Capítulo 18 (parte 1): 14 de abril, 2026.
La primera y única vez que me encontré frente a frente con el señor Salomón, fue la misma noche en la que me planteé volver a mi país.
El pensamiento nunca se me había cruzado por la cabeza. Ni una sola vez en todos mis años en el extranjero.
Y allí mismo, aquella noche de primavera fresca a mitad de abril, me encontraba en una terraza, con mi violín en las manos. Fue entonces cuando me consideré, por primera vez, abandonar todo y volver a casa. Como un suicida, al menos conceptualmente, me paré al borde de la terraza y sentí que mis sueños profesionales querían saltar. “Quizás sea mejor volver a mi vida de antes. Era simple, tenía pocos desafíos… pero esto quizás no esté funcionando”, pensaba.
Fue entonces que oí un suspiro detrás de mí. Cuando me giré, vi al señor Salomón sentado sobre una banca de piedra, con un habano en la mano. El humo que acababa de exhalar aún formaba una nube entre nosotros. Y yo, perdido en mis cavilaciones, había entrado en la terraza sin notar al hombre sentado.
Un error algo importante ya que, a fin de cuentas, estaba en su casa.
Luego de volver de Mareen, en enero, yo había retomado mis actividades. Seguía dando clase a mis pocos estudiantes, ensayaba regularmente con la More Lucky y me ocupaba de los proyectos que habían comenzado poco antes de navidad. Entre ellos, un trío de violín, saxofón y piano que se ocupaba de explorar repertorio del siglo XX, de autores que yo desconocía. El lenguaje del novecientos comienza a distanciarse mucho de los autores clásicos a los que yo estaba acostumbrado, por lo que el proyecto me resultaba una puerta de entrada fascinante a sonidos nuevos. Por otro lado, continuaba preparando un ciclo de lied con un pequeño grupo de cámara internacional. Y quiero destacar esta última palabra, porque además de nuestro pianista alemán y de Valen, oriunda de Chile, que tocaba el violoncello, teníamos 4 cantantes chinos.
Nunca me quedó claro si las dificultades eran lingüísticas o culturales. Nunca podía estar del todo seguro de si aquellos jóvenes orientales entendían lo que les decíamos. Por lo general se limitaban a sonreír y asentir con la cabeza, para luego empezar a cuchichear entre ellos en un chino inentendible.
No era fácil coordinar ensayos, ya que rara vez respondían a nuestro grupo de WhatsApp. Sin embargo, una mañana a comienzos de febrero, llegué a una de las salas internas del teatro para encontrar al cuarteto ya presente… y a nuestro pianista que tocaba con una mano, mientras que con la otra los dirigía como si fuese un director.
Mientras yo comenzaba a preparar mi instrumento, el muchacho alemán se acercó hasta mí.
- Disculpame, no pretendía empezar sin vos… pero durante el ensayo pasado noté que no saben siquiera cuando entrar-
- No te disculpes- repuse, mirando al grupo de muchachos que ahora miraban reels en sus teléfonos – Aprecio mucho que te hayas tomado la molestia-
Con el correr de los ensayos, había comenzado a apreciar a aquel pianista serio y silencioso. Lo sentía como mi único punto estable en ese grupo en donde los cantantes parecían de otro planeta y donde la violoncelista permanecía en completo silencio durante dos horas, esperando nuestras indicaciones.
Como casi todo lo que ocurre alrededor del More Lucky, estos proyectos también tenían su propia cadena de mando. Por supuesto que todo estaba supervisado por la cabeza de la familia Byron. Pero entre él y los músicos que luego serían enviados a cubrir diversos espectáculos, se había creado un sistema de tutorías.
Yo ya había experimentado algo similar en Argentina y debo decir que la experiencia es por demás interesante. Los encuentros son supervisados por diversos docentes, cada uno representante de un instrumento, estilo y escuela particulares. Así, lo que en circunstancias normales sería un simple ensayo, se convierte en un momento de aprendizaje.
Por supuesto, cada instrumento sirve como una lente para asomarse al mundo de la música. Un cantante, un violinista y un clarinetista no ven la misma pieza del mismo modo. Cada uno, en base a su instrumento y formación, hará hincapié en detalles distintos, tendrá otra forma de “frasear” la música… en fin, con esto quiero decir que cada semana pasábamos un par de horas en compañía de un intérprete de renombre, siempre distinto, aprendiendo nuevas formas de apreciar la música que luego ensayaríamos a solas como grupo.
Recuerdo con particular afecto a una anciana de cabello corto y poca estatura, de apellido Oleo. Tenía unas formas muy maternales y ya desde un primer momento había entendido los problemas que atravesaba el grupo. Habíamos pasado dos horas muy intensas en las cuales nos había hecho tocar sin parar, subrayando constantemente los roles del grupo.
- Queridos, si lo piensan así es mucho más simple: deben saber siempre quién está cantando y quien lleva el ritmo. No siempre los cantantes son los protagonistas, a veces la melodía la llevan los instrumentos- decía, mientras caminaba por la habitación, gesticulando con las manos.
Nos habíamos encontrado con ella tres veces. Y al final de cada encuentro, nos dejaba “tarea” para tener en cuenta durante nuestros ensayos. La primera vez había sido clarísima:
- Les va a parecer que me contradigo, pero escúchenme con atención- dijo, mientras se acercaba a mí, mirando a mis colegas – El líder conceptual de este proyecto es el violín. Así lo dispuso Beethoven y en base a eso escribió esta música. Rara vez va a tener el rol protagónico, pero es quien va a dirigir los pequeños detalles, a la hora de presentar esto en vivo-. Sin quitarme la mano del hombro, me dirigió una mirada intensa. Sentí como cuando mis tías me reprochaban algo, cuando era niño.
- En el mundo de la música no hay lugar para los tímidos, querido. No me importa cómo seas allá afuera… pero al momento de llevarte tu violín al hombro, quiero que sepas exactamente qué está haciendo cada uno de tus colegas. Y quiero verte despierto, propositivo, alerta. Quiero que marques entradas, quiero que sostengas el tempo, quiero que seas el corazón de este proyecto. ¿Se entiende?-. Asentí con la cabeza, tras lo cual la mujer se volvió hacia Valen.
- Querida, independientemente de lo que acabo de decir, no quiero volver a verte mirando al suelo mientras esperás indicaciones. Esto no es una orquesta. Acá no hay directores. Acá todos proponemos activamente. Sos igual de importante que tus compañeros. Olvidate de las jerarquías. ¡No esperes que te digan que hacer! ¡Tomá vos las riendas de tu música!-
No se si el discurso de la señora Oleo había tenido algo que ver. Pero a partir de allí, durante los ensayos posteriores, Valen se mostró algo hosca con todos. Y no era raro oírle soltar comentarios irónicos.
Quizás la situación me hubiese preocupado más, si no fuese por el incidente de la semana siguiente.
Cuando entramos en el salón de ensayos, cuatro cantantes chinos y tres instrumentistas, Stanis nos esperaba sentado, con los brazos cruzados.
Se trataba de un hombre calvo, de estatura considerable, aunque muy delgado. La piel de las mejillas se estiraba cuando hablaba, como si se tratase de un cadáver dejado al sol.
- Señores- nos saludó, alejándose unos pasos para sacar un viejo violoncello de su estuche.
Ocupamos nuestros lugares, mientras Stanis nos observaba sin decir nada. La atmósfera tensa ya se había establecido. Cuando todo estuvo listo, se estiró sin soltar el instrumento, mirando las partituras sobre el atril del piano. Asintió con la cabeza y volvió a sentarse.
Todos nos miramos durante un segundo. Yo asentí con la cabeza y esperé unos segundos hasta estar seguro de que los cantantes estaban separados.
Comenzamos la introducción del primer lied y el hombre levantó una mano al instante, frenando la música.
- No están articulando juntos. Otra vez-.
Volvimos a empezar, nuevamente la mano.
- Piano, un poco más articulado. Cello, observá a tus compañeros. Violín… sonido-
Cuando atacamos por tercera vez no nos detuvo, pero se lo escuchó claramente chasquear la lengua.
Nos permitió continuar hasta el final del primer número. Cuando la música terminó, permaneció sentado sin decir nada.
- ¿Qué edición están tocando, violín?- inquirió. La pregunta me tomó completamente desprevenido. Tuve que admitir que no lo sabía.
- Porque las ligaduras, sinceramente, no funcionan. Probá así la primera frase…- y comenzó a tocar mi parte de la pieza. Quizás el lector no lo sepa, pero el violín y el violoncello tienen técnicas muy diferentes. Y lo que me pedía que hiciese era un poco… digamos… antiviolinistico. Como si una ballena indicase a un pulpo cómo debe nadar.
Aún así lo intenté, con resultados poco satisfactorios.
- Más allá de que puedas seguir mis indicaciones o no- dijo el hombre – Deberías ofrecer un sonido algo más bello. No me gusta nada-
Con un gesto nos pidió que continuásemos. Así fuimos tocando, uno a uno, los diversos números escritos por Beethoven. Al terminar, el violoncelista no había mudado su expresión. Decepción y algo de rabia combatían por un lugar en su rostro.
- Señores, yo diría que este grupo no funciona. ¿No preferirían si lo disolviésemos ya mismo? Puedo escribir a la administración, así los tutores podríamos dedicar nuestro tiempo a aquellos que sí llegarán a tocar en vivo-. El comentario cayó como un balde de agua fría sobre todos nosotros. Al menos sobre los instrumentistas, los cantantes no se vieron particularmente afectados. Nadie dijo nada.
- Muy bien- prosiguió el hombre, luego de unos segundos – Si insisten, pueden seguir intentándolo. Aunque no conmigo. Yo no quiero perder el tiempo-. Tras esto, comenzó a guardar su instrumento.
Sin mediar palabra, todos comenzamos a hacer lo mismo. Los cantantes tomaron rápidamente sus pertenencias y abandonaron la sala en tropel. Stanis volvió a acercarse al grupo.
- No quiero ofender a nadie, señores… pero cuando me llamaron a cubrir estas tutorías y me hablaron de este grupo, yo esperaba un violinista. No se si me explico- comentó, mirándome fijamente. Entendí perfectamente qué quería decir. Mi sonido no calificaba siquiera para el eslabón más bajo de la música. El hombre se rascó una mejilla y prosiguió: - Más allá de eso, este grupo tiene serios problemas en lo musical. No se escuchan. No tocan juntos. No me transmiten absolutamente nada-
- ¡El problema es claramente él!- chilló Valen. La miré sin entender. Y, para mi sorpresa, me señaló con un dedo – Llevamos tres meses de ensayo y no ha mejorado en lo más mínimo. No le interesa, claramente. No se preocupa por mejorar, no tiene responsabilidad ni disciplina-
Me quedé de piedra. Debo admitir que estoy algo acostumbrado a las devoluciones duras de los docentes, pero no esperaba tener que vérmelas también con una colega que se manifestaba tan insatisfecha conmigo. Me pregunté cuánto tiempo venía callándose aquello.
Stanis se encogió de hombros y salió de la sala, dejándonos a los tres a solas.
Miré a mis colegas. Ambos tenían la vista fija en el suelo. Me plantee, por un momento, involucrar al pianista en la discusión. No me interesaba tanto defenderme… pero sí el saber si la opinión era generalizada.
Mientras subía las escaleras hacia mi departamento, no dejaba de pensar en esa doble crítica. Y, sobre todo (yo siempre tan dispuesto al autoanálisis) en porqué me estaba afectando tanto.
Mi mente comenzó a repasar los eventos de las últimas semanas. Sí era verdad que quizás podría estar más preparado… quizás no era todo lo buen músico que debería, a la hora de encarar proyectos de esa seriedad. Me pregunté a dónde me habían llevado todos mis años de formación y las experiencias de los últimos años. ¿Era el profesional que creía ser? ¿O quizás, dada mi edad y las exigencias del mundo de la música, ya estaba llegando tarde a mi propia vida?
Entré a mi departamento y comencé a preparar un poco de mate. No se me ocurría mejor modo de tranquilizarme. Afuera el clima era variable. Habíamos tenido un par de semanas de calor intenso y ahora el invierno parecía haber vuelto para dedicarnos un último cañonazo antes de retirarse definitivamente.
Mientras el agua hervía, intenté desgranar la situación. ¿Qué era lo que realmente me molestaba? Probablemente la diferencia entre opinión objetiva y subjetiva. Valen era libre de opinar que yo no estaba mejorando, sin duda. Pero no estaba dispuesto a aceptar que opinase sobre cuánto me importaba realmente todo aquello.
Y, sin embargo, las dudas volvían a instalarse una y otra vez. Ya no era “joven”, a fin de cuentas. Durante los pocos meses de convivencia con Indira, antes de que por fin lograse encontrar un departamento en las afueras de la ciudad, había reflexionado a menudo sobre aquello. Verla estudiando me hacía entrar en perspectiva de la diferencia de edad y de nivel. Por supuesto, compararme con una joven virtuosa que había dedicado toda su vida, desde sus primeros años, a perfeccionarse en el violín, era algo injusto para con mi propia historia. Y sin embargo…
Continué trabajando con ambos proyectos. El trío contemporáneo era un desafío constante, pero la sinergia del grupo era buena. El pianista era prácticamente un niño, de no más de quince años. Una especie de John Lennon en miniatura, tímido pero de risa fácil. El saxofonista, Morris, era un coloso vestido con ropas de cuero. Su cabello rubio le caía por la espalda y llevaba una barba cuidadosamente recortada. El instrumento parecía pequeño en sus enormes manos. Y, si bien parecía un hombre silencioso, pronto encontramos una compatibilidad al conversar sobre música en los descansos del ensayo. Ambos nos habíamos alegrado cuando nos volvió a llegar una convocatoria al “L’ensemble contemporain”. El dinero no venía mal, la experiencia era interesante… y bueno, este año Mika y Sting volvían a coronar el Festival Sombrío.
El grupo de lieder también había continuado sus ensayos como si nada hubiese ocurrido. Un par de semanas después del incidente, había recibido un mensaje de Valen: “Por mí, podemos hacer borrón y cuenta nueva. Sigamos ensayando”. No supe cómo interpretarlo, por lo que simplemente lo dejé estar. Y, si bien ya no volvimos a ver a Stanis, seguimos trabajando con la señora Oleo, así como con otros dos docentes: Mastropiero, un viejo organista que se especializaba en música antigua y el señor Lazaro, un famoso violinista que había integrado importantes grupos de cámara. Tomando los consejos de todos ellos, la música pronto estuvo preparada para un posible estreno y las primeras invitaciones comenzaron a llegar.
Si bien yo era nuevo en aquél proyecto, sabía que la región se enriquecía mucho de ello: En compenso por el contributo económico que el gobierno de La Paz brindaba a la movida musical, la comunidad podía realizar pedidos formales para que alguna de las formaciones integrase las estaciones concertísticas de la ciudad y la región. Grandes y pequeñas salas de conciertos enviaban sus invitaciones y eso enriquecía la actividad musical para ambas partes. Incluso entes privados y la misma Universidad de La Paz abrían sus puertas a los proyectos camerísticos.
La primera vez que apareció el nombre de Salomón, casi todos a mi alrededor asintieron con la cabeza. Yo volví a sentirme un sapo de otro pozo.
Morris esbozó una de sus misteriosas sonrisas cuando le pregunté quién era aquella figura.
- ¿Salomón? Mirá, podés considerarlo como el mecías de La Paz y toda la región. Dicen que fue un ex combatiente de la guerra de independencia… y que luego tomó su indemnización para construir un imperio textil-
- La guerra fue hace más de ochenta años, Morris. No cierran los números- intervino Louis, sentándose cerca nuestro. – Pero sí, Martín… básicamente es el creador de la empresa textil más importante de la región. Todo cashmere, ropa carísima. Y el tipo la construyó desde cero y luego se hizo edificar una ciudad-
- ¿Cómo “desde cero”?- más gente comenzaba a acercarse, para dar su opinión – Salomón es heredero de una de las familias más poderosas de la ciudad. Y uso esa fortuna para crear su imperio textil. Dicen que hoy rivaliza con Gucci-
- ¡Ninguna herencia! Era hijo de campesinos. Fue así que se le ocurrió un método de esquilado diferente para las ovejas y con eso comenzó a fabricar ropa-
- Yo escuché que era un noble europeo-
- ¿Seguros que no fue un ex combatiente?-
Levanté una mano, para acallar a mis colegas.
- ¿Construyó una ciudad?- pregunté, sin entender.
- Mas bien la reformó… pero sí. Un pequeño pueblo en las colinas, a una hora de La Paz. Compró todo el lugar, desalojó a sus habitantes y construyó un castillo, una iglesia y un teatro. Dicen que no sale de ahí desde entonces-, respondió una violinista de pelo corto y baja estatura. La tenía de vista de los ensayos de otros grupos.
- Claro que sale de ahí, Silvia- intervino alguien más – Es un empresario exitosísimo. Es multimillonario, más poderoso que la familia Byron. Seguramente recorre el mundo haciendo negocios. Pero yo también escuché que desalojó a un pueblo entero y que comenzó a reconstruir el lugar. Nosotros tocamos varias veces ahí, es precioso. Parece un parque de Disney, pero en versión… no sé… Europa medieval-
- No los desalojó. Esas familias aún viven ahí. Pero el hombre es una especie de rey. Hace y deshace como quiere, ahí dentro. De todas formas también es un importante mecenas de la ciudad. La mayoría de las restauraciones que ocurren en la región están pagadas por él-
- Será para evadir impuestos- intervino Morris.
- Quizás…- dijo la chica de pelo corto, encogiéndose de hombros – Pero esta región se caería a pedazos si no fuese por él-
Me abstraje durante un momento de la conversación, que comenzaba a caldearse. Me extrañaba no haber oído nunca sobre aquella misteriosa personalidad. Pero, la verdad sea dicha, aún era un extranjero en aquellas tierras.
Durante varios días, el misterio del señor Salomón ocupó parte de mis pensamientos. Y, cuando nos confirmaron que algunos grupos tocarían en su pequeña ciudad a mediados de abril, mi natural sentido de la curiosidad saltó de alegría.
Si el lector me acompaña, voy a saltearme varias semanas intrascendentes y concluir esta primera parte del capítulo hablándoles de lo que vi cuando llegamos.
Tengo que admitir que el lugar hacía justicia a todas las historias que había oído. Apenas el auto en el que viajábamos tomó una curva, el lugar apareció coronando una colina, entre varios montes.
Nos detuvimos en un estacionamiento, al pie del lugar, y lo primero que vi fue una grandiosa escalera de mármol que subía hasta la punta de la colina. De forma escalonada, varias casas enormes dominaban el panorama, todas construidas con un tipo de piedra color beige. Un par de torres se alzaban por entre las construcciones y el enorme campanario de una iglesia surgía justo en el centro del lugar. Algo más apartado, se veía un pequeño castillo, construido con la misma piedra. Y pido perdón al lector si mi vocabulario no encuentra un término más adecuado… pero aquello era mucho más grande que una casa colonial. Y, para ser sincero, tenía forma de castillo.
Subimos las escaleras lentamente. Al llegar a la cima, una enorme plaza se extendía ante nosotros. Árboles frutales de aspecto saludable salpicaban todo el lugar y varios gatos se paseaban, indolentes, por entre las callejuelas que se abrían entre las construcciones.
Desde allí se podían apreciar los campos y colinas de toda la región. El sol comenzaba a ponerse, bañando la piedra beige de un resplandor dorado. Yo continuaba mirando a mi alrededor, sin poder creer que todo aquello fuese construido por una única persona.
Un suave toque en el brazo me sacó de mis cavilaciones. La muchacha de pelo corto, llamada Silvia, sonreía divertida.
- Siempre causa ese efecto, la primera vez- asintió. Y luego señaló disimuladamente hacia una de las construcciones más altas del lugar. – Y ahí tenés a nuestro anfitrión-.
Levanté la mirada. La figura se veía pequeña, por la distancia. Sin embargo, en un balcón ricamente decorado, se podía ver a un hombre, apoyado sobre la baranda. Parecía estar vestido con un traje impecable, de corte italiano. El humo de un habano se elevada desde una de sus manos, que mantenía cruzadas. No hubiese podido precisar si nos estaba mirando o si solamente contemplaba el horizonte. Pero aquella figura, que parecía salida de una historia de Scott Fitzgerald, sin duda le hacía honor a todas las historias que se contaban sobre él.
El pensamiento nunca se me había cruzado por la cabeza. Ni una sola vez en todos mis años en el extranjero.
Y allí mismo, aquella noche de primavera fresca a mitad de abril, me encontraba en una terraza, con mi violín en las manos. Fue entonces cuando me consideré, por primera vez, abandonar todo y volver a casa. Como un suicida, al menos conceptualmente, me paré al borde de la terraza y sentí que mis sueños profesionales querían saltar. “Quizás sea mejor volver a mi vida de antes. Era simple, tenía pocos desafíos… pero esto quizás no esté funcionando”, pensaba.
Fue entonces que oí un suspiro detrás de mí. Cuando me giré, vi al señor Salomón sentado sobre una banca de piedra, con un habano en la mano. El humo que acababa de exhalar aún formaba una nube entre nosotros. Y yo, perdido en mis cavilaciones, había entrado en la terraza sin notar al hombre sentado.
Un error algo importante ya que, a fin de cuentas, estaba en su casa.
Luego de volver de Mareen, en enero, yo había retomado mis actividades. Seguía dando clase a mis pocos estudiantes, ensayaba regularmente con la More Lucky y me ocupaba de los proyectos que habían comenzado poco antes de navidad. Entre ellos, un trío de violín, saxofón y piano que se ocupaba de explorar repertorio del siglo XX, de autores que yo desconocía. El lenguaje del novecientos comienza a distanciarse mucho de los autores clásicos a los que yo estaba acostumbrado, por lo que el proyecto me resultaba una puerta de entrada fascinante a sonidos nuevos. Por otro lado, continuaba preparando un ciclo de lied con un pequeño grupo de cámara internacional. Y quiero destacar esta última palabra, porque además de nuestro pianista alemán y de Valen, oriunda de Chile, que tocaba el violoncello, teníamos 4 cantantes chinos.
Nunca me quedó claro si las dificultades eran lingüísticas o culturales. Nunca podía estar del todo seguro de si aquellos jóvenes orientales entendían lo que les decíamos. Por lo general se limitaban a sonreír y asentir con la cabeza, para luego empezar a cuchichear entre ellos en un chino inentendible.
No era fácil coordinar ensayos, ya que rara vez respondían a nuestro grupo de WhatsApp. Sin embargo, una mañana a comienzos de febrero, llegué a una de las salas internas del teatro para encontrar al cuarteto ya presente… y a nuestro pianista que tocaba con una mano, mientras que con la otra los dirigía como si fuese un director.
Mientras yo comenzaba a preparar mi instrumento, el muchacho alemán se acercó hasta mí.
- Disculpame, no pretendía empezar sin vos… pero durante el ensayo pasado noté que no saben siquiera cuando entrar-
- No te disculpes- repuse, mirando al grupo de muchachos que ahora miraban reels en sus teléfonos – Aprecio mucho que te hayas tomado la molestia-
Con el correr de los ensayos, había comenzado a apreciar a aquel pianista serio y silencioso. Lo sentía como mi único punto estable en ese grupo en donde los cantantes parecían de otro planeta y donde la violoncelista permanecía en completo silencio durante dos horas, esperando nuestras indicaciones.
Como casi todo lo que ocurre alrededor del More Lucky, estos proyectos también tenían su propia cadena de mando. Por supuesto que todo estaba supervisado por la cabeza de la familia Byron. Pero entre él y los músicos que luego serían enviados a cubrir diversos espectáculos, se había creado un sistema de tutorías.
Yo ya había experimentado algo similar en Argentina y debo decir que la experiencia es por demás interesante. Los encuentros son supervisados por diversos docentes, cada uno representante de un instrumento, estilo y escuela particulares. Así, lo que en circunstancias normales sería un simple ensayo, se convierte en un momento de aprendizaje.
Por supuesto, cada instrumento sirve como una lente para asomarse al mundo de la música. Un cantante, un violinista y un clarinetista no ven la misma pieza del mismo modo. Cada uno, en base a su instrumento y formación, hará hincapié en detalles distintos, tendrá otra forma de “frasear” la música… en fin, con esto quiero decir que cada semana pasábamos un par de horas en compañía de un intérprete de renombre, siempre distinto, aprendiendo nuevas formas de apreciar la música que luego ensayaríamos a solas como grupo.
Recuerdo con particular afecto a una anciana de cabello corto y poca estatura, de apellido Oleo. Tenía unas formas muy maternales y ya desde un primer momento había entendido los problemas que atravesaba el grupo. Habíamos pasado dos horas muy intensas en las cuales nos había hecho tocar sin parar, subrayando constantemente los roles del grupo.
- Queridos, si lo piensan así es mucho más simple: deben saber siempre quién está cantando y quien lleva el ritmo. No siempre los cantantes son los protagonistas, a veces la melodía la llevan los instrumentos- decía, mientras caminaba por la habitación, gesticulando con las manos.
Nos habíamos encontrado con ella tres veces. Y al final de cada encuentro, nos dejaba “tarea” para tener en cuenta durante nuestros ensayos. La primera vez había sido clarísima:
- Les va a parecer que me contradigo, pero escúchenme con atención- dijo, mientras se acercaba a mí, mirando a mis colegas – El líder conceptual de este proyecto es el violín. Así lo dispuso Beethoven y en base a eso escribió esta música. Rara vez va a tener el rol protagónico, pero es quien va a dirigir los pequeños detalles, a la hora de presentar esto en vivo-. Sin quitarme la mano del hombro, me dirigió una mirada intensa. Sentí como cuando mis tías me reprochaban algo, cuando era niño.
- En el mundo de la música no hay lugar para los tímidos, querido. No me importa cómo seas allá afuera… pero al momento de llevarte tu violín al hombro, quiero que sepas exactamente qué está haciendo cada uno de tus colegas. Y quiero verte despierto, propositivo, alerta. Quiero que marques entradas, quiero que sostengas el tempo, quiero que seas el corazón de este proyecto. ¿Se entiende?-. Asentí con la cabeza, tras lo cual la mujer se volvió hacia Valen.
- Querida, independientemente de lo que acabo de decir, no quiero volver a verte mirando al suelo mientras esperás indicaciones. Esto no es una orquesta. Acá no hay directores. Acá todos proponemos activamente. Sos igual de importante que tus compañeros. Olvidate de las jerarquías. ¡No esperes que te digan que hacer! ¡Tomá vos las riendas de tu música!-
No se si el discurso de la señora Oleo había tenido algo que ver. Pero a partir de allí, durante los ensayos posteriores, Valen se mostró algo hosca con todos. Y no era raro oírle soltar comentarios irónicos.
Quizás la situación me hubiese preocupado más, si no fuese por el incidente de la semana siguiente.
Cuando entramos en el salón de ensayos, cuatro cantantes chinos y tres instrumentistas, Stanis nos esperaba sentado, con los brazos cruzados.
Se trataba de un hombre calvo, de estatura considerable, aunque muy delgado. La piel de las mejillas se estiraba cuando hablaba, como si se tratase de un cadáver dejado al sol.
- Señores- nos saludó, alejándose unos pasos para sacar un viejo violoncello de su estuche.
Ocupamos nuestros lugares, mientras Stanis nos observaba sin decir nada. La atmósfera tensa ya se había establecido. Cuando todo estuvo listo, se estiró sin soltar el instrumento, mirando las partituras sobre el atril del piano. Asintió con la cabeza y volvió a sentarse.
Todos nos miramos durante un segundo. Yo asentí con la cabeza y esperé unos segundos hasta estar seguro de que los cantantes estaban separados.
Comenzamos la introducción del primer lied y el hombre levantó una mano al instante, frenando la música.
- No están articulando juntos. Otra vez-.
Volvimos a empezar, nuevamente la mano.
- Piano, un poco más articulado. Cello, observá a tus compañeros. Violín… sonido-
Cuando atacamos por tercera vez no nos detuvo, pero se lo escuchó claramente chasquear la lengua.
Nos permitió continuar hasta el final del primer número. Cuando la música terminó, permaneció sentado sin decir nada.
- ¿Qué edición están tocando, violín?- inquirió. La pregunta me tomó completamente desprevenido. Tuve que admitir que no lo sabía.
- Porque las ligaduras, sinceramente, no funcionan. Probá así la primera frase…- y comenzó a tocar mi parte de la pieza. Quizás el lector no lo sepa, pero el violín y el violoncello tienen técnicas muy diferentes. Y lo que me pedía que hiciese era un poco… digamos… antiviolinistico. Como si una ballena indicase a un pulpo cómo debe nadar.
Aún así lo intenté, con resultados poco satisfactorios.
- Más allá de que puedas seguir mis indicaciones o no- dijo el hombre – Deberías ofrecer un sonido algo más bello. No me gusta nada-
Con un gesto nos pidió que continuásemos. Así fuimos tocando, uno a uno, los diversos números escritos por Beethoven. Al terminar, el violoncelista no había mudado su expresión. Decepción y algo de rabia combatían por un lugar en su rostro.
- Señores, yo diría que este grupo no funciona. ¿No preferirían si lo disolviésemos ya mismo? Puedo escribir a la administración, así los tutores podríamos dedicar nuestro tiempo a aquellos que sí llegarán a tocar en vivo-. El comentario cayó como un balde de agua fría sobre todos nosotros. Al menos sobre los instrumentistas, los cantantes no se vieron particularmente afectados. Nadie dijo nada.
- Muy bien- prosiguió el hombre, luego de unos segundos – Si insisten, pueden seguir intentándolo. Aunque no conmigo. Yo no quiero perder el tiempo-. Tras esto, comenzó a guardar su instrumento.
Sin mediar palabra, todos comenzamos a hacer lo mismo. Los cantantes tomaron rápidamente sus pertenencias y abandonaron la sala en tropel. Stanis volvió a acercarse al grupo.
- No quiero ofender a nadie, señores… pero cuando me llamaron a cubrir estas tutorías y me hablaron de este grupo, yo esperaba un violinista. No se si me explico- comentó, mirándome fijamente. Entendí perfectamente qué quería decir. Mi sonido no calificaba siquiera para el eslabón más bajo de la música. El hombre se rascó una mejilla y prosiguió: - Más allá de eso, este grupo tiene serios problemas en lo musical. No se escuchan. No tocan juntos. No me transmiten absolutamente nada-
- ¡El problema es claramente él!- chilló Valen. La miré sin entender. Y, para mi sorpresa, me señaló con un dedo – Llevamos tres meses de ensayo y no ha mejorado en lo más mínimo. No le interesa, claramente. No se preocupa por mejorar, no tiene responsabilidad ni disciplina-
Me quedé de piedra. Debo admitir que estoy algo acostumbrado a las devoluciones duras de los docentes, pero no esperaba tener que vérmelas también con una colega que se manifestaba tan insatisfecha conmigo. Me pregunté cuánto tiempo venía callándose aquello.
Stanis se encogió de hombros y salió de la sala, dejándonos a los tres a solas.
Miré a mis colegas. Ambos tenían la vista fija en el suelo. Me plantee, por un momento, involucrar al pianista en la discusión. No me interesaba tanto defenderme… pero sí el saber si la opinión era generalizada.
Mientras subía las escaleras hacia mi departamento, no dejaba de pensar en esa doble crítica. Y, sobre todo (yo siempre tan dispuesto al autoanálisis) en porqué me estaba afectando tanto.
Mi mente comenzó a repasar los eventos de las últimas semanas. Sí era verdad que quizás podría estar más preparado… quizás no era todo lo buen músico que debería, a la hora de encarar proyectos de esa seriedad. Me pregunté a dónde me habían llevado todos mis años de formación y las experiencias de los últimos años. ¿Era el profesional que creía ser? ¿O quizás, dada mi edad y las exigencias del mundo de la música, ya estaba llegando tarde a mi propia vida?
Entré a mi departamento y comencé a preparar un poco de mate. No se me ocurría mejor modo de tranquilizarme. Afuera el clima era variable. Habíamos tenido un par de semanas de calor intenso y ahora el invierno parecía haber vuelto para dedicarnos un último cañonazo antes de retirarse definitivamente.
Mientras el agua hervía, intenté desgranar la situación. ¿Qué era lo que realmente me molestaba? Probablemente la diferencia entre opinión objetiva y subjetiva. Valen era libre de opinar que yo no estaba mejorando, sin duda. Pero no estaba dispuesto a aceptar que opinase sobre cuánto me importaba realmente todo aquello.
Y, sin embargo, las dudas volvían a instalarse una y otra vez. Ya no era “joven”, a fin de cuentas. Durante los pocos meses de convivencia con Indira, antes de que por fin lograse encontrar un departamento en las afueras de la ciudad, había reflexionado a menudo sobre aquello. Verla estudiando me hacía entrar en perspectiva de la diferencia de edad y de nivel. Por supuesto, compararme con una joven virtuosa que había dedicado toda su vida, desde sus primeros años, a perfeccionarse en el violín, era algo injusto para con mi propia historia. Y sin embargo…
Continué trabajando con ambos proyectos. El trío contemporáneo era un desafío constante, pero la sinergia del grupo era buena. El pianista era prácticamente un niño, de no más de quince años. Una especie de John Lennon en miniatura, tímido pero de risa fácil. El saxofonista, Morris, era un coloso vestido con ropas de cuero. Su cabello rubio le caía por la espalda y llevaba una barba cuidadosamente recortada. El instrumento parecía pequeño en sus enormes manos. Y, si bien parecía un hombre silencioso, pronto encontramos una compatibilidad al conversar sobre música en los descansos del ensayo. Ambos nos habíamos alegrado cuando nos volvió a llegar una convocatoria al “L’ensemble contemporain”. El dinero no venía mal, la experiencia era interesante… y bueno, este año Mika y Sting volvían a coronar el Festival Sombrío.
El grupo de lieder también había continuado sus ensayos como si nada hubiese ocurrido. Un par de semanas después del incidente, había recibido un mensaje de Valen: “Por mí, podemos hacer borrón y cuenta nueva. Sigamos ensayando”. No supe cómo interpretarlo, por lo que simplemente lo dejé estar. Y, si bien ya no volvimos a ver a Stanis, seguimos trabajando con la señora Oleo, así como con otros dos docentes: Mastropiero, un viejo organista que se especializaba en música antigua y el señor Lazaro, un famoso violinista que había integrado importantes grupos de cámara. Tomando los consejos de todos ellos, la música pronto estuvo preparada para un posible estreno y las primeras invitaciones comenzaron a llegar.
Si bien yo era nuevo en aquél proyecto, sabía que la región se enriquecía mucho de ello: En compenso por el contributo económico que el gobierno de La Paz brindaba a la movida musical, la comunidad podía realizar pedidos formales para que alguna de las formaciones integrase las estaciones concertísticas de la ciudad y la región. Grandes y pequeñas salas de conciertos enviaban sus invitaciones y eso enriquecía la actividad musical para ambas partes. Incluso entes privados y la misma Universidad de La Paz abrían sus puertas a los proyectos camerísticos.
La primera vez que apareció el nombre de Salomón, casi todos a mi alrededor asintieron con la cabeza. Yo volví a sentirme un sapo de otro pozo.
Morris esbozó una de sus misteriosas sonrisas cuando le pregunté quién era aquella figura.
- ¿Salomón? Mirá, podés considerarlo como el mecías de La Paz y toda la región. Dicen que fue un ex combatiente de la guerra de independencia… y que luego tomó su indemnización para construir un imperio textil-
- La guerra fue hace más de ochenta años, Morris. No cierran los números- intervino Louis, sentándose cerca nuestro. – Pero sí, Martín… básicamente es el creador de la empresa textil más importante de la región. Todo cashmere, ropa carísima. Y el tipo la construyó desde cero y luego se hizo edificar una ciudad-
- ¿Cómo “desde cero”?- más gente comenzaba a acercarse, para dar su opinión – Salomón es heredero de una de las familias más poderosas de la ciudad. Y uso esa fortuna para crear su imperio textil. Dicen que hoy rivaliza con Gucci-
- ¡Ninguna herencia! Era hijo de campesinos. Fue así que se le ocurrió un método de esquilado diferente para las ovejas y con eso comenzó a fabricar ropa-
- Yo escuché que era un noble europeo-
- ¿Seguros que no fue un ex combatiente?-
Levanté una mano, para acallar a mis colegas.
- ¿Construyó una ciudad?- pregunté, sin entender.
- Mas bien la reformó… pero sí. Un pequeño pueblo en las colinas, a una hora de La Paz. Compró todo el lugar, desalojó a sus habitantes y construyó un castillo, una iglesia y un teatro. Dicen que no sale de ahí desde entonces-, respondió una violinista de pelo corto y baja estatura. La tenía de vista de los ensayos de otros grupos.
- Claro que sale de ahí, Silvia- intervino alguien más – Es un empresario exitosísimo. Es multimillonario, más poderoso que la familia Byron. Seguramente recorre el mundo haciendo negocios. Pero yo también escuché que desalojó a un pueblo entero y que comenzó a reconstruir el lugar. Nosotros tocamos varias veces ahí, es precioso. Parece un parque de Disney, pero en versión… no sé… Europa medieval-
- No los desalojó. Esas familias aún viven ahí. Pero el hombre es una especie de rey. Hace y deshace como quiere, ahí dentro. De todas formas también es un importante mecenas de la ciudad. La mayoría de las restauraciones que ocurren en la región están pagadas por él-
- Será para evadir impuestos- intervino Morris.
- Quizás…- dijo la chica de pelo corto, encogiéndose de hombros – Pero esta región se caería a pedazos si no fuese por él-
Me abstraje durante un momento de la conversación, que comenzaba a caldearse. Me extrañaba no haber oído nunca sobre aquella misteriosa personalidad. Pero, la verdad sea dicha, aún era un extranjero en aquellas tierras.
Durante varios días, el misterio del señor Salomón ocupó parte de mis pensamientos. Y, cuando nos confirmaron que algunos grupos tocarían en su pequeña ciudad a mediados de abril, mi natural sentido de la curiosidad saltó de alegría.
Si el lector me acompaña, voy a saltearme varias semanas intrascendentes y concluir esta primera parte del capítulo hablándoles de lo que vi cuando llegamos.
Tengo que admitir que el lugar hacía justicia a todas las historias que había oído. Apenas el auto en el que viajábamos tomó una curva, el lugar apareció coronando una colina, entre varios montes.
Nos detuvimos en un estacionamiento, al pie del lugar, y lo primero que vi fue una grandiosa escalera de mármol que subía hasta la punta de la colina. De forma escalonada, varias casas enormes dominaban el panorama, todas construidas con un tipo de piedra color beige. Un par de torres se alzaban por entre las construcciones y el enorme campanario de una iglesia surgía justo en el centro del lugar. Algo más apartado, se veía un pequeño castillo, construido con la misma piedra. Y pido perdón al lector si mi vocabulario no encuentra un término más adecuado… pero aquello era mucho más grande que una casa colonial. Y, para ser sincero, tenía forma de castillo.
Subimos las escaleras lentamente. Al llegar a la cima, una enorme plaza se extendía ante nosotros. Árboles frutales de aspecto saludable salpicaban todo el lugar y varios gatos se paseaban, indolentes, por entre las callejuelas que se abrían entre las construcciones.
Desde allí se podían apreciar los campos y colinas de toda la región. El sol comenzaba a ponerse, bañando la piedra beige de un resplandor dorado. Yo continuaba mirando a mi alrededor, sin poder creer que todo aquello fuese construido por una única persona.
Un suave toque en el brazo me sacó de mis cavilaciones. La muchacha de pelo corto, llamada Silvia, sonreía divertida.
- Siempre causa ese efecto, la primera vez- asintió. Y luego señaló disimuladamente hacia una de las construcciones más altas del lugar. – Y ahí tenés a nuestro anfitrión-.
Levanté la mirada. La figura se veía pequeña, por la distancia. Sin embargo, en un balcón ricamente decorado, se podía ver a un hombre, apoyado sobre la baranda. Parecía estar vestido con un traje impecable, de corte italiano. El humo de un habano se elevada desde una de sus manos, que mantenía cruzadas. No hubiese podido precisar si nos estaba mirando o si solamente contemplaba el horizonte. Pero aquella figura, que parecía salida de una historia de Scott Fitzgerald, sin duda le hacía honor a todas las historias que se contaban sobre él.

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