Capítulo 17 (parte 2): 23 de enero, 2026.
No sé si alguna vez lo mencioné, en el blog. Pero tengo una inexplicable pasión por las alturas y los bordes.
Pasión que provocaba mini-infartos a mi madre, cuando yo era niño.
Y que, de vez en cuando, también escandalizaba a ciertas personas. Como a Wunsch, que salió de la tienda de antigüedades mucho más rápido de lo que yo esperaba.
Nos encontrábamos en el punto más alto de Mareen. El tercer día de ensayos estaba dedicado a las guitarras, que habían llegado la noche anterior. Toda la orquesta había recibido con agrado la noticia de una mañana libre, dividiéndose entre quienes querían salir a conocer la ciudad… y quienes preferían dormir hasta tarde.
Temprano, un pequeño grupo en el que se encontraban mis colegas había tomado el teleférico que subía hasta “Alto Mareen”. Allí, una enorme calle de negocios se extendía, regada de nieve. Al final de la calle, una enorme plaza albergaba la catedral. Y, para mi enorme dicha, también constituía el punto panorámico de la ciudad: la plaza estaba rodeada de un muro de un metro de alto, que permitía ver toda la región. Estábamos a una gran altura y la visión quitaba el aliento.
Pero, por supuesto, a mi no me alcanzó.
Y en seguida vi que, en una de las esquinas de la plaza, se alzaba una formación rocosa, algo más alta que el resto del muro. El problema fue que también vi que mis colegas entraban en una tienda de antigüedades, dejándome solo.
Y, por supuesto, fui a pararme en el borde.
Y por cosa de un minuto, volví a sentirme vivo.
El viento me envolvía con fuerza. El frío intentaba penetrar las capas térmicas de abrigo que llevaba. Mi aliento se arremolinaba, besándome las mejillas. Una región entera de montañas nevadas se extendía ante mí… y una caída de varios cientos de metros se abría a menos de medio paso. La sensación era maravillosa.
Al menos hasta que la voz furiosa de Wunsch, que coronaba mi nombre con un par de insultos, se elevó por encima del viento.
Los ensayos habían comenzado de forma tranquila.
Siempre hay algo profundamente enriquecedor en el intercambio con otros músicos, sin importar qué instrumento toquen.
Cuando los oís tocar, cuando ves cómo piensan un determinado gesto, cuando entendés su propia visión de la música, cuando observás el trabajo automático de sus manos, desgranando notas… y no solo, incluso cuando te hablan de sus comienzos en la música. Cada detalle del intercambio con otras personas te nutre.
Y yo me encontraba en la última silla de la fila de primeros violines, sentado junto a Rafael.
La disposición de la orquesta era extraña, ya que los contrabajos estaban detrás de nosotros. Pero no me podía quejar: era la primera vez que tenía una silla privilegiada, durante un ensayo, para oír aquél primer sustrato armónico. Aquellas notas bajas que a veces pasaban desapercibidas, pero que constituían la base sobre la cual se sustentaba todo nuestro trabajo.
A un par de metros, varias sillas más adelante, una muchacha joven con una larga cola de cabello castaño, se movía con gracilidad. Silvia, en su rol de concertino, había pasado las dos primeras horas del ensayo descubriendo la música junto a nosotros y girándose para ejemplificar lo que el director le pedía. Como un nexo entre la batuta y la orquesta, cada vez que nos miraba y mostraba un determinado gesto, a mí me maravillaba la claridad y simpleza de su técnica. Llevábamos ya dos días ensayando y, luego de un exhaustivo trabajo de parte de la orquesta, el coro de 48 guitarras se había sumado al desafío.
Nunca deja de sorprenderme como, dentro del mundo de la música, el oficio puede ser tan distinto. Era claro que aquellos guitarristas jamás se habían tenido que enfrentar a las indicaciones de un director. O a la exigencia de exigir a su sonido más de lo que la comodidad les dictaba.
La orquesta los tapaba con mucha facilidad y ni siquiera el esfuerzo de casi 50 instrumentos lograba un resultado claro.
Vi al director bajar las manos, con un gesto de frustración.
- Señores, lamento mucho decirlo, pero necesito aún más sonido. Y que me miren. Y que estén atentos a las indicaciones. Y que escuchen a la orquesta. Ya no sé cómo decirlo-
Durante los dos días precedentes, el muchacho se había mostrado voluntarioso y dedicado. Sí, también tenía una veta de gravedad y constante preocupación que lo volvía algo susceptible por momentos… pero entendí rápidamente que sus intenciones eran buenas. Quizás el único problema fuese que había concluido sus estudios en dirección apenas un par de años atrás y que este concierto, como cada oportunidad, podía enriquecer su buen nombre… o condenarlo.
Quizá tampoco hubiese ayudado la presencia del compositor, que había permanecido sentado en una de las sillas del teatro donde ensayábamos, observando atentamente nuestro trabajo.
La primera vez que había caminado hacia la orquesta, con paso inseguro, yo había entendido que sería divertido describirlo en el blog.
El hombre era gris.
Un anciano de casi 80 años, vestido con ropas color ceniza, había avanzado hacia nosotros, sosteniéndose de cuanto tenía a mano. Su rostro delgado tenía una tonalidad gris clara y sus cabellos hacían juego. Jamás había visto a alguien de aspecto tan desgastado. Su entera figura daba la impresión de un juego de ropas viejas y muy usadas. Como si el paso de los siglos y el encierro en un armario hubiesen teñido sus facciones.
El compositor se plantó ante la orquesta, alzó los brazos en un gesto de apreciación y se limitó a murmurar “Mejor imposible. Excelentísimos todos”. Tras lo cual se había girado para volver a su silla… y, tengo que decirlo, terminó en el suelo, luego de tropezar con un cable.
Lo que me lleva al segundo detalle y, quizás, motivo más importante de la incomodidad de nuestro director: nuestro trabajo estaba siendo grabado. Un equipo de técnicos de sonido grababa el ensayo constantemente mientras que varios fotógrafos y un grupo de cámaras tomaban imágenes para un documental. Nuestro trabajo y el concierto final serían emitidos en Nueva York, en marzo.
Pocas horas después, salía de la habitación apresuradamente.
Los días en Mareen eran simples. Me despertaba a las 7 y, aprovechando que mis colegas aún dormían, me duchaba rápidamente y bajaba a desayunar. La sugerencia de Julieta había funcionado a la perfección: Frank hacía un café con leche casi argentino.
A las 10 comenzaba el ensayo matutino, hasta las 13, que salíamos del teatro para almorzar.
El trabajo continuaba de 15 a 18, momento en el que teníamos un par de horas para nosotros… y el día concluía con una cena, a las 20. En esas dos horas solíamos estudiar. Aunque no es fácil cuando varios músicos conviven en una habitación. Rafael y yo lo habíamos resuelto colocando un soporte de goma sobre el puente de nuestros violines para reducir el sonido. Y, la verdad sea dicha, yo me encerraba en el baño para aislarme aún más y poder estudiar en paz.
Quizás al lector le parezca exagerado, pero la práctica diaria es fundamental para el buen desempeño en la música.
Bajé las escaleras, con la mente lejos de mi cuerpo. Pensaba en el concierto del día siguiente, en Indira que el día anterior me había escrito porque la luz del departamento no encendía, en mis padres, en mi país, en el futuro… en todo.
Y por supuesto, como me había ocurrido varias veces, un golpe de frío me devolvió a la realidad. Si no recordaba abrigarme antes de salir, iba a terminar volviendo a La Paz con una pulmonía.
- ¿Cuál es el menú para hoy?- pregunté, sonriendo. Irónico, por supuesto. Llevábamos varios días comiendo pasta y carne. Mi estómago, muy poco acostumbrado a lo que no fuesen harinas, verduras y legumbres, comenzaba a quejarse.
Antonela soltó una breve carcajada, al ver la mirada hastiada que me dedicaba Wunsch. Desde la cocina llegaba el aroma de spaghetti… y probablemente luego algún tipo de carne al horno.
No nos podíamos quejar, por supuesto. El proyecto Raíces nos brindaba alojamiento y comida gratuitos, además del pago por nuestro trabajo. Sin embargo la situación había vuelto imperioso que yo volviese al hostel, luego del segundo día de ensayos, con una enorme bolsa de fruta en las manos.
La mañana del día del concierto se nos había concedido algo más de tiempo para descansar.
El ensayo general había comenzado a las 11. Sin mucho que decir, el director nos había conducido a través de las piezas que integrarían el programa. Luego de un breve agradecimiento, hizo un gesto de asentimiento a los técnicos de sonido… y salió de la sala.
De repente ya no quedaba demasiado que hacer.
Sentí una mano en el hombro. Cuando me giré, Rafael me sonreía con un gesto de franqueza.
- Bro, ¿Te parece si partimos esta tarde luego del concierto?-
- No estaría mal- repuse, mirando como el teatro comenzaba a vaciarse.
- Las chicas están de acuerdo-
Varias horas más tarde, luego de un almuerzo abundante y un apresurado café, nos volvíamos a encontrar ocupando nuestros puestos.
No se cuántas veces hablé en este blog sobre el momento previo a un concierto. El sonido maravilloso de las plateas de un teatro que empiezan a llenarse, como una olla de agua que comienza a hervir. La sensación de hormigueo en las manos y en el estómago, propias de un espíritu que quiere comenzar ya a tocar. El sinfín de rostros de colegas que van y vienen, ultimando detalles. Los instrumentos que afinan en un caos ordenado. No importa en qué lugar del mundo se encuentre uno… la previa de un concierto siempre es igual.
Observé las filas de músicos, con el instrumento listo. Nos encontrábamos delante del escenario, que estaba ocupado íntegramente por los guitarristas.
Un aplauso estalló en la sala. El director acababa de entrar. Nos pusimos de pie y, luego de unos segundos, nos indicó con amabilidad que podíamos sentarnos.
Dediqué un instante a observar a mi alrededor. Las filas de sillas, elevadas como si se tratase de un anfiteatro, estaban casi enteramente ocupadas. En un lugar, casi al final de la sala, divisé al compositor y al organizador, sentados juntos. El “Hombre gris” se inclinaba hacia adelante en su butaca, con una sonrisa emocionada.
Durante un instante que se hizo eterno, agradecí internamente aquella oportunidad. Cuando se devuelve a la vida la música escrita en siglos pasados, el músico realiza una labor casi arqueológica. Se trata de entender el pasado, de recrear los sonidos escritos como si fuesen algo actual. De homenajear a quienes nos precedieron. Sin embargo, cuando se tiene la oportunidad de tocar una obra nueva por primera vez… la sensación es como presenciar un universo que estalla hacia la vida. Cada pieza musical es sagrada. Y el instante en que una pieza cobra vida por primera vez, creo yo, es uno en el que el mundo cobra un poco más de sentido.
Pasión que provocaba mini-infartos a mi madre, cuando yo era niño.
Y que, de vez en cuando, también escandalizaba a ciertas personas. Como a Wunsch, que salió de la tienda de antigüedades mucho más rápido de lo que yo esperaba.
Nos encontrábamos en el punto más alto de Mareen. El tercer día de ensayos estaba dedicado a las guitarras, que habían llegado la noche anterior. Toda la orquesta había recibido con agrado la noticia de una mañana libre, dividiéndose entre quienes querían salir a conocer la ciudad… y quienes preferían dormir hasta tarde.
Temprano, un pequeño grupo en el que se encontraban mis colegas había tomado el teleférico que subía hasta “Alto Mareen”. Allí, una enorme calle de negocios se extendía, regada de nieve. Al final de la calle, una enorme plaza albergaba la catedral. Y, para mi enorme dicha, también constituía el punto panorámico de la ciudad: la plaza estaba rodeada de un muro de un metro de alto, que permitía ver toda la región. Estábamos a una gran altura y la visión quitaba el aliento.
Pero, por supuesto, a mi no me alcanzó.
Y en seguida vi que, en una de las esquinas de la plaza, se alzaba una formación rocosa, algo más alta que el resto del muro. El problema fue que también vi que mis colegas entraban en una tienda de antigüedades, dejándome solo.
Y, por supuesto, fui a pararme en el borde.
Y por cosa de un minuto, volví a sentirme vivo.
El viento me envolvía con fuerza. El frío intentaba penetrar las capas térmicas de abrigo que llevaba. Mi aliento se arremolinaba, besándome las mejillas. Una región entera de montañas nevadas se extendía ante mí… y una caída de varios cientos de metros se abría a menos de medio paso. La sensación era maravillosa.
Al menos hasta que la voz furiosa de Wunsch, que coronaba mi nombre con un par de insultos, se elevó por encima del viento.
Los ensayos habían comenzado de forma tranquila.
Siempre hay algo profundamente enriquecedor en el intercambio con otros músicos, sin importar qué instrumento toquen.
Cuando los oís tocar, cuando ves cómo piensan un determinado gesto, cuando entendés su propia visión de la música, cuando observás el trabajo automático de sus manos, desgranando notas… y no solo, incluso cuando te hablan de sus comienzos en la música. Cada detalle del intercambio con otras personas te nutre.
Y yo me encontraba en la última silla de la fila de primeros violines, sentado junto a Rafael.
La disposición de la orquesta era extraña, ya que los contrabajos estaban detrás de nosotros. Pero no me podía quejar: era la primera vez que tenía una silla privilegiada, durante un ensayo, para oír aquél primer sustrato armónico. Aquellas notas bajas que a veces pasaban desapercibidas, pero que constituían la base sobre la cual se sustentaba todo nuestro trabajo.
A un par de metros, varias sillas más adelante, una muchacha joven con una larga cola de cabello castaño, se movía con gracilidad. Silvia, en su rol de concertino, había pasado las dos primeras horas del ensayo descubriendo la música junto a nosotros y girándose para ejemplificar lo que el director le pedía. Como un nexo entre la batuta y la orquesta, cada vez que nos miraba y mostraba un determinado gesto, a mí me maravillaba la claridad y simpleza de su técnica. Llevábamos ya dos días ensayando y, luego de un exhaustivo trabajo de parte de la orquesta, el coro de 48 guitarras se había sumado al desafío.
Nunca deja de sorprenderme como, dentro del mundo de la música, el oficio puede ser tan distinto. Era claro que aquellos guitarristas jamás se habían tenido que enfrentar a las indicaciones de un director. O a la exigencia de exigir a su sonido más de lo que la comodidad les dictaba.
La orquesta los tapaba con mucha facilidad y ni siquiera el esfuerzo de casi 50 instrumentos lograba un resultado claro.
Vi al director bajar las manos, con un gesto de frustración.
- Señores, lamento mucho decirlo, pero necesito aún más sonido. Y que me miren. Y que estén atentos a las indicaciones. Y que escuchen a la orquesta. Ya no sé cómo decirlo-
Durante los dos días precedentes, el muchacho se había mostrado voluntarioso y dedicado. Sí, también tenía una veta de gravedad y constante preocupación que lo volvía algo susceptible por momentos… pero entendí rápidamente que sus intenciones eran buenas. Quizás el único problema fuese que había concluido sus estudios en dirección apenas un par de años atrás y que este concierto, como cada oportunidad, podía enriquecer su buen nombre… o condenarlo.
Quizá tampoco hubiese ayudado la presencia del compositor, que había permanecido sentado en una de las sillas del teatro donde ensayábamos, observando atentamente nuestro trabajo.
La primera vez que había caminado hacia la orquesta, con paso inseguro, yo había entendido que sería divertido describirlo en el blog.
El hombre era gris.
Un anciano de casi 80 años, vestido con ropas color ceniza, había avanzado hacia nosotros, sosteniéndose de cuanto tenía a mano. Su rostro delgado tenía una tonalidad gris clara y sus cabellos hacían juego. Jamás había visto a alguien de aspecto tan desgastado. Su entera figura daba la impresión de un juego de ropas viejas y muy usadas. Como si el paso de los siglos y el encierro en un armario hubiesen teñido sus facciones.
El compositor se plantó ante la orquesta, alzó los brazos en un gesto de apreciación y se limitó a murmurar “Mejor imposible. Excelentísimos todos”. Tras lo cual se había girado para volver a su silla… y, tengo que decirlo, terminó en el suelo, luego de tropezar con un cable.
Lo que me lleva al segundo detalle y, quizás, motivo más importante de la incomodidad de nuestro director: nuestro trabajo estaba siendo grabado. Un equipo de técnicos de sonido grababa el ensayo constantemente mientras que varios fotógrafos y un grupo de cámaras tomaban imágenes para un documental. Nuestro trabajo y el concierto final serían emitidos en Nueva York, en marzo.
Pocas horas después, salía de la habitación apresuradamente.
Los días en Mareen eran simples. Me despertaba a las 7 y, aprovechando que mis colegas aún dormían, me duchaba rápidamente y bajaba a desayunar. La sugerencia de Julieta había funcionado a la perfección: Frank hacía un café con leche casi argentino.
A las 10 comenzaba el ensayo matutino, hasta las 13, que salíamos del teatro para almorzar.
El trabajo continuaba de 15 a 18, momento en el que teníamos un par de horas para nosotros… y el día concluía con una cena, a las 20. En esas dos horas solíamos estudiar. Aunque no es fácil cuando varios músicos conviven en una habitación. Rafael y yo lo habíamos resuelto colocando un soporte de goma sobre el puente de nuestros violines para reducir el sonido. Y, la verdad sea dicha, yo me encerraba en el baño para aislarme aún más y poder estudiar en paz.
Quizás al lector le parezca exagerado, pero la práctica diaria es fundamental para el buen desempeño en la música.
Bajé las escaleras, con la mente lejos de mi cuerpo. Pensaba en el concierto del día siguiente, en Indira que el día anterior me había escrito porque la luz del departamento no encendía, en mis padres, en mi país, en el futuro… en todo.
Y por supuesto, como me había ocurrido varias veces, un golpe de frío me devolvió a la realidad. Si no recordaba abrigarme antes de salir, iba a terminar volviendo a La Paz con una pulmonía.
- ¿Cuál es el menú para hoy?- pregunté, sonriendo. Irónico, por supuesto. Llevábamos varios días comiendo pasta y carne. Mi estómago, muy poco acostumbrado a lo que no fuesen harinas, verduras y legumbres, comenzaba a quejarse.
Antonela soltó una breve carcajada, al ver la mirada hastiada que me dedicaba Wunsch. Desde la cocina llegaba el aroma de spaghetti… y probablemente luego algún tipo de carne al horno.
No nos podíamos quejar, por supuesto. El proyecto Raíces nos brindaba alojamiento y comida gratuitos, además del pago por nuestro trabajo. Sin embargo la situación había vuelto imperioso que yo volviese al hostel, luego del segundo día de ensayos, con una enorme bolsa de fruta en las manos.
La mañana del día del concierto se nos había concedido algo más de tiempo para descansar.
El ensayo general había comenzado a las 11. Sin mucho que decir, el director nos había conducido a través de las piezas que integrarían el programa. Luego de un breve agradecimiento, hizo un gesto de asentimiento a los técnicos de sonido… y salió de la sala.
De repente ya no quedaba demasiado que hacer.
Sentí una mano en el hombro. Cuando me giré, Rafael me sonreía con un gesto de franqueza.
- Bro, ¿Te parece si partimos esta tarde luego del concierto?-
- No estaría mal- repuse, mirando como el teatro comenzaba a vaciarse.
- Las chicas están de acuerdo-
Varias horas más tarde, luego de un almuerzo abundante y un apresurado café, nos volvíamos a encontrar ocupando nuestros puestos.
No se cuántas veces hablé en este blog sobre el momento previo a un concierto. El sonido maravilloso de las plateas de un teatro que empiezan a llenarse, como una olla de agua que comienza a hervir. La sensación de hormigueo en las manos y en el estómago, propias de un espíritu que quiere comenzar ya a tocar. El sinfín de rostros de colegas que van y vienen, ultimando detalles. Los instrumentos que afinan en un caos ordenado. No importa en qué lugar del mundo se encuentre uno… la previa de un concierto siempre es igual.
Observé las filas de músicos, con el instrumento listo. Nos encontrábamos delante del escenario, que estaba ocupado íntegramente por los guitarristas.
Un aplauso estalló en la sala. El director acababa de entrar. Nos pusimos de pie y, luego de unos segundos, nos indicó con amabilidad que podíamos sentarnos.
Dediqué un instante a observar a mi alrededor. Las filas de sillas, elevadas como si se tratase de un anfiteatro, estaban casi enteramente ocupadas. En un lugar, casi al final de la sala, divisé al compositor y al organizador, sentados juntos. El “Hombre gris” se inclinaba hacia adelante en su butaca, con una sonrisa emocionada.
Durante un instante que se hizo eterno, agradecí internamente aquella oportunidad. Cuando se devuelve a la vida la música escrita en siglos pasados, el músico realiza una labor casi arqueológica. Se trata de entender el pasado, de recrear los sonidos escritos como si fuesen algo actual. De homenajear a quienes nos precedieron. Sin embargo, cuando se tiene la oportunidad de tocar una obra nueva por primera vez… la sensación es como presenciar un universo que estalla hacia la vida. Cada pieza musical es sagrada. Y el instante en que una pieza cobra vida por primera vez, creo yo, es uno en el que el mundo cobra un poco más de sentido.

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