabajo de Bach-.
No supe qué decir. Cada palabra de lo que había dicho era cierta. Y lo peor es que no tenía excusas. Simplemente no había estudiado con el compromiso que la situación requería. Pero si iba a ser el violinista que soñaba ser, más vale empezar a hacerlo cuanto antes.
Sentí un súbito arrebato de admiración y aprecio por aquella mujer. No era solo lo que decía… si no cómo lo decía.
Lively tomó su violín y empezó a ejecutar la fuga. En sus manos, las notas cobraban un cariz distinto. Ya no eran acordes caprichosos y aislados. Era una historia con cuatro personajes bien claros que se iban desarrollando y entrelazándose. La mujer tocaba con los ojos cerrados, desgranando la pieza con una delicadeza que pocas veces había sentido. La palabra “perfecto” acudió a mi mente varias veces.
Cuando finalmente abrió los ojos, noté que estaban húmedos de emoción. Tocaba mientras miraba algo que solo ella podía percibir. Su sonrisa y sus ojos parecían los de un niño delante de su madre o los de una mujer delante del hombre que ama. Sus ojos eran amor puro y fervor religioso. Se detuvo al llegar al final de la pieza y me miró, algo más tranquila.
- Bach es lo más maravilloso que nos dio la historia de la música. Vale la pena honorarlo, cuando estudiamos-
- Debo admitir que envidio un poco su capacidad para emocionarse de esa manera con Bach. Yo lo admiro muchísimo, pero no se si me llega tanto-
- ¿Y quién te llega, entonces?-
Pensé durante un momento.
- ¿Alguien de tu tierra? ¿Piazzolla?- sugirió Lively.
- La verdad es que no lo había pensado… pero sí, supongo que sí-
- No se hable más. Elegí una pieza de Piazzolla para agregar a nuestro programa. Te la escucho la próxima-.
Sonreí, por primera vez en esa clase. La idea me gustaba.
Me gustaría cerrar esta parte del capítulo acá. Que termine en música. Que termine en la serenidad de una buena clase.
Pero no. Ya sabemos todos que en este blog se mezclan música e infortunios de modo muy íntimo.
El infortunio no avisa. Aparece al girar la esquina, listo para cambiar el tono de una jornada cualquiera. El infortunio acecha detrás de cada oportunidad y se convierte en un depredador que pone en juego tus instintos más básicos.
El infortunio, aquella tarde de martes, tenía la forma de una chica africana tirada en medio de la vereda, en una esquina cualquiera de La Paz.
Cuando la vi, dejé inmediatamente de enviar un mensaje a Paulo, contándole sobre mi clase. Me arrodillé a su lado e intenté moverla. La chica soltó un grito desgarrador.
- ¿Estás bien? ¿Qué pasó?- pregunté, aterrado.
- Duele… la panza me duele… por favor…- apenas se entendía lo que decía por sus sollozos, pero comprendí lo suficiente como para observar que se aferraba el abdomen con ambas manos, mientras temblaba de dolor.
Mi mente emocional, como cada vez que me encuentro en una situación límite, se apagó. Una fría practicidad me invadió y supe que la única opción posible era el número de emergencias.
La siguiente media hora fue una pesadilla. El servicio de primeros auxilios tardó cinco largo minutos en responder y cuando finalmente lo hicieron, insistieron en hacer varias preguntas protocolares antes de siquiera confirmar que una ambulancia venía en camino.
“¿Cómo se llama la chica? ¿Ustéd la conoce? ¿Cómo está vestida? ¿Qué zona le duele? ¿Puede caminar? ¿Es alérgica a algo? ¿Comió algo raro en las últimas horas? Etc, etc, etc”
Yo comenzaba a desesperarme al ver que la muchacha parecía cada vez más adolorida mientras intentaba responder a las preguntas de la operadora que yo le comunicaba.
“Dice llamarse Erika… no, la acabo de encontrar tirada en la calle… no importa cómo está vestida, yo me quedo con ella, no necesitan identificarla, manden una ambulancia cuanto antes… ¡No, no puede caminar, está retorciéndose de dolor! No, dice no tener alergias… no recuerda haber comido nada raro, ¡Señorita, ¿Puede por favor enviar una ambulancia?!”
La espera se hizo eterna. La chica africana de nombre Erika parecía empeorar por momentos y yo no sabía qué hacer, salvo permanecer sentado a su lado y sostenerle una de las manos mientras le aseguraba que todo iba a estar bien.
Once. Once transeúntes pasaron caminando a nuestro lado mientras esperábamos a la ambulancia. Once personas de distintas edades que al acercarse nos miraban con curiosidad y luego casi parecían ignorarnos deliberadamente mientras aceleraban el paso.
Cuando la ambulancia finalmente llegó, la primera pregunta de los paramédicos al ver el color de piel de Erika fue preguntarme si tenía documentos. La chica negó con la cabeza, sin dejar de llorar, mientras la subíamos a la parte trasera del vehículo.
- Va a tener que venir con nosotros, caballero- dijo uno de los camilleros – Al menos para rellenar los formularios-
No quiero extenderme. El viaje al hospital fue largo y angustiante. La burocracia fue interminable. A Erika la ingresaron ni bien llegamos y ya no supe más nada. El viaje de vuelta a casa fue cuando ya había caído el sol.
Cuando subí al autobús, miré a mi alrededor buscando asientos libres. Estaba bastante repleto, solo había un par de lugares al fondo.
La parte trasera del colectivo estaba llena de muchachos de raza negra que bromeaban en voz alta. Me senté junto a uno de ellos, agotado, y cerré mis ojos con un profundo suspiro. Un par de segundos después, sentí que me tocaban el hombro. Uno de los muchachos señalaba el estuche de mi instrumento.
- ¿Qué es, maestro? ¿Una guitarra?-
- Un violín- repuse, con voz cansada.
El muchacho asintió con la cabeza, esgrimiendo una fila de dientes blanquísimos. Se volvió para hablar con sus amigos en una lengua que no supe identificar, aunque creí escuchar algo parecido a “violín”.
Una lengua. Una lengua que no supe identificar. Entre tantas lenguas que no sabía identificar.
Volví a pensar en Erika y en mi primera impresión cuando la vi tirada (y que reflejé lo más fielmente posible al escribir la escena). “Es africana”.
Africa era un continente. Qué pensamiento ridículo.
- ¿De dónde son, muchachos?- pregunté, girándome hacia los hombres que viajaban conmigo.
El que estaba a mi lado señaló a un par.
- Ellos dos de Zenegal. Él de Marruecos. Yo soy de Lagos, en Nigeria. ¿Vos, maestro?-
- Argentina- respondí. Cuatro países. Cuatro países distintos que yo había agrupado como “África”. Y ni siquiera sabía de dónde era Erika.
- ¡Ah, Argentina! ¡Tango! ¡Por eso el violín!-
- Sí…-
Nos sonreímos todos durante un momento.
- Y cuéntenme…- pedí - ¿…qué música se oye en sus países de origen?-
(A diferencia de Lively, Nae sí aceptó aparecer en el blog)
Llevábamos varias semanas trabajando los tres juntos. A veces las clases se sucedían cada pocos días, dos o tres veces por semana. Otras, espaciadas por intervalos de diez días. Como me había advertido, Lively viajaba mucho al extranjero. No era solo su carrera solista que la mantenía ocupada, sino también el integrar un prestigioso cuarteto de cuerdas. Apenas volvía a La Paz, me escribía con el día y el horario del siguiente encuentro. Mientras tanto, yo continuaba con la vida que el lector ya conoce… salpicándola con eventuales ensayos con Nae.
Nunca se me había ocurrido que un pianista pudiese ser tan necesario para mi estudio diario. La vida del violinista (por no decir del músico en general) tiende a ser muy solitaria, con largos periodos de estudio en aislamiento. Y yo estaba acostumbrado a estudiar solo. Sin embargo, el poder realizar ejecuciones periódicas de las obras con el acompañamiento del piano (y los invaluables consejos de la muchacha japonesa) se había revelado mucho más útil de lo que yo creía.
También había empezado a sacarle mucho provecho a las aulas de estudio del teatro: otra de las cosas que habían cambiado al dejar el barrio Guevara era que ya no vivía rodeado de músicos, algo aislado de la ciudad. Ahora compartía un edificio con otras 20 familias. Y si bien jamás había recibido quejas sobre mi violín, yo entendía perfectamente que no era fácil tolerar horas y horas de música (de hecho, de estudio de la música) todos los días. Uno de los puntos de quiebre se había dado durante el mes pasado, cuando había llegado a casa para encontrar a mi vecino del 4B, sentado junto a la puerta de su departamento, rodeado de bolsas de supermercado.
- ¿Todo bien? ¿Necesitás ayuda con algo?- ahí iba otra vez el querido Martín que no podía dejar las cosas como estaban.
- Si, todo bien- sonrió el muchacho – Esperando a los bomberos para que me abran. Volví a dejarme la llave dentro- y soltó una carcajada como si la situación fuese hilarante. – Dijeron que van a tardar un par de horas- repuso.
Lo miré durante un instante, sintiendo como el ofrecimiento comenzaba a subir por mi garganta, aunque no me apetecía en lo más mínimo.
- ¿Querés esperar adentro? Y seguro que a esas bolsas les vendría bien una heladera.
“Idiota” susurró una conocida voz en mi cabeza.
Media hora después, conversábamos junto a dos tazas de café.
- ¿A vos te molesta que escuche a Celine Dion?- me preguntó el muchacho, cambiando abruptamente el tema de conversación. La pregunta me tomó desprevenido.
- ¡No! ¿Porqué?-
- Pero yo la escucho fuerte. ¿Te molesta?
- Ehm… no, honestamente no-
- Es para tapar el violín-
- Ah… ¿Te molesta el violín?-
- Sí-
Se quedó mirándome, muy serio. Solté una risa nerviosa. Casi hubiese esperado una respuesta de “cortesía civil”. Un “No, por favor. Cómo se te ocurre”. Su honestidad había sido brutal.
- Bueno, lo lamento mucho. Intento tocar lo menos posible, pero…-
- Sí, sí, sí. No te preocupes. Tenés que estudiar y todo eso, yo entiendo. ¡Yo toco la guitarra!-
Asentí con la cabeza. Jamás lo había oído tocar la guitarra. El muchacho sorbió su café y continuó, gesticulando con las manos.
- Y entonces cuando se me hace demasiado fastidioso, pongo Celine Dion fuerte para tapar tu violín. ¿Te molesta mucho?-
Era la conversación más simple y extraña que había tenido en toda la semana.
- Me parece perfecto que hagas lo que sea necesario para no volverte loco con mi violín- le aseguré. El muchacho sonrió, agradecido.
Desde ese día, había intentado mantener mis actividades musicales hogareñas al mínimo. Tener un espacio fuera de casa donde estudiar había sido un cambio muy provechoso. Desde mi primer encuentro con Lively, mis rutinas comenzaban temprano por la mañana. Apenas terminaba con mis responsabilidades con Lonehome (alrededor del mediodía), almorzaba algo rápido y me iba al teatro a estudiar.
Había algo muy personal y meditativo en el hecho de encerrarme varias horas al día en esa sala, aislado del mundo, mientras trabajaba lentamente en mis habilidades con el violín. Me imaginaba que los eremitas que se encerraban durante años para encontrarse a sí mismos y a la divinidad atravesaban un proceso de algún modo similar.
En ocasiones se oían otros instrumentos. Cosa normal, pues el teatro albergaba actividades musicales de todo tipo y aquél subsuelo tenía muchísimas aulas. Por lo general dos o tres pianistas que atacaban furiosamente su instrumento (nunca entendí porqué los pianistas tienen esa necesidad visceral de tocar tan fuerte como pueden), algún clarinetista que practicaba vertiginosas escalas y arpegios, un par de flautas muy tranquilas y otro violín.
No tardé en descubrir que la violinista que estudiaba por las tardes era Eleanor. Hacía meses que no la veía. Habíamos compartido varios conciertos, pero desde que Indira había encontrado finalmente un departamento, tenía tiempo sin cruzarme con ninguna de las violinistas mongolas.
Había pasado varias horas trabajando la sonata 1 de Bach. Concretamente su “fuga”, en la cual el violinista debe entretejer 4 voces independientes él solo, mientras establece claramente cuál es la más importante. No es fácil de explicar, pero es como si un cantante pudiese cantar las cuatro voces de un coro él solo. Bach descubrió que esto era posible, incluso en un instrumento “melódico” como el violín, que (supuestamente) solo puede ejecutar una voz por vez.
Cuando salí del aula para respirar un poco de aire fuera de aquél ambiente viciado y demasiado lleno de notas que yo mismo había creado, me encontré a la joven muchacha junto a una de las máquinas de café.
- Esa fuga empieza a funcionar- comentó con una sonrisa.
Sonreí y comencé a buscar una moneda en mis bolsillos.
- ¿Entonces eras vos la que trabajaba sobre la sonata di Ysaye?-
- Sí… idea de mi madre. Quiere que empiece a trabajar con autores más “serios”, ahora que estudio en el extranjero-
- ¿Tu madre es…?-
- Violinista, sí. Fue ella quien me inició, quien me dio mi primer violín… y quien finalmente me heredó su viejo violín de concierto, cuando consideró que estaba lista-
Asentí, mirándola admirado. Siempre me había preguntado cómo sería crecer en una familia de músicos. Seguramente tendríamos mucho de qué hablar.
Y fue justamente en ese momento en que Eleanor arrugó la cara, mirando el vaso de cartón que tenía en la mano.
- Este te de limón es un asco-
- Yo suelo traer té de menta frío con miel y algo de leche, si te interesa- le ofrecí.
- Me interesa. ¿Qué querés a cambio?-
- Me basta con que de vez en cuando nos tomemos una pausa del estudio para intercambiar experiencias de vida-.
La sonrisa de la muchacha fue suficiente para cerrar el pacto.
Al día siguiente, sin previo aviso, Lively entró en el aula mientras yo estudiaba. Se suponía que nuestra próxima lección sería el viernes de esa semana. Y para eso aún faltaban tres días.
- ¡Sorpresa! ¿Bach?- preguntó, dejando su violín sobre una silla y asomándose a leer las partituras sobre mi atril.
La miré, mudo.
- Creí que…-
- Si, yo también. Cambio de planes. Hoy estoy en la ciudad y quería ver cómo suena tu música cuando no estás mentalmente preparado para tener una clase. Yo voy al baño, tenés 3 minutos para calentar. Elegí con qué movimiento de la sonata vas a sorprenderme-
10 minutos después, bajaba mi arco. Sabía que mi ejecución había sido insuficiente, llena de torpezas y aún con mucho por mejorar. No quise mirar a mi docente a los ojos, pero el silencio comenzaba a extenderse.
Cuando me giré, Lively me observaba completamente seria.
- Martín, no está mal… pero no es Bach. No lo estás tomando con la seriedad que merece-
El comentario me hirió más de lo que estoy dispuesto a admitir. Uno tiene su orgullo como músico, después de todo. Y yo siempre me consideré una persona muy seria.
Lively seguramente notó mi expresión, entre indignada y sorprendida. Se levantó resueltamente y vino hasta el atril. Señaló un acorde.
- ¿Qué notas son estas?-
- Sol, si bemol, re, la-
- ¿Y estás?-
- Si bemol, sol, do sostenido, sol-
- ¿Entendés que cada línea es independiente?-
- ¡Claro que sí!
- ¿Y porqué no oigo claramente el dibujo de las notas graves, entre los acordes? ¿Entendés que esto no es solo armonía, si no que las notas graves van desarrollando una melodía oculta? ¡La misma que tan alegremente tocás al principio de la pieza!-
Me quedé mudo. Lo que decía Lively era completamente cierto.
- ¡Estás tocando las notas como si fuese una lista de tareas! No se sienten las melodías internas, no se entiende el discurso. Lo que tocás no tiene dirección-.
Lively cerró el libro de partituras y se giró a mirarme. No me estaba reprendiendo como mis otros docentes, me estaba pidiendo que cambie mi modo de pensar.
- No se trata de falta de preparación. No se trata de que te haya cambiado el día de la lección. El viernes me hubieses traído esto exactamente igual a como lo trajiste hoy. Sos un violinista capaz, pero tu modo de estudiar no es serio. No quiero que te concentres en venir a clase y tocar todas las notas. Eso lo hacen los niños. Quiero que escuches versiones de esta pieza en internet, que entiendas los discursos internos, que la estudies en profundidad poniendo en juego toda tu inteligencia como adulto y tu formación como músico. Quiero que me traigas a Bach… no las notas que escribió Bach. Y si el resultado de una semana intensa de estudio es esto…- Lively sacudió el cuaderno delante de mi cara -…entonces no estás respetando al autor. No estás estudiando seriamente. Necesito en serio que empieces a preocuparte por la música como si la humanidad se hubiese extinto y fueses el único que pueda preservar el trabajo de Bach-.
No supe qué decir. Cada palabra de lo que había dicho era cierta. Y lo peor es que no tenía excusas. Simplemente no había estudiado con el compromiso que la situación requería. Pero si iba a ser el violinista que soñaba ser, más vale empezar a hacerlo cuanto antes.
Sentí un súbito arrebato de admiración y aprecio por aquella mujer. No era solo lo que decía… si no cómo lo decía.
Lively tomó su violín y empezó a ejecutar la fuga. En sus manos, las notas cobraban un cariz distinto. Ya no eran acordes caprichosos y aislados. Era una historia con cuatro personajes bien claros que se iban desarrollando y entrelazándose. La mujer tocaba con los ojos cerrados, desgranando la pieza con una delicadeza que pocas veces había sentido. La palabra “perfecto” acudió a mi mente varias veces.
Cuando finalmente abrió los ojos, noté que estaban húmedos de emoción. Tocaba mientras miraba algo que solo ella podía percibir. Su sonrisa y sus ojos parecían los de un niño delante de su madre o los de una mujer delante del hombre que ama. Sus ojos eran amor puro y fervor religioso. Se detuvo al llegar al final de la pieza y me miró, algo más tranquila.
- Bach es lo más maravilloso que nos dio la historia de la música. Vale la pena honorarlo, cuando estudiamos-
- Debo admitir que envidio un poco su capacidad para emocionarse de esa manera con Bach. Yo lo admiro muchísimo, pero no se si me llega tanto-
- ¿Y quién te llega, entonces?-
Pensé durante un momento.
- ¿Alguien de tu tierra? ¿Piazzolla?- sugirió Lively.
- La verdad es que no lo había pensado… pero sí, supongo que sí-
- No se hable más. Elegí una pieza de Piazzolla para agregar a nuestro programa. Te la escucho la próxima-.
Sonreí, por primera vez en esa clase. La idea me gustaba.
Me gustaría cerrar esta parte del capítulo acá. Que termine en música. Que termine en la serenidad de una buena clase.
Pero no. Ya sabemos todos que en este blog se mezclan música e infortunios de modo muy íntimo.
El infortunio no avisa. Aparece al girar la esquina, listo para cambiar el tono de una jornada cualquiera. El infortunio acecha detrás de cada oportunidad y se convierte en un depredador que pone en juego tus instintos más básicos.
El infortunio, aquella tarde de martes, tenía la forma de una chica africana tirada en medio de la vereda, en una esquina cualquiera de La Paz.
Cuando la vi, dejé inmediatamente de enviar un mensaje a Paulo, contándole sobre mi clase. Me arrodillé a su lado e intenté moverla. La chica soltó un grito desgarrador.
- ¿Estás bien? ¿Qué pasó?- pregunté, aterrado.
- Duele… la panza me duele… por favor…- apenas se entendía lo que decía por sus sollozos, pero comprendí lo suficiente como para observar que se aferraba el abdomen con ambas manos, mientras temblaba de dolor.
Mi mente emocional, como cada vez que me encuentro en una situación límite, se apagó. Una fría practicidad me invadió y supe que la única opción posible era el número de emergencias.
La siguiente media hora fue una pesadilla. El servicio de primeros auxilios tardó cinco largo minutos en responder y cuando finalmente lo hicieron, insistieron en hacer varias preguntas protocolares antes de siquiera confirmar que una ambulancia venía en camino.
“¿Cómo se llama la chica? ¿Ustéd la conoce? ¿Cómo está vestida? ¿Qué zona le duele? ¿Puede caminar? ¿Es alérgica a algo? ¿Comió algo raro en las últimas horas? Etc, etc, etc”
Yo comenzaba a desesperarme al ver que la muchacha parecía cada vez más adolorida mientras intentaba responder a las preguntas de la operadora que yo le comunicaba.
“Dice llamarse Erika… no, la acabo de encontrar tirada en la calle… no importa cómo está vestida, yo me quedo con ella, no necesitan identificarla, manden una ambulancia cuanto antes… ¡No, no puede caminar, está retorciéndose de dolor! No, dice no tener alergias… no recuerda haber comido nada raro, ¡Señorita, ¿Puede por favor enviar una ambulancia?!”
La espera se hizo eterna. La chica africana de nombre Erika parecía empeorar por momentos y yo no sabía qué hacer, salvo permanecer sentado a su lado y sostenerle una de las manos mientras le aseguraba que todo iba a estar bien.
Once. Once transeúntes pasaron caminando a nuestro lado mientras esperábamos a la ambulancia. Once personas de distintas edades que al acercarse nos miraban con curiosidad y luego casi parecían ignorarnos deliberadamente mientras aceleraban el paso.
Cuando la ambulancia finalmente llegó, la primera pregunta de los paramédicos al ver el color de piel de Erika fue preguntarme si tenía documentos. La chica negó con la cabeza, sin dejar de llorar, mientras la subíamos a la parte trasera del vehículo.
- Va a tener que venir con nosotros, caballero- dijo uno de los camilleros – Al menos para rellenar los formularios-
No quiero extenderme. El viaje al hospital fue largo y angustiante. La burocracia fue interminable. A Erika la ingresaron ni bien llegamos y ya no supe más nada. El viaje de vuelta a casa fue cuando ya había caído el sol.
Cuando subí al autobús, miré a mi alrededor buscando asientos libres. Estaba bastante repleto, solo había un par de lugares al fondo.
La parte trasera del colectivo estaba llena de muchachos de raza negra que bromeaban en voz alta. Me senté junto a uno de ellos, agotado, y cerré mis ojos con un profundo suspiro. Un par de segundos después, sentí que me tocaban el hombro. Uno de los muchachos señalaba el estuche de mi instrumento.
- ¿Qué es, maestro? ¿Una guitarra?-
- Un violín- repuse, con voz cansada.
El muchacho asintió con la cabeza, esgrimiendo una fila de dientes blanquísimos. Se volvió para hablar con sus amigos en una lengua que no supe identificar, aunque creí escuchar algo parecido a “violín”.
Una lengua. Una lengua que no supe identificar. Entre tantas lenguas que no sabía identificar.
Volví a pensar en Erika y en mi primera impresión cuando la vi tirada (y que reflejé lo más fielmente posible al escribir la escena). “Es africana”.
Africa era un continente. Qué pensamiento ridículo.
- ¿De dónde son, muchachos?- pregunté, girándome hacia los hombres que viajaban conmigo.
El que estaba a mi lado señaló a un par.
- Ellos dos de Zenegal. Él de Marruecos. Yo soy de Lagos, en Nigeria. ¿Vos, maestro?-
- Argentina- respondí. Cuatro países. Cuatro países distintos que yo había agrupado como “África”. Y ni siquiera sabía de dónde era Erika.
- ¡Ah, Argentina! ¡Tango! ¡Por eso el violín!-
- Sí…-
Nos sonreímos todos durante un momento.
- Y cuéntenme…- pedí - ¿…qué música se oye en sus países de origen?-
(A diferencia de Lively, Nae sí aceptó aparecer en el blog)

Graciaspor tu andadura y esos compañeros que te acompañan en esas tardes de música y a veces de soledad. Y gracias también a Lively por posar con vos.
ResponderEliminarAbrazo a seguir en ese exilio donde la música es tu compañera.
Gracias a vos por tu presencia en el blog, Campi :)
EliminarLa de la foto es Nae. Lively es una figura demasiado pública como para publicar una foto suya sin comprometerla.