Capítulo 19 (parte 1): 31 de julio, 2026.
El calor era sofocante.
Todos los años era igual. Desde mediados de junio, las temperaturas se alzaban de forma exagerada, rozando los 40 grados.
El calor era sofocante y yo siempre odié los ventiladores.
No sé por qué. Me dan más calor. O me recuerdan que tengo calor, no sé. Si hay algo más molesto que el calor, es el sonido de un ventilador que remueve el aire sin lograr refrescar a nadie.
Llevaba quince minutos sentado en una silla, al lado de la “Sala 18”. Esperando.
Me encontraba dentro de un subsuelo del teatro More Lucky. Una zona de la gigantesca construcción en la que no había estado nunca. Unas escaleras llevaban a un entramado de pasillos, que acababan en varias aulas. 23, para ser exactos. Cada una con un escritorio, un par de atriles y un piano.
Había llegado unos minutos antes de la hora convenida, por costumbre y respeto, y me había sentado fuera de la sala a esperar. En alguna de las otras salas se oía a alguien tocando el piano perezosamente, sin ahondar demasiado en el sonido. Y el rumor lejano de un ventilador invadía el pasillo, donde quiera que estuviese.
Mientras esperaba a Lively, mi mente divagaba, intentando retomar los hilos de mi vida y generar algo que pudiese interesar a los lectores de mi blog. ¿Qué valía la pena contar y qué era superfluo?
Bueno, no se si les interesará saber que Paulo sigue en Croacia y está por ser papá. Sí, a mi también me sorprendió la noticia. Me mandó algunas fotos en la playa, con Silvia. Se la veía radiante, con su panza de varios meses.
El Festival Sombrío de 2026 llegó y pasó. Muchísima música. Artistas de todo el mundo. Mucho jazz. Tocamos con el “ensemble” de Perrín. Vino Sting, como artista invitado. Harper y yo honramos nuestra tradición bailando hasta caer de agotamiento, durante todo el evento.
¿Qué más? Ah, bueno… Salomón cumplió su promesa. Una semana después de que volvíesemos a La Paz, recibí un mail de una tal “Mia Lively”. En unas pocas líneas, se presentaba, me explicaba que le habían comentado sobre “mi situación” (me bajó un poco la presión al leer esas palabras) y que estaría encantada de conocerme y de “asentar un poco de técnica”.
El mail no me resultó ajeno, claramente. Después de todo, había aceptado la sugerencia de Salomón sobre volver a estudiar con un maestro de violín. Sin embargo era la primera vez que un violinista importante acudía a mí. Mis experiencias como estudiante siempre habían sido en el Conservatorio de mi ciudad o con clases particulares que yo mismo había pedido.
Realicé una búsqueda rápida en Google, ya que el nombre no me decía nada. Un único resultado saltaba a la vista: “Mia Janus Sebastiana Lively”. Su currículum era impresionante: A pesar de lo joven que era, ya había tocado como solista en la mayoría de las capitales europeas. Y era miembro fundador del “Cuarteto I.N.K.A”. Youtube estaba inundado de conciertos del cuarteto. Su sonido, la musicalidad, la conexión entre sus miembros… todo era impresionante. ¿Qué podía ofrecer yo, como estudiante, a aquella personalidad?
Mis pensamientos se vieron interrumpidos por unos pasos veloces que se acercaban por el pasillo. Una voz nasal, cargada de acento, hablaba sin parar:
“Y yo re rije que podría acompañaru, si me daba er tiempo de estudiare ra obra… pero jamás merespondió. ¡Ayer mismo, aroche, me escuribe para preguntaru se al final ensayamos hoy!”.
Quien hablaba era una mujer asiática de mediana estatura y cabellos cortos que le llegaban a la altura de los hombros. Sus rasgos, enmarcados por unas gafas negras, eran delicados. Un pequeño lunar decoraba el lado izquierdo de su boca. Y si bien parecía estar quejándose, mantenía una postura afable mientras caminaba. A su lado, una mujer alta reía, mientras caminaban a la par. Llevaba unos pantalones anchos, una sencilla remera blanca y unas zapatillas deportivas. Su cabello castaño le caía por la espalda hasta caer tras su cintura. Sus ojos transmitían mucha energía, así como los pasos que daba al caminar. Parecía más una maratonista que un músico.
La mujer siguió hablando con un marcado acento japonés, hasta que llegaron ante la puerta 18 y me vieron sentado, en frente.
- ¿Jacob?- preguntó Lively, sonriéndome. Y me ofreció una mano. Me levanté inmediatamente a estrechársela. Con la mujer japonesa no hizo falta. Bastó una formal inclinación de la cabeza por parte de ambos.
- Nae Yusamoto, un placer- se presentó, con una sonrisa cordial y cálida. El lector puede seguir añadiendo mentalmente su marcado acento japonés. Le voy a ahorrar la transcripción fonética.
Lively abrió la puerta y nos indicó que entremos, con un gesto de la cabeza.
Dentro el aire era algo más fresco. La sala era más espaciosa de lo que parecía por fuera, con un techo abovedado de ladrillo. Un piano reposaba junto a una ventana que daba a algún jardín interno y varios atriles esperaban, desparramados por la sala.
Lively se sentó en una silla que había junto a un escritorio y me indicó, sin perder nunca su sonrisa, que me sentase frente a ella. Nae, por su parte, se dirigió directamente a la banqueta del piano, abrió una partitura y comenzó a hacer anotaciones con un lápiz.
Nos miramos durante unos instantes, hasta que comprendí que tenía que empezar yo.
- Me… me llamo Martín Jacob. Llegué a La Paz hace unos siete años, queriendo ampliar mis horizontes musicales. Solo que últimamente siento que mi técnica es insuficiente o que mi base no es todo lo sólida que debería. Hace tiempo que no tomo clases y me gustaría empezar- recité de un tirón. “Y tengo una gata”, añadí mentalmente.
Lively asintió, pensativa.
- Excelente. Y para eso estamos acá. Yo soy Mia Lively, como te decía en el mail. Me comentaron de tus dificultades, sí… y me parece loable que quieras vencer tus limitaciones. El único problema es que viajo al extranjero muy seguido, por conciertos. Si la irregularidad de nuestras clases no sería un problema para vos, podemos empezar ahora mismo-
Le aseguré que no era un problema y me dispuse a sacar mi instrumento. Había venido mentalmente preparado para ello. Las “primeras entrevistas” con un maestro nunca eran solo encuentros para presentarse. Lo normal era que el alumno ejecutase alguna obra para que el docente pudiese hacer un primer diagnóstico sobre su nivel y sus dificultades.
Me llevé el violín al hombro. Pensé un par de segundos en la pieza que haría de carta de presentación y apoyé el arco sobre las cuerdas.
Intentando ignorar la tan conocida tensión nerviosa, me lancé a una rápida ejecución del preludio de la “Partita número 3” de Bach (ruego al lector que busque la obra, la partita entera es de una belleza sorprendente). Vi de reojo como Lively sonreía y asentía con la cabeza. Se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos sobre sus piernas cruzadas.
La pieza estuvo lejos de ser lo que yo hubiese querido. Era una situación recurrente: no tanto una tensión muscular, si no una incapacidad interna. Sentía mis músculos relajados, pero no disponibles. Como si la energía no fluyese. Como si la chispa invisible que anima el cuerpo y propicia el ejercicio artístico sufriese un cortocircuito.
Termine de forma mecánica, lamentando no haberme podido brindar a la música en aquél primer encuentro con aquella docente.
Luego de un par de segundos, bajé el violín. Miré a Lively, que ahora estaba reclinada sobre el respaldo, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión seria y reflexiva en su rostro.
- Hay muchas cosas que están muy bien- me aseguró.
Solté el aire, había temido lo peor. A lo largo de mi vida había estudiado con muchos docentes diferentes y todos, en la primera clase, decían “Hay que volver a las bases. Empezar un poco desde cero”. Un comentario que siempre me resultó sumamente frustrante… como si mi esfuerzo y dedicación de años simplemente no valiese nada o como si ellos no pudiesen construir a partir de lo que ya había. Asentí con la cabeza, esperando a que Lively continuase.
- De hecho, no creo que sea tanto un problema de base técnica… más bien uno interpretativo. Me da la impresión de que tenés grandes cualidades, pero que no están conectadas entre sí. Y por ello parecen no funcionar. Pero no significa que no existan-.
Se levantó, dio un par de pasos a mi alrededor, corrigió ligeramente un detalle en mis hombros y en el codo que conduce el arco y asintió, pensativa. Tenía un toque gentil y delicado.
- Tenés un cuello largo… es natural que compenses la altura del instrumento alzando el hombro. Pero intentá no hacerlo, te resta agilidad. Y el codo debería permanecer suelto, aunque entiendo que el hecho de tener brazos largos no permite tocar con mucha comodidad. Intentá no cerrarte en torno al pecho, abrí como si fueses un albatros-.
Yo la escuchaba atentamente. Era la primera vez que alguien me explicaba cómo adaptar la técnica a mi cuerpo y no al revés.
- ¿Puedo escuchar alguna pieza lenta? Me gustaría, si es posible, que te quedases en Bach-
Asentí con la cabeza y volví a prepararme mientras cerraba los ojos. Me disponía a iniciar la primer sonata de Bach para violín. Una pieza que consta de 4 movimientos… y si bien yo únicamente conocía el primero, se había convertido en una pieza troncal de mi repertorio. Ese “adagio” y el preludio que había tocado anteriormente eran dos piezas que me habían acompañado durante años. Las había tocado infinidad de veces en circunstancias muy distintas. Y de alguna forma habían madurado dentro de mí.
Ese “adagio” comienza con un acorde largo y elegante. La pieza entera despliega acordes como pilares que sostienen la música, entre los cuales entreteje varias voces que se buscan entre sí. Bach fue un experto en tratar al violín como un instrumento que pudiese tocar varias melodías a la vez.
Hice lo posible por dejarme llevar, por expresar, por sacar esa música que se que vive dentro de mí. Lo logré solo parcialmente. Cuanto terminé, Lively volvía a sonreír.
- Sí, me hago una idea de cómo trabajar juntos. ¿Qué pensas, Nae?-.
Me giré, para mirar a la mujer japonesa. Casi me había olvidado de su presencia.
- Tiene un cierto talento para Bach. O para las piezas para violín solo. ¡O para el barroco! No se. Me gustaría escuchar alguna pieza romántica-
- Sí, también yo lo estaba pensando- asintió Mia - ¿Alguna vez estudiaste conciertos románticos?-
- Algunos, sí… en mi época de estudiante de conservatorio, en Argentina-
- Excelente. Anotá, vamos a establecer ya mismo un programa sobre el cuál trabajar. Quiero que cubramos todos los frentes en esta batalla. La sonata la vas a traer entera. Los cuatro movimientos. Te adiverto que tiene una fuga que es colosal. Muy difícil-
Asentí, escribiendo rápidamente. Había oído esa fuga muchas veces. No era, efectivamente, una pieza sencilla.
- Yo se que debería darte alguno de los conciertos de Mozart, pero de momento vamos a dejarlo en paz. Traeme el concierto de Bruch. Es una linda puerta de entrada al romanticismo. Y un capricho de Paganini, a elección. Te dejo elegir-. Lively seguía sonriendo. Devolví una sonrisa tímida… ambos sabíamos que el programa era serio.
Mientras guardaba mi instrumento, oí a las dos mujeres conversando sobre temas poco importantes. Parecían conocerse desde hacía tiempo.
Recogí mis cosas y me dirigí a ellas para estrecharles la mano. Les agradecí profundamente por su tiempo y “por la oportunidad”. Pactamos día y horario para la siguiente clase y, tras agradecerles nuevamente, me dirigí hacia la puerta.
No sabría decir si lo hice a propósito… supongo que no. Espero que no. Pero la realidad es que cerré la puerta lentamente, como si esperase un último comentario. Como si supiese que aquella escena, antes de que el telón cayera, iba a terminar con un golpe dramático.
A menudo pienso que ciertos detalles de este blog suenan a fantasía barata. Pero, como siempre digo, la vida suele ser más rara que cualquier cosa que yo pueda imaginar o escribir.
- Me recuerda a Jován- dijo Nae, mientras yo cerraba la puerta.
- Lo se… solo espero no tener otra catástrofe entre manos- me llegó la voz de Lively.

(Por respeto a Lively, preferí no publicar una foto suya en el blog.
Aunque debo decir que el solo hecho de verme con un pullover me da más calor)
Todos los años era igual. Desde mediados de junio, las temperaturas se alzaban de forma exagerada, rozando los 40 grados.
El calor era sofocante y yo siempre odié los ventiladores.
No sé por qué. Me dan más calor. O me recuerdan que tengo calor, no sé. Si hay algo más molesto que el calor, es el sonido de un ventilador que remueve el aire sin lograr refrescar a nadie.
Llevaba quince minutos sentado en una silla, al lado de la “Sala 18”. Esperando.
Me encontraba dentro de un subsuelo del teatro More Lucky. Una zona de la gigantesca construcción en la que no había estado nunca. Unas escaleras llevaban a un entramado de pasillos, que acababan en varias aulas. 23, para ser exactos. Cada una con un escritorio, un par de atriles y un piano.
Había llegado unos minutos antes de la hora convenida, por costumbre y respeto, y me había sentado fuera de la sala a esperar. En alguna de las otras salas se oía a alguien tocando el piano perezosamente, sin ahondar demasiado en el sonido. Y el rumor lejano de un ventilador invadía el pasillo, donde quiera que estuviese.
Mientras esperaba a Lively, mi mente divagaba, intentando retomar los hilos de mi vida y generar algo que pudiese interesar a los lectores de mi blog. ¿Qué valía la pena contar y qué era superfluo?
Bueno, no se si les interesará saber que Paulo sigue en Croacia y está por ser papá. Sí, a mi también me sorprendió la noticia. Me mandó algunas fotos en la playa, con Silvia. Se la veía radiante, con su panza de varios meses.
El Festival Sombrío de 2026 llegó y pasó. Muchísima música. Artistas de todo el mundo. Mucho jazz. Tocamos con el “ensemble” de Perrín. Vino Sting, como artista invitado. Harper y yo honramos nuestra tradición bailando hasta caer de agotamiento, durante todo el evento.
¿Qué más? Ah, bueno… Salomón cumplió su promesa. Una semana después de que volvíesemos a La Paz, recibí un mail de una tal “Mia Lively”. En unas pocas líneas, se presentaba, me explicaba que le habían comentado sobre “mi situación” (me bajó un poco la presión al leer esas palabras) y que estaría encantada de conocerme y de “asentar un poco de técnica”.
El mail no me resultó ajeno, claramente. Después de todo, había aceptado la sugerencia de Salomón sobre volver a estudiar con un maestro de violín. Sin embargo era la primera vez que un violinista importante acudía a mí. Mis experiencias como estudiante siempre habían sido en el Conservatorio de mi ciudad o con clases particulares que yo mismo había pedido.
Realicé una búsqueda rápida en Google, ya que el nombre no me decía nada. Un único resultado saltaba a la vista: “Mia Janus Sebastiana Lively”. Su currículum era impresionante: A pesar de lo joven que era, ya había tocado como solista en la mayoría de las capitales europeas. Y era miembro fundador del “Cuarteto I.N.K.A”. Youtube estaba inundado de conciertos del cuarteto. Su sonido, la musicalidad, la conexión entre sus miembros… todo era impresionante. ¿Qué podía ofrecer yo, como estudiante, a aquella personalidad?
Mis pensamientos se vieron interrumpidos por unos pasos veloces que se acercaban por el pasillo. Una voz nasal, cargada de acento, hablaba sin parar:
“Y yo re rije que podría acompañaru, si me daba er tiempo de estudiare ra obra… pero jamás merespondió. ¡Ayer mismo, aroche, me escuribe para preguntaru se al final ensayamos hoy!”.
Quien hablaba era una mujer asiática de mediana estatura y cabellos cortos que le llegaban a la altura de los hombros. Sus rasgos, enmarcados por unas gafas negras, eran delicados. Un pequeño lunar decoraba el lado izquierdo de su boca. Y si bien parecía estar quejándose, mantenía una postura afable mientras caminaba. A su lado, una mujer alta reía, mientras caminaban a la par. Llevaba unos pantalones anchos, una sencilla remera blanca y unas zapatillas deportivas. Su cabello castaño le caía por la espalda hasta caer tras su cintura. Sus ojos transmitían mucha energía, así como los pasos que daba al caminar. Parecía más una maratonista que un músico.
La mujer siguió hablando con un marcado acento japonés, hasta que llegaron ante la puerta 18 y me vieron sentado, en frente.
- ¿Jacob?- preguntó Lively, sonriéndome. Y me ofreció una mano. Me levanté inmediatamente a estrechársela. Con la mujer japonesa no hizo falta. Bastó una formal inclinación de la cabeza por parte de ambos.
- Nae Yusamoto, un placer- se presentó, con una sonrisa cordial y cálida. El lector puede seguir añadiendo mentalmente su marcado acento japonés. Le voy a ahorrar la transcripción fonética.
Lively abrió la puerta y nos indicó que entremos, con un gesto de la cabeza.
Dentro el aire era algo más fresco. La sala era más espaciosa de lo que parecía por fuera, con un techo abovedado de ladrillo. Un piano reposaba junto a una ventana que daba a algún jardín interno y varios atriles esperaban, desparramados por la sala.
Lively se sentó en una silla que había junto a un escritorio y me indicó, sin perder nunca su sonrisa, que me sentase frente a ella. Nae, por su parte, se dirigió directamente a la banqueta del piano, abrió una partitura y comenzó a hacer anotaciones con un lápiz.
Nos miramos durante unos instantes, hasta que comprendí que tenía que empezar yo.
- Me… me llamo Martín Jacob. Llegué a La Paz hace unos siete años, queriendo ampliar mis horizontes musicales. Solo que últimamente siento que mi técnica es insuficiente o que mi base no es todo lo sólida que debería. Hace tiempo que no tomo clases y me gustaría empezar- recité de un tirón. “Y tengo una gata”, añadí mentalmente.
Lively asintió, pensativa.
- Excelente. Y para eso estamos acá. Yo soy Mia Lively, como te decía en el mail. Me comentaron de tus dificultades, sí… y me parece loable que quieras vencer tus limitaciones. El único problema es que viajo al extranjero muy seguido, por conciertos. Si la irregularidad de nuestras clases no sería un problema para vos, podemos empezar ahora mismo-
Le aseguré que no era un problema y me dispuse a sacar mi instrumento. Había venido mentalmente preparado para ello. Las “primeras entrevistas” con un maestro nunca eran solo encuentros para presentarse. Lo normal era que el alumno ejecutase alguna obra para que el docente pudiese hacer un primer diagnóstico sobre su nivel y sus dificultades.
Me llevé el violín al hombro. Pensé un par de segundos en la pieza que haría de carta de presentación y apoyé el arco sobre las cuerdas.
Intentando ignorar la tan conocida tensión nerviosa, me lancé a una rápida ejecución del preludio de la “Partita número 3” de Bach (ruego al lector que busque la obra, la partita entera es de una belleza sorprendente). Vi de reojo como Lively sonreía y asentía con la cabeza. Se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos sobre sus piernas cruzadas.
La pieza estuvo lejos de ser lo que yo hubiese querido. Era una situación recurrente: no tanto una tensión muscular, si no una incapacidad interna. Sentía mis músculos relajados, pero no disponibles. Como si la energía no fluyese. Como si la chispa invisible que anima el cuerpo y propicia el ejercicio artístico sufriese un cortocircuito.
Termine de forma mecánica, lamentando no haberme podido brindar a la música en aquél primer encuentro con aquella docente.
Luego de un par de segundos, bajé el violín. Miré a Lively, que ahora estaba reclinada sobre el respaldo, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión seria y reflexiva en su rostro.
- Hay muchas cosas que están muy bien- me aseguró.
Solté el aire, había temido lo peor. A lo largo de mi vida había estudiado con muchos docentes diferentes y todos, en la primera clase, decían “Hay que volver a las bases. Empezar un poco desde cero”. Un comentario que siempre me resultó sumamente frustrante… como si mi esfuerzo y dedicación de años simplemente no valiese nada o como si ellos no pudiesen construir a partir de lo que ya había. Asentí con la cabeza, esperando a que Lively continuase.
- De hecho, no creo que sea tanto un problema de base técnica… más bien uno interpretativo. Me da la impresión de que tenés grandes cualidades, pero que no están conectadas entre sí. Y por ello parecen no funcionar. Pero no significa que no existan-.
Se levantó, dio un par de pasos a mi alrededor, corrigió ligeramente un detalle en mis hombros y en el codo que conduce el arco y asintió, pensativa. Tenía un toque gentil y delicado.
- Tenés un cuello largo… es natural que compenses la altura del instrumento alzando el hombro. Pero intentá no hacerlo, te resta agilidad. Y el codo debería permanecer suelto, aunque entiendo que el hecho de tener brazos largos no permite tocar con mucha comodidad. Intentá no cerrarte en torno al pecho, abrí como si fueses un albatros-.
Yo la escuchaba atentamente. Era la primera vez que alguien me explicaba cómo adaptar la técnica a mi cuerpo y no al revés.
- ¿Puedo escuchar alguna pieza lenta? Me gustaría, si es posible, que te quedases en Bach-
Asentí con la cabeza y volví a prepararme mientras cerraba los ojos. Me disponía a iniciar la primer sonata de Bach para violín. Una pieza que consta de 4 movimientos… y si bien yo únicamente conocía el primero, se había convertido en una pieza troncal de mi repertorio. Ese “adagio” y el preludio que había tocado anteriormente eran dos piezas que me habían acompañado durante años. Las había tocado infinidad de veces en circunstancias muy distintas. Y de alguna forma habían madurado dentro de mí.
Ese “adagio” comienza con un acorde largo y elegante. La pieza entera despliega acordes como pilares que sostienen la música, entre los cuales entreteje varias voces que se buscan entre sí. Bach fue un experto en tratar al violín como un instrumento que pudiese tocar varias melodías a la vez.
Hice lo posible por dejarme llevar, por expresar, por sacar esa música que se que vive dentro de mí. Lo logré solo parcialmente. Cuanto terminé, Lively volvía a sonreír.
- Sí, me hago una idea de cómo trabajar juntos. ¿Qué pensas, Nae?-.
Me giré, para mirar a la mujer japonesa. Casi me había olvidado de su presencia.
- Tiene un cierto talento para Bach. O para las piezas para violín solo. ¡O para el barroco! No se. Me gustaría escuchar alguna pieza romántica-
- Sí, también yo lo estaba pensando- asintió Mia - ¿Alguna vez estudiaste conciertos románticos?-
- Algunos, sí… en mi época de estudiante de conservatorio, en Argentina-
- Excelente. Anotá, vamos a establecer ya mismo un programa sobre el cuál trabajar. Quiero que cubramos todos los frentes en esta batalla. La sonata la vas a traer entera. Los cuatro movimientos. Te adiverto que tiene una fuga que es colosal. Muy difícil-
Asentí, escribiendo rápidamente. Había oído esa fuga muchas veces. No era, efectivamente, una pieza sencilla.
- Yo se que debería darte alguno de los conciertos de Mozart, pero de momento vamos a dejarlo en paz. Traeme el concierto de Bruch. Es una linda puerta de entrada al romanticismo. Y un capricho de Paganini, a elección. Te dejo elegir-. Lively seguía sonriendo. Devolví una sonrisa tímida… ambos sabíamos que el programa era serio.
Mientras guardaba mi instrumento, oí a las dos mujeres conversando sobre temas poco importantes. Parecían conocerse desde hacía tiempo.
Recogí mis cosas y me dirigí a ellas para estrecharles la mano. Les agradecí profundamente por su tiempo y “por la oportunidad”. Pactamos día y horario para la siguiente clase y, tras agradecerles nuevamente, me dirigí hacia la puerta.
No sabría decir si lo hice a propósito… supongo que no. Espero que no. Pero la realidad es que cerré la puerta lentamente, como si esperase un último comentario. Como si supiese que aquella escena, antes de que el telón cayera, iba a terminar con un golpe dramático.
A menudo pienso que ciertos detalles de este blog suenan a fantasía barata. Pero, como siempre digo, la vida suele ser más rara que cualquier cosa que yo pueda imaginar o escribir.
- Me recuerda a Jován- dijo Nae, mientras yo cerraba la puerta.
- Lo se… solo espero no tener otra catástrofe entre manos- me llegó la voz de Lively.

(Por respeto a Lively, preferí no publicar una foto suya en el blog.
Aunque debo decir que el solo hecho de verme con un pullover me da más calor)
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