Capítulo 18 (parte 2): 26 de abril, 2026.
Llevábamos 3 días viviendo en aquél extraño pueblo.
Y tengo que decir que mis colegas no habían exagerado una sola palabra sobre la excentricidad de todo aquel lugar.
Se trataba de un pequeño asentamiento entre las colinas de la región, en una posición elevada. Un pequeño conglomerado de casas antiguas (seguramente reformadas, ya que se veían en excelentes condiciones) se alzaba en la cima de la colina. En medio, una iglesia elevaba sus dos modestas torres, una plaza albergaba un anfiteatro en miniatura (frente al cual se elevaba un enorme teatro, de fachada ricamente decorada) y una gran casona colonial lo contemplaba todo desde una posición privilegiada.
En aquella casona, que más bien parecía un pequeño castillo, vivía nuestro anfitrión. Mecenas de la región, impulsor de toda la actividad artística y misteriosa figura que solo lográbamos divisar desde lejos. El señor Salomón parecía jamás abandonar su hogar, aunque a menudo lo podíamos ver asomado en uno de los altos balcones.
No habíamos tenido demasiado tiempo libre durante nuestra estadía, aunque tampoco es que hubiera mucho que hacer, en aquél lugar. Solíamos tener la mañana libre para recorrer el pueblo y las colinas alrededor. Luego del almuerzo (que se servía en tres restaurants distintos, siempre por cortesía de nuestro anfitrión) teníamos ensayos con varios de los profesionales que nos acompañaban. Stanis no había vuelto a acercarse a ninguna de los dos grupos que yo integraba, pero Lazaro y Oleo solían supervisar nuestros progresos y nos llenaban de consejos. Por la noche, respetando un riguroso programa, algunos de los grupos tocaban en el teatro. Cada noche se creaban verdaderos ciclos de música de cámara, a los cuales acudía público no solo de la región alrededor del pueblo, sino de La Paz y ciudades cercanas.
Habíamos tocado la segunda noche. La música contemporánea había tenido un éxito moderado entre el público. Yo, honestamente, no me había encontrado. El lenguaje continuaba pareciéndome ajeno y extraño… y no lograba aplicar las instrucciones que continuamente recibía durante las mentorías. Como si todas las reglas de la música que había absorbido durante años ya no valiesen, consejos como “No pienses esto una frase o como una escala… no es armonía, es simplemente un efecto de sonoridad. Deberías crear un ambiente, no un discurso”, eran el pan de cada día. Y quizás haya quien logre entender aquel galimatías de notas como yo entendía mi proprio folclore. Pero el resultado no había sido satisfactorio para nadie.
Mientras bajaba del escenario y me dirigía hacia el estuche de mi instrumento, pensaba furiosamente en cómo podía crear algo donde no comprendía siquiera los elementos que tenía a la mano. ¿Qué podía expresar a aquel público si ni siquiera yo entendía lo que estaba ocurriendo? Esperaba que cuando nos tocase estrenar los lieder de Beethoven, el resultado fuese algo más satisfactorio.
La noche del tercer día, luego de la cena, yo había salido a dar una vuelta por el lugar. Se me había vuelto costumbre: las noches eran agradablemente frescas (un cambio bienvenido, siendo que el verano comenzaba a traer jornadas de 35 grados de máxima) y el pueblo tenía un encanto particular. Mientras terminábamos de comer, se nos había informado de un cambio en el programa del día siguiente. El septeto encargado de los lieder reemplazaría a otro grupo. Eso significaba que al día siguiente tendríamos que ensayar en compañía de los tutores. Suspiré, mirando al horizonte, donde las luces de La Paz iluminaban el contorno de unas colinas lejanas. Convencer a nuestros cantantes de ensayar siempre había sido difícil.
Cuando me giré para volver a las habitaciones, noté que el señor Salomón volvía a aparecer en uno de sus balcones. La situación parecía casi siempre la misma: el hombre se apoyaba sobre la baranda, con un cigarro encendido entre las manos, mirando al horizonte. La lejanía hacía difícil distinguir su expresión… pero por algún motivo, jamás lo había visto llevarse el cigarro a la boca.
Me plantee levantar una mano para saludarlo, pero el gesto me pareció burdo en aquel contexto de elegancia.
Al día siguiente, como había previsto, nuestros cantantes llegaron tarde al ensayo. Había sido necesario llamarlos por teléfono insistentemente para lograr que uno de ellos respondiese e hiciesen acto de presencia. Sinceramente no entendía cuán lejos podían haberse ido, en aquél pequeño lugar. Aunque quizás estaban durmiendo.
El concierto no había salido mal, pero mi experiencia me bastaba para saber que no había sido un gran qué. Intuición que confirmó el mismo Stanis, con un gesto de fastidio, mientras bajábamos la escalera que conectaba el escenario con los camerinos. Mis colegas pasaron de largo, pero yo me detuve, expectante. El hombre me miró como si no entendiese qué pretendía.
- ¿Alguna indicación, maestro?- pregunté, con el tono más respetuoso que pude. Stanis esbozó una sonrisa extraña. No hubiese sabido decir si era despectiva, socarrona o simplemente ajena.
- Jacob, estimado… pues, no mucho. Solo repetir lo que dije durante los ensayos. Poca música, mala técnica, feo sonido. Usted, particularmente, tiene muchísimos problemas instrumentales. No parece respetar al autor de la obra, no sé si me explico-
Asentí con la cabeza y me dispuse a continuar mi camino. Cuando solo había dado un par de pasos, volví a escuchar la voz del hombre:
- Dígame solo una cosa… ¿Qué le hizo comenzar a estudiar música?-
- Supongo que siempre quise dedicarme a esto. Aunque empecé a estudiar violín cuando estaba terminado el liceo-. Me preparé mentalmente para una opinión que ya me habían dado infinidad de veces.
- Comprendo… y vista su actuación de esta noche, permítame preguntarle: ¿Qué le hace querer seguir adelante con esta carrera?-.
Lo miré durante un par de segundos. Afortunadamente, el hombre no pareció esperar una respuesta, ya que volvió a dedicarme una sonrisa torcida y se alejó escaleras abajo.
Unos minutos después, salía del teatro con el corazón agitado. Había entrado al camerino a toda prisa, guardado mi instrumento en su estuche y abandonado el lugar por una puerta trasera.
Apenas salí, una brisa fresca me detuvo durante un segundo. El cambio de temperatura, en comparación con el aire viciado del teatro, fue muy bienvenido.
Aspiré por la nariz, tan profundamente como pude, y comencé a subir por una de las calles que llevaban a la parte alta del pueblo. No miré por dónde iba, mis pies simplemente seguían el torbellino caótico de mis pensamientos: ¿Y si Stanis tenía razón? ¿Qué hacía yo, un extranjero que había tomado el violín entre sus manos a la tardísima edad de 16 años, entre todos aquellos músicos prometedores? ¿Qué lugar esperaba tener en el mundo de la música profesional? Y por sobre todo, ¿Qué hacía tan lejos de casa? ¿Porqué había dejado Argentina? ¿Había valido la pena el abandonar mi país en búsqueda de un sueño? ¿Porqué había estado tan seguro de que en el extranjero podría encontrar un crecimiento como musico? ¿Porqué, carajo, había estado tan seguro de que alguien como yo podría siquiera crecer como músico?
Giré una esquina y pasé por debajo de un corredor techado. Sobre mí, una bóveda techaba el pasillo que parecía conectar dos plazas. Mi cabeza seguía latiendo, sin control. Me pregunté, por primera vez desde que había comenzado mi viaje, allá por 2019, si no sería momento de dejar aquellas aspiraciones y volver a casa. Volver a una vida de música sencilla y labor en escuelas, que era lo que siempre había conocido.
Me apoyé contra la pared del pasillo, respirando agitadamente. Fuera, el rumor ahogado de la gente que comenzaba a abandonar el teatro crecía como una olla de agua hirviendo. Había olvidado que nosotros cerrábamos el ciclo de aquella noche. Bueno, al menos ya no tendría que volver a tocar en aquel teatro.
Mientras oía las conversaciones inteligibles, cada vez más intensas, el pasillo pareció cerrarse sobre mí. Una sensación de claustrofobia me golpeó con fuerza. Decidí continuar mi camino hacia el otro lado. Probablemente, al final de aquél corredor, encontrase un espacio abierto en donde intentar relajarme.
Solo que no era una plaza, como esperaba. El pasillo daba a una especie de terraza privada, que se asomaba al borde de la montaña. Tendría unos 5 metros cuadrados, con bancas de piedra que se extendían alrededor. Caminé apresuradamente hasta encontrarme con el borde, tras el cual se extendía toda la región. Las colinas brillaban en la noche como un escueto árbol de navidad, salpicadas acá y allá por luces de algún pequeño asentamiento urbano.
Fue entonces cuando consideré, por primera vez, abandonar todo y volver a casa. Como un suicida, al menos conceptualmente, me paré al borde de la terraza y sentí que mis sueños profesionales querían saltar. “Quizás sea mejor volver a mi vida de antes. Era simple, tenía pocos desafíos… pero esto quizás no esté funcionando”, pensaba.
Fue entonces que oí un suspiro detrás de mí. Cuando me giré, vi al señor Salomón sentado sobre una banca de piedra, con un habano en la mano. El humo que acababa de exhalar aún formaba una nube entre nosotros. Y yo, perdido en mis cavilaciones, había entrado en allí sin notar al hombre sentado.
Sin dudas era él. Su traje de corte italiano era inconfundible. De cerca parecía mucho más joven de lo que había supuesto, al verlo en la lejanía. No tendría más de 50 años. Llevaba el pelo pulcramente recortado, peinado hacia un costado. Un par de anteojos sobrios coronaban su rostro, carente de barba o bigotes. Sus ojos me miraban con la expresión de un entomólogo que observa una colonia de insectos en la cual lleva años trabajando. Una expresión entre el atento interés y la distancia total.
Permanecimos allí unos instantes, mirándonos fijamente. Yo intentaba desesperadamente encontrar algo que decir, pero mi cabeza parecía condenada al silencio. Finalmente hice una pequeña inclinación.
- Es un placer, señor Salomón. Le agradezco muchísimo que nos haya recibido en su hogar-
El hombre esbozó una sonrisa. El habano en sus manos continuaba humeando, pero él no parecía interesado en fumarlo.
- Vos sos el muchacho del septeto, ¿Cierto?- preguntó. Su voz era suave, aunque sonaba algo apática, Como si careciese de matices.
- Sí. También toqué la segunda noche, el trío de Eychenne-
Salomón asintió, volviendo a mirar hacia el horizonte.
- No estuvo mal- musitó, luego de unos segundos.
Yo sabía que lo correcto era agradecerle el cumplido y salir de ese lugar cuanto antes. No estaba seguro de estar ofendiéndolo con mi presencia, pero era claro que aquél personaje no disfrutaba demasiado de la compañía de otras personas. Sin embargo, por algún motivo, me quedé.
- Le agradezco mucho. Aún tengo muchísimo por aprender-
- Lo se- asintió, distraído. No había vuelto a mirarme. ¿Porqué simplemente no me iba?
Me giré durante un instante para mirar al horizonte, siguiendo su mirada.
- Se nota que entendés la música. Y que la amás. Pero hay algo que no funciona- oí.
Me volví, mirándolo interesado.
- Lamento la pregunta… ¿Es usted músico?-
- No. Solo un amante de las musas. Lo intenté, de joven. Pero eventualmente entendí que mi lugar era crear el jardín en donde la música florece… y permitir que sean otros quienes la cultiven-
Asentí, sin saber qué decir. La metáfora no estaba mal.
- Persigo a la música como un enamorado obsesivo. La seguí alrededor del mundo, intentando entenderla, capturarla, sentirme digno de ella. Creo que llegué a entenderla. Pero no soy digno de crearla-
- Todos podemos hacer música- le aseguré. Ese era uno de los pilares de mis convicciones en la vida. Recordaba a menudo a muchos de mis alumnos en Argentina, sobre todo a una mujer de 93 años que había acudido a mí para saber si era demasiado tarde para empezar a estudiar violín. Un año después, disfrutaba de la música como el hobby al que siempre soñó acercarse-
- Sí, es verdad- asintió Salomón – Pero soy demasiado ambicioso. No me conformo con poco. Lo que hago, quiero hacerlo destacándome. Y considero que logré destacarme como benefactor de las artes-.
No podía discutirle aquello.
- ¿Y qué es aquello que no funciona en mí? Si puedo robarle unos instantes más de su tiempo- necesitaba dejar aquella terraza cuanto antes. Mi sentido del respeto y del decoro comenzaban a lanzarme serias advertencias.
- Ah, bueno… yo no lo sé. Soy solo un gustoso del buen vino que nota una impureza en su copa. Pero estoy lejos de saber qué es exactamente… o cómo corregirlo. Pero sin duda hay algo en usted que podría funcionar mejor, si me lo permite-
Volví a inclinarme levemente. Tras volver agradecerle rápidamente, me dispuse a irme. Cuando estaba por alcanzar el pasillo, el hombre carraspeó.
- Conozco a alguien que podría ayudarlo. ¿Usted estudia?-
Negué con la cabeza, sintiéndome en falta. Hacía tiempo que no tomaba clases formales, fuera de los ensayos de la orquesta o de aquél sistema de tutorías. Me refiero a clases individuales de técnica e interpretación violinística. Desde antes de la pandemia, cuando acudía al señor Cortez dos veces por mes, no había vuelto a tocar para un maestro.
- Puede que ahí esté el problema. ¿Me permitiría presentarle a alguien?-
Le aseguré que para mí sería un honor. Me pregunté qué tipo de contactos tendría aquél hombre.
- Bueno, más que un alguien… son unos álguienes-.
Pasaron unos segundos, llenos de un silencio que crecía incómodamente entre nosotros.
Salomón volvió a perderse en el horizonte.
- Gracias, estimado. Ya puede retirarse-
Y tengo que decir que mis colegas no habían exagerado una sola palabra sobre la excentricidad de todo aquel lugar.
Se trataba de un pequeño asentamiento entre las colinas de la región, en una posición elevada. Un pequeño conglomerado de casas antiguas (seguramente reformadas, ya que se veían en excelentes condiciones) se alzaba en la cima de la colina. En medio, una iglesia elevaba sus dos modestas torres, una plaza albergaba un anfiteatro en miniatura (frente al cual se elevaba un enorme teatro, de fachada ricamente decorada) y una gran casona colonial lo contemplaba todo desde una posición privilegiada.
En aquella casona, que más bien parecía un pequeño castillo, vivía nuestro anfitrión. Mecenas de la región, impulsor de toda la actividad artística y misteriosa figura que solo lográbamos divisar desde lejos. El señor Salomón parecía jamás abandonar su hogar, aunque a menudo lo podíamos ver asomado en uno de los altos balcones.
No habíamos tenido demasiado tiempo libre durante nuestra estadía, aunque tampoco es que hubiera mucho que hacer, en aquél lugar. Solíamos tener la mañana libre para recorrer el pueblo y las colinas alrededor. Luego del almuerzo (que se servía en tres restaurants distintos, siempre por cortesía de nuestro anfitrión) teníamos ensayos con varios de los profesionales que nos acompañaban. Stanis no había vuelto a acercarse a ninguna de los dos grupos que yo integraba, pero Lazaro y Oleo solían supervisar nuestros progresos y nos llenaban de consejos. Por la noche, respetando un riguroso programa, algunos de los grupos tocaban en el teatro. Cada noche se creaban verdaderos ciclos de música de cámara, a los cuales acudía público no solo de la región alrededor del pueblo, sino de La Paz y ciudades cercanas.
Habíamos tocado la segunda noche. La música contemporánea había tenido un éxito moderado entre el público. Yo, honestamente, no me había encontrado. El lenguaje continuaba pareciéndome ajeno y extraño… y no lograba aplicar las instrucciones que continuamente recibía durante las mentorías. Como si todas las reglas de la música que había absorbido durante años ya no valiesen, consejos como “No pienses esto una frase o como una escala… no es armonía, es simplemente un efecto de sonoridad. Deberías crear un ambiente, no un discurso”, eran el pan de cada día. Y quizás haya quien logre entender aquel galimatías de notas como yo entendía mi proprio folclore. Pero el resultado no había sido satisfactorio para nadie.
Mientras bajaba del escenario y me dirigía hacia el estuche de mi instrumento, pensaba furiosamente en cómo podía crear algo donde no comprendía siquiera los elementos que tenía a la mano. ¿Qué podía expresar a aquel público si ni siquiera yo entendía lo que estaba ocurriendo? Esperaba que cuando nos tocase estrenar los lieder de Beethoven, el resultado fuese algo más satisfactorio.
La noche del tercer día, luego de la cena, yo había salido a dar una vuelta por el lugar. Se me había vuelto costumbre: las noches eran agradablemente frescas (un cambio bienvenido, siendo que el verano comenzaba a traer jornadas de 35 grados de máxima) y el pueblo tenía un encanto particular. Mientras terminábamos de comer, se nos había informado de un cambio en el programa del día siguiente. El septeto encargado de los lieder reemplazaría a otro grupo. Eso significaba que al día siguiente tendríamos que ensayar en compañía de los tutores. Suspiré, mirando al horizonte, donde las luces de La Paz iluminaban el contorno de unas colinas lejanas. Convencer a nuestros cantantes de ensayar siempre había sido difícil.
Cuando me giré para volver a las habitaciones, noté que el señor Salomón volvía a aparecer en uno de sus balcones. La situación parecía casi siempre la misma: el hombre se apoyaba sobre la baranda, con un cigarro encendido entre las manos, mirando al horizonte. La lejanía hacía difícil distinguir su expresión… pero por algún motivo, jamás lo había visto llevarse el cigarro a la boca.
Me plantee levantar una mano para saludarlo, pero el gesto me pareció burdo en aquel contexto de elegancia.
Al día siguiente, como había previsto, nuestros cantantes llegaron tarde al ensayo. Había sido necesario llamarlos por teléfono insistentemente para lograr que uno de ellos respondiese e hiciesen acto de presencia. Sinceramente no entendía cuán lejos podían haberse ido, en aquél pequeño lugar. Aunque quizás estaban durmiendo.
El concierto no había salido mal, pero mi experiencia me bastaba para saber que no había sido un gran qué. Intuición que confirmó el mismo Stanis, con un gesto de fastidio, mientras bajábamos la escalera que conectaba el escenario con los camerinos. Mis colegas pasaron de largo, pero yo me detuve, expectante. El hombre me miró como si no entendiese qué pretendía.
- ¿Alguna indicación, maestro?- pregunté, con el tono más respetuoso que pude. Stanis esbozó una sonrisa extraña. No hubiese sabido decir si era despectiva, socarrona o simplemente ajena.
- Jacob, estimado… pues, no mucho. Solo repetir lo que dije durante los ensayos. Poca música, mala técnica, feo sonido. Usted, particularmente, tiene muchísimos problemas instrumentales. No parece respetar al autor de la obra, no sé si me explico-
Asentí con la cabeza y me dispuse a continuar mi camino. Cuando solo había dado un par de pasos, volví a escuchar la voz del hombre:
- Dígame solo una cosa… ¿Qué le hizo comenzar a estudiar música?-
- Supongo que siempre quise dedicarme a esto. Aunque empecé a estudiar violín cuando estaba terminado el liceo-. Me preparé mentalmente para una opinión que ya me habían dado infinidad de veces.
- Comprendo… y vista su actuación de esta noche, permítame preguntarle: ¿Qué le hace querer seguir adelante con esta carrera?-.
Lo miré durante un par de segundos. Afortunadamente, el hombre no pareció esperar una respuesta, ya que volvió a dedicarme una sonrisa torcida y se alejó escaleras abajo.
Unos minutos después, salía del teatro con el corazón agitado. Había entrado al camerino a toda prisa, guardado mi instrumento en su estuche y abandonado el lugar por una puerta trasera.
Apenas salí, una brisa fresca me detuvo durante un segundo. El cambio de temperatura, en comparación con el aire viciado del teatro, fue muy bienvenido.
Aspiré por la nariz, tan profundamente como pude, y comencé a subir por una de las calles que llevaban a la parte alta del pueblo. No miré por dónde iba, mis pies simplemente seguían el torbellino caótico de mis pensamientos: ¿Y si Stanis tenía razón? ¿Qué hacía yo, un extranjero que había tomado el violín entre sus manos a la tardísima edad de 16 años, entre todos aquellos músicos prometedores? ¿Qué lugar esperaba tener en el mundo de la música profesional? Y por sobre todo, ¿Qué hacía tan lejos de casa? ¿Porqué había dejado Argentina? ¿Había valido la pena el abandonar mi país en búsqueda de un sueño? ¿Porqué había estado tan seguro de que en el extranjero podría encontrar un crecimiento como musico? ¿Porqué, carajo, había estado tan seguro de que alguien como yo podría siquiera crecer como músico?
Giré una esquina y pasé por debajo de un corredor techado. Sobre mí, una bóveda techaba el pasillo que parecía conectar dos plazas. Mi cabeza seguía latiendo, sin control. Me pregunté, por primera vez desde que había comenzado mi viaje, allá por 2019, si no sería momento de dejar aquellas aspiraciones y volver a casa. Volver a una vida de música sencilla y labor en escuelas, que era lo que siempre había conocido.
Me apoyé contra la pared del pasillo, respirando agitadamente. Fuera, el rumor ahogado de la gente que comenzaba a abandonar el teatro crecía como una olla de agua hirviendo. Había olvidado que nosotros cerrábamos el ciclo de aquella noche. Bueno, al menos ya no tendría que volver a tocar en aquel teatro.
Mientras oía las conversaciones inteligibles, cada vez más intensas, el pasillo pareció cerrarse sobre mí. Una sensación de claustrofobia me golpeó con fuerza. Decidí continuar mi camino hacia el otro lado. Probablemente, al final de aquél corredor, encontrase un espacio abierto en donde intentar relajarme.
Solo que no era una plaza, como esperaba. El pasillo daba a una especie de terraza privada, que se asomaba al borde de la montaña. Tendría unos 5 metros cuadrados, con bancas de piedra que se extendían alrededor. Caminé apresuradamente hasta encontrarme con el borde, tras el cual se extendía toda la región. Las colinas brillaban en la noche como un escueto árbol de navidad, salpicadas acá y allá por luces de algún pequeño asentamiento urbano.
Fue entonces cuando consideré, por primera vez, abandonar todo y volver a casa. Como un suicida, al menos conceptualmente, me paré al borde de la terraza y sentí que mis sueños profesionales querían saltar. “Quizás sea mejor volver a mi vida de antes. Era simple, tenía pocos desafíos… pero esto quizás no esté funcionando”, pensaba.
Fue entonces que oí un suspiro detrás de mí. Cuando me giré, vi al señor Salomón sentado sobre una banca de piedra, con un habano en la mano. El humo que acababa de exhalar aún formaba una nube entre nosotros. Y yo, perdido en mis cavilaciones, había entrado en allí sin notar al hombre sentado.
Sin dudas era él. Su traje de corte italiano era inconfundible. De cerca parecía mucho más joven de lo que había supuesto, al verlo en la lejanía. No tendría más de 50 años. Llevaba el pelo pulcramente recortado, peinado hacia un costado. Un par de anteojos sobrios coronaban su rostro, carente de barba o bigotes. Sus ojos me miraban con la expresión de un entomólogo que observa una colonia de insectos en la cual lleva años trabajando. Una expresión entre el atento interés y la distancia total.
Permanecimos allí unos instantes, mirándonos fijamente. Yo intentaba desesperadamente encontrar algo que decir, pero mi cabeza parecía condenada al silencio. Finalmente hice una pequeña inclinación.
- Es un placer, señor Salomón. Le agradezco muchísimo que nos haya recibido en su hogar-
El hombre esbozó una sonrisa. El habano en sus manos continuaba humeando, pero él no parecía interesado en fumarlo.
- Vos sos el muchacho del septeto, ¿Cierto?- preguntó. Su voz era suave, aunque sonaba algo apática, Como si careciese de matices.
- Sí. También toqué la segunda noche, el trío de Eychenne-
Salomón asintió, volviendo a mirar hacia el horizonte.
- No estuvo mal- musitó, luego de unos segundos.
Yo sabía que lo correcto era agradecerle el cumplido y salir de ese lugar cuanto antes. No estaba seguro de estar ofendiéndolo con mi presencia, pero era claro que aquél personaje no disfrutaba demasiado de la compañía de otras personas. Sin embargo, por algún motivo, me quedé.
- Le agradezco mucho. Aún tengo muchísimo por aprender-
- Lo se- asintió, distraído. No había vuelto a mirarme. ¿Porqué simplemente no me iba?
Me giré durante un instante para mirar al horizonte, siguiendo su mirada.
- Se nota que entendés la música. Y que la amás. Pero hay algo que no funciona- oí.
Me volví, mirándolo interesado.
- Lamento la pregunta… ¿Es usted músico?-
- No. Solo un amante de las musas. Lo intenté, de joven. Pero eventualmente entendí que mi lugar era crear el jardín en donde la música florece… y permitir que sean otros quienes la cultiven-
Asentí, sin saber qué decir. La metáfora no estaba mal.
- Persigo a la música como un enamorado obsesivo. La seguí alrededor del mundo, intentando entenderla, capturarla, sentirme digno de ella. Creo que llegué a entenderla. Pero no soy digno de crearla-
- Todos podemos hacer música- le aseguré. Ese era uno de los pilares de mis convicciones en la vida. Recordaba a menudo a muchos de mis alumnos en Argentina, sobre todo a una mujer de 93 años que había acudido a mí para saber si era demasiado tarde para empezar a estudiar violín. Un año después, disfrutaba de la música como el hobby al que siempre soñó acercarse-
- Sí, es verdad- asintió Salomón – Pero soy demasiado ambicioso. No me conformo con poco. Lo que hago, quiero hacerlo destacándome. Y considero que logré destacarme como benefactor de las artes-.
No podía discutirle aquello.
- ¿Y qué es aquello que no funciona en mí? Si puedo robarle unos instantes más de su tiempo- necesitaba dejar aquella terraza cuanto antes. Mi sentido del respeto y del decoro comenzaban a lanzarme serias advertencias.
- Ah, bueno… yo no lo sé. Soy solo un gustoso del buen vino que nota una impureza en su copa. Pero estoy lejos de saber qué es exactamente… o cómo corregirlo. Pero sin duda hay algo en usted que podría funcionar mejor, si me lo permite-
Volví a inclinarme levemente. Tras volver agradecerle rápidamente, me dispuse a irme. Cuando estaba por alcanzar el pasillo, el hombre carraspeó.
- Conozco a alguien que podría ayudarlo. ¿Usted estudia?-
Negué con la cabeza, sintiéndome en falta. Hacía tiempo que no tomaba clases formales, fuera de los ensayos de la orquesta o de aquél sistema de tutorías. Me refiero a clases individuales de técnica e interpretación violinística. Desde antes de la pandemia, cuando acudía al señor Cortez dos veces por mes, no había vuelto a tocar para un maestro.
- Puede que ahí esté el problema. ¿Me permitiría presentarle a alguien?-
Le aseguré que para mí sería un honor. Me pregunté qué tipo de contactos tendría aquél hombre.
- Bueno, más que un alguien… son unos álguienes-.
Pasaron unos segundos, llenos de un silencio que crecía incómodamente entre nosotros.
Salomón volvió a perderse en el horizonte.
- Gracias, estimado. Ya puede retirarse-

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