Capítulo 17 (parte 1): 21 de enero, 2026.
Mi teléfono, sobre una foto de Merlina, indica que son las 17:42.
El escenario es una ruta desolada.
Dentro de un auto modelo Ford Fiesta, de patente CFK678, cuatro músicos viajan a una velocidad moderada.
El clima es desastroso. Desde hace casi una hora, una lluvia pesada cae sobre la región, mientras el limpiaparabrisas la combate gallardamente.
Oí a Rafael suspirar, mientras se acomodaba sobre el asiento, sin soltar el volante. La atmósfera distaba de ser tensa… pero a nadie le gusta conducir con tanta lluvia.
Me giré, para observar a dos muchachas que viajaban en el asiento trasero. Ambas de la More Lucky, al igual que nosotros. Wunsch fruncía el ceño. Era de esas personas con un marcado carácter, firme y enérgico, que tienden al fastidio como estado natural en el día a día. Sin embargo, haciendo música juntos, había llegado a apreciarla… aunque intentaba no hacerla enfadar. A su lado, Antonela me devolvió una sonrisa tímida. Si bien ambas mujeres eran parecidas, físicamente (el mismo cabello corto y claro, poca estatura, un rostro amplio y ojos oscuros), su mirada no podía ser más distinta. Antonela, a simple vista, parecía simple y anodina. No hablaba mucho, sonreía como respuesta a la mayoría de las preguntas. Era de esas personas que no destacan.
- ¿Alguien se opone si pongo música?- pregunté, por sobre el ruido de la lluvia.
- Mientras no sea en francés- murmuró Wunsch, mirando por la ventanilla. Recordé que había pasado dos años en Francia y su experiencia no había sido muy positiva.
Miré a Rafael de reojo.
- Por favor, bro. Sacanos de este sopor-. Siempre me llamaba “bro”.
¡Bienhallado, querido lector!
2026, no lo puedo creer. Si pienso que el blog ya tiene 6 años, me parece que el tiempo se me está escurriendo de las manos.
Mi vida en el extranjero sigue… y yo hago lo posible por parodiarla de la forma más sutil.
Y en este momento, me encuentro en el café de un hostal, escribiendo. Hay poca gente, visto que aún no son las 8 de la mañana. El olor a café lo inunda todo y por las ventanas se ve que nieva ligeramente. Pasaron dos días desde la escena de la ruta, pero quiero contar cómo llegamos a esta ciudad, perdida en el mapa de las rutas internacionales.
Mareen es una excepción en la geopolítica de Perú. Los lugareños cuentan de una guerra civil acontecida hace algunos siglos que derivó en la independencia económica y política de un conjunto de ciudades. El clúster urbano continuaba conectado al país… pero mantiene un parlamento independiente y una propia bandera. No me termina de quedar claro hasta qué punto la gestión es independiente. Pero todos estábamos preparados para el control de aduana, cuando llegamos ante las puertas de la ciudad. La organización del proyecto “Raíces” nos había advertido que necesitaríamos una detallada documentación para entrar. Además de una invitación especial y varios certificados que ellos mismos emitieron una semana antes.
¿Y qué hacemos en Mareen, concretamente? No puedo hablar por el resto, pero yo comencé a seguir los consejos de Paulo en cuanto a ampliar mis horizontes musico-laborales.
Llevaba ya algunos meses intentando crecer por fuera de la More Lucky… o de cualquier tipo de proyecto musical que llevase el sello de la familia Byron. La tarea no había sido sencilla, pues la influencia de esta familia en las actividades culturales de La Paz (y, sospechaba, también político-económicas) era amplia.
Cada tanto me enteraba de proyectos en otros puntos del país. No eran trabajos estables, si no convocatorias a músicos que deseasen trabajar durante una temporada o un único concierto. Una semana intensa de ensayos y algunos conciertos hacia el final de la semana. Imaginé que aquello podía comenzar a hacer girar la rueda, si el boca-a-boca empezaba a funcionar a mi favor.
Decidido a aprovechar cada oportunidad, había mandado mails a cuanta convocatoria se abría. A veces la respuesta llamaba a una audición, a veces pedían videos tocando piezas de un cierto período… a veces bastaba con el currículum.
A comienzos de diciembre, entre las numerosas negativas, había recibido un mail del proyecto “Raíces”. Una convocatoria a integrar una orquesta algo atípica en el estado independiente de Mareen. A unas 4 horas de La Paz.
La información era escasa. Curiosamente escasa. Explicaba que, en homenaje a una figura eclesiástica de la ciudad (que se había ocupado especialmente de la educación en los sectores poco pudientes y la asistencia a inmigrantes), un famoso compositor local donaría dos obras para orquesta de cuerdas y “coro de guitarras”. El orgánico preveía una orquesta compuesta por 30 músicos… y 48 guitarras.
“No hay forma de que esto sea legal”, pensé en un arranque de humor.
El mail no ofrecía mucha más información. Solo que debíamos estar allí el 18 de enero, a la tarde, para una cena de bienvenida en donde se nos darían todos los detalles.
El mail contenía algunos adjuntos. Uno con la lista de músicos aceptados (de La Paz, solo Rafael, Wunsch, Antonela y yo) y otro con los contratos legales que debíamos llevar firmados. Finalmente, las partituras a ejecutar.
Intenté un par de infructuosas búsquedas del proyecto, de la orquesta, de los directivos.
No había nada.
Un par de minutos después, una notificación en mi teléfono me comunicaba que los muchachos habían creado un grupo de whatsapp. Unos pocos mensajes bastaron para saber que todos nos encontrábamos en el mismo estado de incertidumbre.
Unos días después, en medio de una tormenta, entrábamos a Mareen.
Dentro, la ciudad parecía construida dentro de una de esas bolas de nieve decorativas. A ambos lados de la calle, enormes casas de dos o tres pisos se extendían, precedidas por jardines perfectamente cuidados. Pinos de varios metros se alzaban a una distancia milimétricamente regular. Y no se veía un alma en las calles.
Cuando llegamos a la dirección que nos habían dado, eran casi las siete. El mail nos convocaba a las ocho. Entramos, cada uno con una pequeña valija y nuestros instrumentos.
El lugar era un hostel. Una enorme barra se extendía luego de la puerta principal. Tras ella, dos escaleras llevaban a las habitaciones y una a un enorme comedor, repleto de mesas.
Nos recibió un hombre enorme. Era corpulento sin llegar a ser obeso. Su cabeza, algo pequeña en relación con su cuerpo, parecía hundirse entre los hombros. Nos dedicó una mirada sombría durante un par de segundos, antes de que su rostro se iluminase con una sonrisa cálida y sencilla.
- Los músicos… supongo- murmuró. Asentimos con la cabeza.
- Excelente- continuó, asintiendo repetidamente. – Yo soy Frank. Si siguen aquél pasillo, pueden hacer el check-in-. Mi mente, siempre pronta a la fantasía, pensaba en un gigantesco coloso hecho de piedra y musgo.
Luego de entregar nuestros pasaportes a una mujer de baja estatura que tomó nuestros datos y nos dio las llaves de nuestras habitaciones, nos dirigimos al comedor. Dentro había ya algunas personas. A lo largo de las paredes se extendían varios estuches de violines, violas y violoncellos. Nos sentamos juntos, mientras el lugar comenzaba a llenarse.
Cuando mi teléfono dio las ocho en punto, unas puertas dobles se abrieron en un rincón del salón. Una fila de camareros entró, llevando enormes bandejas de pasta. Todos parecían versiones más pequeñas de Frank. No eran tan corpulentos, pero su constitución era muy similar. Quizá demasiado similar.
Durante la cena, me dediqué a observar al resto de los músicos que nos rodeaban. No esperaba reconocer a nadie, pero observé que la atmósfera era algo tensa. Bastaron unos pocos minutos de conversación con quienes teníamos alrededor para entender que nadie tenía demasiada información al respecto de aquél proyecto. Todos habíamos enviado un currículum y habíamos recibido un mail que nos indicaba solo el punto de encuentro y que debíamos llegar el domingo a la noche, para empezar a trabajar el lunes, durante toda aquella semana.
Luego de la pasta siguió la carne estofada, un poco de verdura y una ronda de café. Cada intento (mío o de cualquiera de los presentes en la cena) de pedir información a los camareros había resultado inútil. Se limitaban a sonreír y a asentir con la cabeza. Los murmullos de los músicos comenzaban a rozar el tono de la preocupación y el fastidio. Detalle que se acentuó luego del café: llevábamos media hora esperando y aún nadie había llegado para explicarnos nada. Los platos de comida habían desaparecido hacía ya un rato y los camareros no habían vuelto a aparecer. Aquí y allá se oían algunos intentos de conversación, de los grupos que se habían formado en las mesas, pero básicamente nos limitábamos a mirar alrededor, esperando que algo ocurriese. Y los minutos pasaban.
Miré a Wunsch, que comenzaba a verse muy fastidiada.
- Esto es raro. Y no me gusta- comentó.
- Sin duda no es normal- coincidí, mirando hacia las otras mesas. El silencio era total, roto ocasionalmente por alguien que se aclaraba la garganta. Una tensión preocupada se extendía en todo el comedor.
Poco después, cuando la incertidumbre parecía intolerable, una puerta se abrió y entraron tres personas. Un muchacho joven, de anteojos, calvo y con una barba candado, entró sin mirar a nadie, acompañado por un anciano trajeado y el proprio Frank.
Se pararon ante las mesas. Solo el hombretón sonreía, tranquilo. El muchacho fruncía el ceño, con un gesto preocupado… y el anciano nos miraba con una seriedad casi empresarial.
- Bienvenidos todos al proyecto “Raíces”- enunció, con una voz enérgica. Llevaba una barba blanca muy cuidada y unas cejas espesas. Tenía el aspecto de un búho muy severo.
- Si anuncia que mañana comenzamos a jugar a matarnos como en el Juego del Calamar, no me sorprendería- murmuró Wunsch.
- Les agradecemos a todos la presencia y esperamos que la cena haya sido de su agrado. Mañana los ensayos comenzarán a las 9. Tienen la ubicación del teatro en su correo electrónico. Les deseamos un buen descanso y mucha música- continuó, casi como si recitara un discurso. Luego de lo cual, se retiró por la misma puerta por donde había entrado. El muchacho de la barba candado alzó los ojos durante un par de segundos, miró a los comensales y salió también.
Frank comenzó a recoger las tazas del café.
- Bueno- murmuré, mientras nos levantábamos de las sillas en medio de un silencio atroz – Eso fue breve pero intenso-
A la mañana siguiente, fui el primero en despertar. Compartía habitación con Rafael y un contrabajista joven, sin embargo, una rápida mirada a una de las camas junto a la mía me confirmó lo que, por un instante, creí haber soñado: La noche anterior, en mitad de la madrugada, la puerta se había abierto y un muchacho alto de tez negra había entrado con aire distraído. Luego de dejar un estuche de violín en el suelo, se había inclinado sobre mí y, sonriendo con todos los dientes, se había señalado el pecho mientras decía “Emu, encantado”. Yo solo había atinado a sacar una mano de entre las frazadas para saludarlo tímidamente.
Ahora el muchacho dormía profundamente, al igual que mis otros dos colegas.
Bajé las escaleras, ya vestido. Por las ventanas del café se veía una mañana de neblina densa. Apenas se divisaban las casas al otro lado de la calle. Algún solitario copo de nieve caía, pero en su mayoría parecía una llovizna ligera.
Me acerqué a Frank, que me sonreía bondadosamente desde la barra.
- Si te pido café con leche… ¿Cómo lo prepararías?- le pregunté, con una media sonrisa. Siempre había sido difícil encontrar el típico “café con leche” argentino en el extranjero.
- Lo que tienes que hacer- respondió una voz vibrante con un marcado acento español – es pedir “café americano largo, con un poco de leche”-.
Ambos nos giramos. Una muchacha de tez morena y nariz aguileña bajaba por la escalera. Me recordaba ligeramente a la actriz Alba Flores, aunque su energía era más simpática… y decididamente más activa. La observé bajar los escalones de dos en dos, como una liebre que corre por el prado. Con un gesto ágil se subió al taburete junto al mío, junto las manos sobre la barra y sonrió a Frank como si se conociesen de toda la vida.
- Entonces un americano largo con leche para el argentino… y otro para mí. Y pan con manteca. Y quizás algo de mermelada. Y nos traes algo dulce, que tenemos un ensayo larguísimo-.
Yo la observaba divertido. Era imposible no sentir simpatía por su modo jovial y confiado de hablar. Se giró para mirarme, sin perder la sonrisa, y me extendió una mano.
- Y ya que el acento nos delata y ya sabemos de donde somos… solo nos queda aclarar que yo soy Julieta. ¿Y tu?-
- Martín- reí, estrechándole la mano.
- Pues Martín, ya que te acabo de salvar la vida con tu desayuno, háblame de ti. Vamos, cuéntame cositas-
Pasamos una hora conversando, mientras disfrutábamos de un desayuno abundante.
De a poco el café se iba llenando. Algunos de los músicos bajaban ya con el estuche de su instrumento en mano. Observé que algunos grupos se formaban espontáneamente, aunque tantos otros eran simplemente personas que venían de la misma ciudad o el mismo país.
Se oían acentos muy diversos. Era claro que gran parte de la orquesta la integraban extranjeros. Mi curiosidad natural saltaba, feliz. Después de un rato se nos había unido un muchacho de gafas y rostro cuadrado, oriundo de Italia. Su sonrisa era tranquila y sincera. Se integró en la conversación sin problemas. Diferente de una chica de Luxemburgo que se limitó a sorber su café, emitiendo solo unos pocos comentarios. Tenía un marcado acento francés.
La charla era fluida. Yo me interesé particularmente por la historia de vida y los comienzos en la música de cada uno de ellos. Como sospechaba, no solo mis compañeros de desayuno, si no también la mayor parte de aquellos músicos había tenido un comienzo tradicional:
“Empecé a los 5 años, estudiando en una academia. Luego, en edad escolar, me sugirieron tomar clases con un profesor privado, quien me presentó a maestros extranjeros y orquestas de la zona. Ahora viajo una vez por mes para estudiar con este tipo importantísimo e integro esta otra orquesta de renombre”. Grandes historias. Grandes carreras musicales. Una vida dedicada al instrumento y un futuro prometedor.
Me pregunté, como tantas otras veces, qué hacía yo entre toda aquella gente.
Mi historia había comenzado tarde (había empezado a estudiar violín promediando el liceo) y mi currículum era decididamente más corto que el de aquellas personas. Algunos de ellos tenían poco más de la mitad de mi edad y ya habían hecho más de lo que yo soñaba con hacer en toda mi vida.
Recordé brevemente las palabras de un querido maestro de Venezuela con quien había tenido el gusto de estudiar durante un par de años:
“Pues es cierto, mira. Avanzas lento. Lo que a tus colegas les lleva una hora, a ti te lleva dos o tres. Pero tu tienes algo que mucha gente no… y es tu disciplina, voluntad y trabajo duro. El violín nunca te será fácil, pero si continúas esforzándote, no hay motivo por el que no logres cumplir tus metas. Te llevará algo más de tiempo… pero donde muchos se rindan ante las dificultades, tu seguramente logres prevalecer.”
En esos pensamientos estaba, cuando el muchacho de lentes y barba candado bajó por la escalera.
- ¡Señores! Gracias…- comenzó, como una forma educada de pedir silencio. – Como saben, el ensayo comenzará en una hora. Les ruego que se presenten en el teatro con diez minutos de antelación para organizarnos. Yo soy su director y vamos a trabajar juntos durante toda la semana. Nos vemos en breve-. Tras estas palabras, salió por la puerta, con la mirada ligeramente hacia abajo y el ceño fruncido en su constante gesto de preocupación.
Algunos de los músicos comenzaron a levantarse, otros reanudaron su desayuno.
Mientras me apuraba a terminar la tostada que tenía en la mano, oí a Julieta que murmuraba:
- Jolín, ¿Ni un “buenos días”?-
El escenario es una ruta desolada.
Dentro de un auto modelo Ford Fiesta, de patente CFK678, cuatro músicos viajan a una velocidad moderada.
El clima es desastroso. Desde hace casi una hora, una lluvia pesada cae sobre la región, mientras el limpiaparabrisas la combate gallardamente.
Oí a Rafael suspirar, mientras se acomodaba sobre el asiento, sin soltar el volante. La atmósfera distaba de ser tensa… pero a nadie le gusta conducir con tanta lluvia.
Me giré, para observar a dos muchachas que viajaban en el asiento trasero. Ambas de la More Lucky, al igual que nosotros. Wunsch fruncía el ceño. Era de esas personas con un marcado carácter, firme y enérgico, que tienden al fastidio como estado natural en el día a día. Sin embargo, haciendo música juntos, había llegado a apreciarla… aunque intentaba no hacerla enfadar. A su lado, Antonela me devolvió una sonrisa tímida. Si bien ambas mujeres eran parecidas, físicamente (el mismo cabello corto y claro, poca estatura, un rostro amplio y ojos oscuros), su mirada no podía ser más distinta. Antonela, a simple vista, parecía simple y anodina. No hablaba mucho, sonreía como respuesta a la mayoría de las preguntas. Era de esas personas que no destacan.
- ¿Alguien se opone si pongo música?- pregunté, por sobre el ruido de la lluvia.
- Mientras no sea en francés- murmuró Wunsch, mirando por la ventanilla. Recordé que había pasado dos años en Francia y su experiencia no había sido muy positiva.
Miré a Rafael de reojo.
- Por favor, bro. Sacanos de este sopor-. Siempre me llamaba “bro”.
¡Bienhallado, querido lector!
2026, no lo puedo creer. Si pienso que el blog ya tiene 6 años, me parece que el tiempo se me está escurriendo de las manos.
Mi vida en el extranjero sigue… y yo hago lo posible por parodiarla de la forma más sutil.
Y en este momento, me encuentro en el café de un hostal, escribiendo. Hay poca gente, visto que aún no son las 8 de la mañana. El olor a café lo inunda todo y por las ventanas se ve que nieva ligeramente. Pasaron dos días desde la escena de la ruta, pero quiero contar cómo llegamos a esta ciudad, perdida en el mapa de las rutas internacionales.
Mareen es una excepción en la geopolítica de Perú. Los lugareños cuentan de una guerra civil acontecida hace algunos siglos que derivó en la independencia económica y política de un conjunto de ciudades. El clúster urbano continuaba conectado al país… pero mantiene un parlamento independiente y una propia bandera. No me termina de quedar claro hasta qué punto la gestión es independiente. Pero todos estábamos preparados para el control de aduana, cuando llegamos ante las puertas de la ciudad. La organización del proyecto “Raíces” nos había advertido que necesitaríamos una detallada documentación para entrar. Además de una invitación especial y varios certificados que ellos mismos emitieron una semana antes.
¿Y qué hacemos en Mareen, concretamente? No puedo hablar por el resto, pero yo comencé a seguir los consejos de Paulo en cuanto a ampliar mis horizontes musico-laborales.
Llevaba ya algunos meses intentando crecer por fuera de la More Lucky… o de cualquier tipo de proyecto musical que llevase el sello de la familia Byron. La tarea no había sido sencilla, pues la influencia de esta familia en las actividades culturales de La Paz (y, sospechaba, también político-económicas) era amplia.
Cada tanto me enteraba de proyectos en otros puntos del país. No eran trabajos estables, si no convocatorias a músicos que deseasen trabajar durante una temporada o un único concierto. Una semana intensa de ensayos y algunos conciertos hacia el final de la semana. Imaginé que aquello podía comenzar a hacer girar la rueda, si el boca-a-boca empezaba a funcionar a mi favor.
Decidido a aprovechar cada oportunidad, había mandado mails a cuanta convocatoria se abría. A veces la respuesta llamaba a una audición, a veces pedían videos tocando piezas de un cierto período… a veces bastaba con el currículum.
A comienzos de diciembre, entre las numerosas negativas, había recibido un mail del proyecto “Raíces”. Una convocatoria a integrar una orquesta algo atípica en el estado independiente de Mareen. A unas 4 horas de La Paz.
La información era escasa. Curiosamente escasa. Explicaba que, en homenaje a una figura eclesiástica de la ciudad (que se había ocupado especialmente de la educación en los sectores poco pudientes y la asistencia a inmigrantes), un famoso compositor local donaría dos obras para orquesta de cuerdas y “coro de guitarras”. El orgánico preveía una orquesta compuesta por 30 músicos… y 48 guitarras.
“No hay forma de que esto sea legal”, pensé en un arranque de humor.
El mail no ofrecía mucha más información. Solo que debíamos estar allí el 18 de enero, a la tarde, para una cena de bienvenida en donde se nos darían todos los detalles.
El mail contenía algunos adjuntos. Uno con la lista de músicos aceptados (de La Paz, solo Rafael, Wunsch, Antonela y yo) y otro con los contratos legales que debíamos llevar firmados. Finalmente, las partituras a ejecutar.
Intenté un par de infructuosas búsquedas del proyecto, de la orquesta, de los directivos.
No había nada.
Un par de minutos después, una notificación en mi teléfono me comunicaba que los muchachos habían creado un grupo de whatsapp. Unos pocos mensajes bastaron para saber que todos nos encontrábamos en el mismo estado de incertidumbre.
Unos días después, en medio de una tormenta, entrábamos a Mareen.
Dentro, la ciudad parecía construida dentro de una de esas bolas de nieve decorativas. A ambos lados de la calle, enormes casas de dos o tres pisos se extendían, precedidas por jardines perfectamente cuidados. Pinos de varios metros se alzaban a una distancia milimétricamente regular. Y no se veía un alma en las calles.
Cuando llegamos a la dirección que nos habían dado, eran casi las siete. El mail nos convocaba a las ocho. Entramos, cada uno con una pequeña valija y nuestros instrumentos.
El lugar era un hostel. Una enorme barra se extendía luego de la puerta principal. Tras ella, dos escaleras llevaban a las habitaciones y una a un enorme comedor, repleto de mesas.
Nos recibió un hombre enorme. Era corpulento sin llegar a ser obeso. Su cabeza, algo pequeña en relación con su cuerpo, parecía hundirse entre los hombros. Nos dedicó una mirada sombría durante un par de segundos, antes de que su rostro se iluminase con una sonrisa cálida y sencilla.
- Los músicos… supongo- murmuró. Asentimos con la cabeza.
- Excelente- continuó, asintiendo repetidamente. – Yo soy Frank. Si siguen aquél pasillo, pueden hacer el check-in-. Mi mente, siempre pronta a la fantasía, pensaba en un gigantesco coloso hecho de piedra y musgo.
Luego de entregar nuestros pasaportes a una mujer de baja estatura que tomó nuestros datos y nos dio las llaves de nuestras habitaciones, nos dirigimos al comedor. Dentro había ya algunas personas. A lo largo de las paredes se extendían varios estuches de violines, violas y violoncellos. Nos sentamos juntos, mientras el lugar comenzaba a llenarse.
Cuando mi teléfono dio las ocho en punto, unas puertas dobles se abrieron en un rincón del salón. Una fila de camareros entró, llevando enormes bandejas de pasta. Todos parecían versiones más pequeñas de Frank. No eran tan corpulentos, pero su constitución era muy similar. Quizá demasiado similar.
Durante la cena, me dediqué a observar al resto de los músicos que nos rodeaban. No esperaba reconocer a nadie, pero observé que la atmósfera era algo tensa. Bastaron unos pocos minutos de conversación con quienes teníamos alrededor para entender que nadie tenía demasiada información al respecto de aquél proyecto. Todos habíamos enviado un currículum y habíamos recibido un mail que nos indicaba solo el punto de encuentro y que debíamos llegar el domingo a la noche, para empezar a trabajar el lunes, durante toda aquella semana.
Luego de la pasta siguió la carne estofada, un poco de verdura y una ronda de café. Cada intento (mío o de cualquiera de los presentes en la cena) de pedir información a los camareros había resultado inútil. Se limitaban a sonreír y a asentir con la cabeza. Los murmullos de los músicos comenzaban a rozar el tono de la preocupación y el fastidio. Detalle que se acentuó luego del café: llevábamos media hora esperando y aún nadie había llegado para explicarnos nada. Los platos de comida habían desaparecido hacía ya un rato y los camareros no habían vuelto a aparecer. Aquí y allá se oían algunos intentos de conversación, de los grupos que se habían formado en las mesas, pero básicamente nos limitábamos a mirar alrededor, esperando que algo ocurriese. Y los minutos pasaban.
Miré a Wunsch, que comenzaba a verse muy fastidiada.
- Esto es raro. Y no me gusta- comentó.
- Sin duda no es normal- coincidí, mirando hacia las otras mesas. El silencio era total, roto ocasionalmente por alguien que se aclaraba la garganta. Una tensión preocupada se extendía en todo el comedor.
Poco después, cuando la incertidumbre parecía intolerable, una puerta se abrió y entraron tres personas. Un muchacho joven, de anteojos, calvo y con una barba candado, entró sin mirar a nadie, acompañado por un anciano trajeado y el proprio Frank.
Se pararon ante las mesas. Solo el hombretón sonreía, tranquilo. El muchacho fruncía el ceño, con un gesto preocupado… y el anciano nos miraba con una seriedad casi empresarial.
- Bienvenidos todos al proyecto “Raíces”- enunció, con una voz enérgica. Llevaba una barba blanca muy cuidada y unas cejas espesas. Tenía el aspecto de un búho muy severo.
- Si anuncia que mañana comenzamos a jugar a matarnos como en el Juego del Calamar, no me sorprendería- murmuró Wunsch.
- Les agradecemos a todos la presencia y esperamos que la cena haya sido de su agrado. Mañana los ensayos comenzarán a las 9. Tienen la ubicación del teatro en su correo electrónico. Les deseamos un buen descanso y mucha música- continuó, casi como si recitara un discurso. Luego de lo cual, se retiró por la misma puerta por donde había entrado. El muchacho de la barba candado alzó los ojos durante un par de segundos, miró a los comensales y salió también.
Frank comenzó a recoger las tazas del café.
- Bueno- murmuré, mientras nos levantábamos de las sillas en medio de un silencio atroz – Eso fue breve pero intenso-
A la mañana siguiente, fui el primero en despertar. Compartía habitación con Rafael y un contrabajista joven, sin embargo, una rápida mirada a una de las camas junto a la mía me confirmó lo que, por un instante, creí haber soñado: La noche anterior, en mitad de la madrugada, la puerta se había abierto y un muchacho alto de tez negra había entrado con aire distraído. Luego de dejar un estuche de violín en el suelo, se había inclinado sobre mí y, sonriendo con todos los dientes, se había señalado el pecho mientras decía “Emu, encantado”. Yo solo había atinado a sacar una mano de entre las frazadas para saludarlo tímidamente.
Ahora el muchacho dormía profundamente, al igual que mis otros dos colegas.
Bajé las escaleras, ya vestido. Por las ventanas del café se veía una mañana de neblina densa. Apenas se divisaban las casas al otro lado de la calle. Algún solitario copo de nieve caía, pero en su mayoría parecía una llovizna ligera.
Me acerqué a Frank, que me sonreía bondadosamente desde la barra.
- Si te pido café con leche… ¿Cómo lo prepararías?- le pregunté, con una media sonrisa. Siempre había sido difícil encontrar el típico “café con leche” argentino en el extranjero.
- Lo que tienes que hacer- respondió una voz vibrante con un marcado acento español – es pedir “café americano largo, con un poco de leche”-.
Ambos nos giramos. Una muchacha de tez morena y nariz aguileña bajaba por la escalera. Me recordaba ligeramente a la actriz Alba Flores, aunque su energía era más simpática… y decididamente más activa. La observé bajar los escalones de dos en dos, como una liebre que corre por el prado. Con un gesto ágil se subió al taburete junto al mío, junto las manos sobre la barra y sonrió a Frank como si se conociesen de toda la vida.
- Entonces un americano largo con leche para el argentino… y otro para mí. Y pan con manteca. Y quizás algo de mermelada. Y nos traes algo dulce, que tenemos un ensayo larguísimo-.
Yo la observaba divertido. Era imposible no sentir simpatía por su modo jovial y confiado de hablar. Se giró para mirarme, sin perder la sonrisa, y me extendió una mano.
- Y ya que el acento nos delata y ya sabemos de donde somos… solo nos queda aclarar que yo soy Julieta. ¿Y tu?-
- Martín- reí, estrechándole la mano.
- Pues Martín, ya que te acabo de salvar la vida con tu desayuno, háblame de ti. Vamos, cuéntame cositas-
Pasamos una hora conversando, mientras disfrutábamos de un desayuno abundante.
De a poco el café se iba llenando. Algunos de los músicos bajaban ya con el estuche de su instrumento en mano. Observé que algunos grupos se formaban espontáneamente, aunque tantos otros eran simplemente personas que venían de la misma ciudad o el mismo país.
Se oían acentos muy diversos. Era claro que gran parte de la orquesta la integraban extranjeros. Mi curiosidad natural saltaba, feliz. Después de un rato se nos había unido un muchacho de gafas y rostro cuadrado, oriundo de Italia. Su sonrisa era tranquila y sincera. Se integró en la conversación sin problemas. Diferente de una chica de Luxemburgo que se limitó a sorber su café, emitiendo solo unos pocos comentarios. Tenía un marcado acento francés.
La charla era fluida. Yo me interesé particularmente por la historia de vida y los comienzos en la música de cada uno de ellos. Como sospechaba, no solo mis compañeros de desayuno, si no también la mayor parte de aquellos músicos había tenido un comienzo tradicional:
“Empecé a los 5 años, estudiando en una academia. Luego, en edad escolar, me sugirieron tomar clases con un profesor privado, quien me presentó a maestros extranjeros y orquestas de la zona. Ahora viajo una vez por mes para estudiar con este tipo importantísimo e integro esta otra orquesta de renombre”. Grandes historias. Grandes carreras musicales. Una vida dedicada al instrumento y un futuro prometedor.
Me pregunté, como tantas otras veces, qué hacía yo entre toda aquella gente.
Mi historia había comenzado tarde (había empezado a estudiar violín promediando el liceo) y mi currículum era decididamente más corto que el de aquellas personas. Algunos de ellos tenían poco más de la mitad de mi edad y ya habían hecho más de lo que yo soñaba con hacer en toda mi vida.
Recordé brevemente las palabras de un querido maestro de Venezuela con quien había tenido el gusto de estudiar durante un par de años:
“Pues es cierto, mira. Avanzas lento. Lo que a tus colegas les lleva una hora, a ti te lleva dos o tres. Pero tu tienes algo que mucha gente no… y es tu disciplina, voluntad y trabajo duro. El violín nunca te será fácil, pero si continúas esforzándote, no hay motivo por el que no logres cumplir tus metas. Te llevará algo más de tiempo… pero donde muchos se rindan ante las dificultades, tu seguramente logres prevalecer.”
En esos pensamientos estaba, cuando el muchacho de lentes y barba candado bajó por la escalera.
- ¡Señores! Gracias…- comenzó, como una forma educada de pedir silencio. – Como saben, el ensayo comenzará en una hora. Les ruego que se presenten en el teatro con diez minutos de antelación para organizarnos. Yo soy su director y vamos a trabajar juntos durante toda la semana. Nos vemos en breve-. Tras estas palabras, salió por la puerta, con la mirada ligeramente hacia abajo y el ceño fruncido en su constante gesto de preocupación.
Algunos de los músicos comenzaron a levantarse, otros reanudaron su desayuno.
Mientras me apuraba a terminar la tostada que tenía en la mano, oí a Julieta que murmuraba:
- Jolín, ¿Ni un “buenos días”?-
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