Capítulo 11: 27 de julio, 2024.
La Paz es la gigantesca urbe en donde, hace ya varios años, transcurren las andanzas de este blog.
En sus calles seguramente se entrelazan miles de historias. Historias de gente común que vive de a un día a la vez. Historias dulces o amargas como el sueño de un guionista caprichoso, que tira los dados constantemente hasta dar con algún resultado interesante. Historias que ocupan el tiempo y el espacio entre un evento relevante y el siguiente. La vida, en fin… que es eso que ocurre cuando la gente vive cada uno de sus días, sin saltarse ninguno.
Como en toda ciudad capital o de una cierta importancia, La Paz se encuentra dividida en varias zonas. Podríamos llamarlos “barrios”, pero la organización demográfica no es tan ordenada.
Alrededor del centro, una hermosa zona en donde los rostros e historias hablan de oportunidades y de futuros prometedores, se extienden los barrios residenciales. La mayoría de las personas que viven en ellos, se dedican a trabajar en el centro mismo o en las afueras de la ciudad, una zona algo alejada de la urbe en la que se encuentran los campos y fábricas que producen todo lo que hace falta para una vida cómoda en el siglo XXI.
Entre el límite exterior de esta zona residencial y el comienzo de los primeros campos cultivados o las fábricas que tosen humo día y noche, se extienden algunos kilómetros de ruta. Como un entramado de alambres que conectan al núcleo urbano con sus extremidades laborales. Es en estas enormes extensiones de ruta vacía en donde se encuentran desparramados, a modo caprichoso, algunos pequeños barrios. Seguramente fuera de cualquier tipo de planificación urbana. Simplemente se construyeron casas allí y la zona se fue poblando.
En uno de estos tantos apéndices se encuentra el barrio Ernesto Guevara. Si bien, como tantos otros barrios aislados, resulta algo descuidado y rústico, la vida allí es cómoda. Simplemente hay que recordar los horarios de autobús para ir a comprar los víveres.
Muy lejanos de esta realidad, como ocurre por desgracia en cualquier urbe más o menos grande, se encuentran los suburbios: “Apéndices enfermos”, como los llamó alguna vez el intendente de La Paz. Zonas que existen fuera de la realidad socioeconómica de la ciudad y su periferia. Zonas casi invisibles a las que nadie se acerca. Burbujas desteñidas en donde no llega la luz del sol o la música.
Uno de estos asentamientos se encuentra a media hora a pie del barrio Guevara. Luego de unos pocos kilómetros de ruta, un enorme cartel descascarado da la bienvenida a los improbables visitantes. En el planchón de metal oxidado, sostenido por dos enormes postes clavados en la tierra, se lee “Fuentevieja”.
El lector puede agregar imaginariamente dos o tres de esos horrendo pajarracos negros, parados sobre el cartel. Si el barrio Guevara es su territorio de caza, en Fuentevieja directamente son los capataces.
Ante este cartel me encontraba yo, un sábado a las 15:30.
La búsqueda de departamento había resultado infructuosa. Y frustrante.
Había escuchado de todo: Algunos propietarios dejaban entrever que jamás le alquilarían a un extranjero, otros desconfiaban del hecho de que yo fuese músico y docente, otros insistían en que era fundamental poder conocer a mis padres (como si yo fuese un adolescente). Muchas veces se me pedían referencias en la ciudad o garantes. Alguien relevante que me conociese o que pudiese responder por mí. A veces incluso insistían en que solo alquilaban a mujeres jóvenes o a estudiantes de las facultades de medicina o abogacía.
Y esto es solo por mencionar a quienes alquilaban de forma particular, las agencias inmobiliarias no habían querido siquiera mostrarme el catálogo. Les bastaba saber que había vivido en el barrio Guevara como para imaginarse la historia. Y evidentemente esa historia me convertía en alguien con quien las agencias no querían relacionarse.
Luego de algunas semanas y de muchos departamentos visitados, había terminado por rendirme y aceptar la oferta de un amigo de Silvia. El hombre, con quien había tenido una breve conversación telefónica, me había ofrecido el alquiler de un pequeño departamento en Fuentevieja. La simple mención de ese nombre me hizo querer terminar la llamada allí mismo… pero supuse que no tenía nada que perder. Había vivido en lugares peores, al comienzo de mi viaje.
Unos días después, un sábado 17 de agosto, entraba al barrio.
La atmósfera parecía salida de algún tipo de novela distópica: tras el destartalado cartel de bienvenida, la ruta comenzaba a dividirse en varias calles, entre las cuales se extendían casas y terrenos baldíos. Supuse que, si continuaba caminando, vería cada vez más construcciones. En las afueras del barrio, sin embargo, había muchos espacios vacíos. Los terrenos eran extensiones de tierra apisonada, con un poco de hierba seca y algo de basura. Lo típico, varias bolsas anónimas y alguna que otra botella.
Continué caminando, atento a los carteles de las esquinas. Buscaba la calle 33.
Luego de algunos minutos, llegué hasta un almacén de alimentos. Dentro se sentía un olor penetrante y metálico, como a óxido. Pensé que, con la excusa de comprar algo de agua, podría pedir indicaciones. Dentro del local se veían anaqueles de supermercado con una variedad de frutas y de raíces que no reconocí. Del otro lado se extendía una enorme colección de latas de alimentos, escritas en lo que parecía grafía árabe. Por los dibujos adiviné que se trataba de conservas de todo tipo: tomates, dátiles, higos, duraznos, etc. Al fondo, uno de esas heladeras-mostrador exponía unos pocos cortes de carne de un color gris poco apetitoso. Arriba del mostrador habían varias libretas abiertas y una caja registradora, detrás de la cual me observaba fijamente un hombre de tez morena. Varios surcos y arrugas se extendían desde un par de ojos recelosos.
- Perdón, no lo había visto- dije, acercándome.
El hombre no respondió. Puse rápidamente una botella de agua y una bolsa de plástico de frutos secos sobre el mostrador. El anciano, que podía haber sido árabe o hindú, asintió con la cabeza y puso todo en una bolsa. Pagué y le agradecí con una sonrisa, que no tuvo respuesta.
- Estoy buscando la calle 33… no sé si…- e hice un gesto ambiguo hacia la puerta.
- Pregunte afuera- respondió, con una voz áspera y cansada.
Me di vuelta y me fijé en tres muchachos de tez negra, que no había visto antes. Estaban parados de lado de afuera, bromeando entre ellos.
Agradecí al anciano y me dirigí rápidamente afuera del local, para repetir mi pregunta. De cerca noté que eran algo más altos que yo, de complexión atlética y fornida. Para simplificarlo: eran enormes. Uno de los muchachos se volteó, sin mudar su sonrisa y me dio algunas indicaciones poco precisas. Sin embargo era mejor que nada.
Deambulé un rato más por las calles, contento de haber llegado con algo de tiempo. La cita con el amigo de Silvia era a las 16 y yo aún no encontraba el sitio. Mientras me acercaba a la calle 33, era testigo de una pluralidad étnica y social como jamás había visto: Gente con ojos rasgados, de tez muy pálida o algo más morena, que iban y venían, siempre con prisa, algunos llevando cajas de un lugar a otro. Familias enteras de alguna zona de África, que charlaban ruidosamente, exhibiendo atuendos ligeros y muy coloridos. Mujeres romaníes, siempre en grupos de dos o tres, con alguna botella en la mano de la que bebían mientras caminaban sin prisa. Hombres de aspecto persa, siempre con algún gorro sobre la cabeza y bigotes gruesos. Incluso me pareció ver un grupo de sujetos altos con turbantes y unas largas túnicas blancas, aunque giraron una esquina antes de que pudiese fijarme bien.
Todo el mundo allí parecía encontrarse muy ocupado o en medio de alguna celebración comunitaria. El barrio se dividía entre quienes caminaban con mucha prisa y aquellos que se reunían en grupos, siempre en medio de un gran jolgorio. La único que me hubiese faltado era un poco de música. Poder caminar aquellas calles escuchando los sonidos de tantas culturas distintas hubiese sido un sueño.
Sobre las calles en sí, el aspecto también variaba de forma muy brusca. Un minuto podía estar caminando junto a una fila de casas de aspecto humilde, pero pulcro… y al siguiente encontrarme en una calle llena de baches, a lo largo de la cual se extendían chozas cuya puerta era una simple cortina. Y no faltaba algún animal en estado lamentable, que buscaba comida en los rincones.
Finalmente llegué a la calle 33. Se abría desde una de las avenidas principales, que pasaban por detrás de una vieja estación de tren. Distinguí a un hombre de traje, que observaba un reloj sin dejar de mirar a su alrededor. Me imaginé que sería el amigo de Silvia.
Tras presentarnos rápidamente, el hombre me condujo con mucha amabilidad hacia el interior de un edificio. Mientras el ascensor subía unos cuantos pisos, me refirió que el barrio estaba creciendo desde hacía varios años y que la zona que rodeaba a la estación de tren era la única en la que se podían ver edificios. “Aunque si esto sigue así, en unos pocos años toda Fuentevieja va a estar llena de edificios, escuelas, supermercados… este lugar está condenado al éxito”, siguió, mientras las puertas del ascensor se abrían. Por lo que había visto en mi recorrido, yo tenía mis serias dudas.
Tras un breve tour por un departamento pequeño, aunque acogedor, señalando todo tipo de detalles que “deberían repararse”, el hombre propuso una cifra mensual absurda. Muy por encima del alquiler de mi anterior departamento, en el barrio Guevara. Prometí pensarlo y ponerme en contacto con él lo antes posible. Volvimos a bajar en el ascensor y nos despedimos afuera del edificio. Él parecía satisfecho, incluso contento. Yo experimentaba una desagradable sensación de derrota. Abatido, me alejé unos metros y me senté en uno de los bancos de la vieja estación de tren.
Allí llevaba unos minutos, sumido en mis pensamientos, intentando encontrar alguna solución a mi problema inmobiliario, cuando alguien se sentó junto a mí. Reconocí la larga pollera de motivos coloridos antes incluso de reconocer a una de las mujeres romaníes que había visto, mientras recorría el barrio.
- Sastipen- me saludó - ¿Es agua lo que llevás ahí?-
Le ofrecí la botella que llevaba en las manos, más por inercia que por verdadera amabilidad. Inmediatamente mi cabeza comenzó a enumerar mis objetos de valor y su ubicación: El teléfono estaba en el bolsillo de mis pantalones, la billetera dentro de mi mochila, la cual se encontraba a mis pies. Las llaves en un bolsillo interno. No me enorgullezco de la practicidad de mis prejuicios, pero mi reacción fue inmediata.
La mujer tomó un largo trago de la botella y me la devolvió, con una mueca.
- Y era agua, sí... ¿No tenés nada mejor?-
- No, lo lamento-
Asintió con la cabeza y miró hacia la estación. Yo la observaba disimuladamente Era difícil determinar si se trataba de una mujer joven o de alguien entrado en años. Su tez morena mostraba los signos de una vida difícil. Llevaba una desgastada remera verde que le iba demasiado corta y una pollera hasta los tobillos, muy colorida. El pelo oscuro, recogido en dos trenzas, se asomaba por debajo de un pañuelo rojo que le cubría la cabeza. Aprecie unos ojos despiertos y atentos, en medio de la expresión general de desdicha que formaban sus facciones.
- ¿De dónde sos?- preguntó sin mirarme.
- Soy extranjero. ¿Vos vivís acá?-
- Pero qué delicado… si ya me di cuenta de que sos argentino. Te vende el acento. ¿Qué hacés tan lejos de casa?-
- La verdad es que estoy buscando dónde vivir- comenté, sin entrar en detalles.
- No sos muy conversador, ¿No?-
Permanecí en silencio.
- ¿Me tenés miedo? Si me acerqué a vos es para conversar un poco con alguien que no sean mis hermanas o mi madre. ¿O pensás que te voy a robar?-
Me apresuré a asegurarle que aquella idea ni siquiera se me había cruzado, pero la mujer me cortó com un chasquido de la lengua. Me echó una mirada rápida.
- El teléfono en el bolsillo izquierdo del pantalón. La billetera no la veo, así que tiene que estar en la mochila, que tiene el cierre hacia la izquierda. Pero relájate, que por hoy ya terminé-
Aquella última afirmación me dejó sin palabras.
- ¿Y qué esperás? Yo también tengo horario laboral, igual que todos. Por hoy ya terminé, así que despreocupate. No voy a quitarte nada-
Se levantó y me ofreció una mano. Me levanté, sin aceptarla. Probablemente me estuviese comportando de un modo desagradable, pero preferí extremar las precauciones.
La mujer sonrió, irónica. Y me hizo un gesto con la cabeza para que la siguiera. Comenzamos a caminar hacia la estación.
- ¿A dónde vamos?- pregunté, con desconfianza.
- Tenés esas manos tan lindas, con la punta de los dedos redondeada. Las uñas cortas, parejas. Sos músico, ¿No?-
Asentí con la cabeza, debatiéndome entre la admiración y la alarma.
- ¿Conocés al violinista que toca en la estación?-
- No… ¿Es un músico callejero?-
- Claro. Hay un corredor subterráneo que conecta la entrada de la estación con los distintos andenes. O al menos era así cuando aún pasaban trenes por Fuentevieja. Ahora solo es un pasaje de entrada y salida al barrio. Él siempre está ahí los fines de semana. No tengo idea de qué hará el resto de los días-
Seguí a la mujer hasta unas escaleras que descendían por debajo de la estación. En seguida me llegaron las notas veloces de un violín, amplificadas por la acústica de un estrecho corredor, cubierto de azulejos resquebrajados. Me imaginé que en su momento había sido muy hermoso.
El muchacho se encontraba en la mitad exacta del pasillo, por lo que era imposible atravesarlo sin pasar por delante suyo. Tocaba una curiosa variación del “Preludio en sol mayor” de Bach. Una pieza que solo había oído para violoncello. La música captó rápidamente mi atención: la cantidad de detalles novedosos y pinceladas personales que agregaba el músico eran muy interesantes.
Cuando llegamos ante él, observé que había un cierto parecido entre nosotros. Llevaba el pelo muy corto, casi rapado, y unos anteojos cuadrados. Su cabeza se recostaba sobre el instrumento, mientras se balanceaba suavemente, al compás de la música. Llevaba puesta una camisa verde a cuadros y unos pantalones anchos, grises.
A los pocos segundos de detenernos ante él, el músico pareció notarnos. Sin dejar de tocar, abrió los ojos y nos sonrió. Cuando vio a la mujer, sin embargo, me pareció que su gesto se enfriaba ligeramente. Unos momentos después, la pieza llegó a su fin con un gran arpegio. Nuestros aplausos sonaron como un caballo cojo, en medio de aquél pasillo.
- Excelente- murmuré, con admiración, sacando unas pocas monedas del bolsillo y dejándolas ante el estuche que se encontraba abierto entre nosotros. Rápidamente la mujer tomó una de las monedas y se la guardó en el bolsillo, sin decir nada. El muchacho frunció ligeramente el ceño, pero no hizo más.
- Elpias, te presento a mi nuevo amigo- dijo la mujer, señalándome. – Amigo, este es el famoso músico de la estación. Yo los dejo para que hablen. Gracias por el dinero para la cerveza, Elpi. Hoy todavía no desayuné-. Y mostrándole la moneda que le había quitado, se fue caminando por el pasillo, silbando una desafinada versión de la pieza que acabábamos de escuchar.
El muchacho soltó un suspiro. Sacó un teléfono de su bolsillo y controló la hora.
Nos miramos un momento, sin saber qué decir.
- Me encantó la variación- le aseguré, para romper el silencio.
- Me estabas mirando las manos- dijo el muchacho, con una media sonrisa. – Las personas que pasan por acá miran dentro del estuche, por lo general. No se porqué. A todos les interesa más el ver cuánta plata hay dentro, que el hecho de tener un violín delante, en vivo. Solo unos pocos miran el instrumento y sonríen. Pero vos me mirabas las manos. ¿Tocás?-
- Excelente deducción- dije, riendo – Sí, también soy violinista-
El chico me extendió su instrumento, con gesto serio. Rápidamente levanté las manos.
- ¡No, por favor! No podría. No estoy acostumbrado a tocar el instrumento de otro músico-
- “Sería como tocar a tu hermana”- recitó Elpias. La frase era famosa en el mundo de la música clásica.
Asentí, sonriendo. El muchacho insistió en su gesto, extendiéndome también el arco. Decidí que seguir negándome hubiese sido una falta de respeto.
Tomé el instrumento en mis manos. Al tacto era algo más áspero y rústico que el mío. Cuando me lo llevé al hombro, en un gesto fluido, lo encontré algo incómodo. Desconocido, ajeno.
Levanté el arco y comencé a tocar cualquier cosa. Una simple improvisación de aquellas que surgían al final de la jornada, en mi departamento, luego de un largo día de estudio. Algo, supongo, de la música escondida que llevo adentro. Que todos llevamos dentro.
El instrumento respondía bien, aunque su sonido era tosco y salvaje. Me gustó oírlo, en mis manos: cada violín tiene su propia personalidad. Sus mañas. Su modo ideal de ser tocados. Incluso su clima ideal. Sacar música de un instrumento de carácter tan fuerte y rebelde era una experiencia muy distinta que cuando tocaba con el mío, cuyo carácter era más amable.
Toqué durante casi un minuto. El muchacho me miraba, con el rostro relajado, mientras asentía cada tanto con la cabeza. Terminé en un punto incierto de la melodía, con una simple nota larga. Al devolverle el violín, la tensión parecía haber desaparecido entre nosotros.
- Gracias- me dijo, aunque no supe si se refería a mi música o al haberle devuelto el violín – Te invitaría una cerveza, pero quisiera seguir tocando un par de horas más-.
- Tranquilo, yo ya me iba. Pero espero verte de nuevo-
- Lo mismo digo, eh… amigo de la gitana-
- Martín- dije y le estreché la mano.
- Martín- repitió, señalándome con la mano en la que sostenía el instrumento.
- ¿Pasa gente por acá? ¿Te escucha alguien?- quise saber.
- Sí, constantemente. Muy pocos se detienen. La mayoría pasa apresuradamente, sin notar que tienen un músico adelante. Sinceramente creo que las personas solo aprecian la música cuando sale de algún parlante. La verdadera música, la música en vivo, está en vías de extinción. Y lo veo en la marea de gente que pasa todos los sábados, sin siquiera mirarme. Solo unos pocos lo hacen y, generalmente, me regalan lo más sagrado que se puede dar a alguien en esta época moderna- dijo, sin agregar más.
Alcé las cejas, esperando que continuase. Por toda respuesta, el chico levantó su dedo pulgar.
- Un like… me regalan un like en vivo. ¿Podés creerlo? Y unos pocos, poquísimos, se detienen a escucharme durante unos segundos. A veces más. ¡No me quejo! Se gana algo de plata y es lindo tener audiencia, de vez en cuando. Sin embargo lo verdaderamente bello es cuando alguien se detiene y realmente te escucha. Aunque solo sea un instante. No importa si luego dejan una moneda… pero te escuchan. Vos seguro que me entendés. Gente con la que uno conecta, durante un momento. Y luego están los peores: los que te toman una foto, sin siquiera detenerse, y siguen. Como si yo fuese un monumento, algo que no puede sentir-
Yo lo dejaba hablar, mientras salpicaba su discurso de breves asentimientos. La verdad es que compartía mucho de la forma en que veía las cosas. Y era evidente que él necesitaba expresarse.
Un par de horas después, volví a mi departamento. Aunque luego de todo lo ocurrido, no lo sentía como algo propio.
Llevaba en mis manos dos paquetes de yerba, que había encontrado en otro mercado en el que me había detenido a comprar algunas verduras para la cena de aquella noche.
Mientras la luz del sol comenzaba a menguar, yo abría el paquete y comenzaba a llenar el mate.
¿Tengo algún lector que no sepa de qué estoy hablando?
El mate es una especie de infusión, muy difundida en Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Chile y el sur de Brasil. O aquello pensaba yo, hasta que el hombre sirio que regenteaba el mercado había respondido a mi cara de sorpresa asegurándome que en algunos países de medio oriente también lo consumen.
No quiero extenderme demasiado, pero básicamente es una infusión a base de hojas y palo de la planta de yerba mate que se introduce dentro de un contenedor (que puede ser de madera, calabaza ahuecada, metal o plástico) y a la cual se le agrega un poco de agua caliente, la suficiente para unos pocos sorbos. Se bebe a través de una bombilla con filtro, para evitar que la hierba pase dentro, y se vuelve a “cebar” (a poner otro poco de agua).
La infusión en sí no es tan importante como toda la vida cultural que gira en torno a ella. Como un querido escritor de mi tierra, Hernan Casciari, escribiese alguna vez: “El mate es lo contrario de la televisión. Te hace pensar cuando estás solo y te hace hablar cuando estás acompañado”.
El mate es un ritual y una tradición. Lo bebemos en cualquier momento del día y es la mejor compañía que se puede pedir, para celebrar alegrías o angustias.
Conseguirlo en el extranjero no había sido sencillo, por lo que yo solo lo bebía unas pocas veces a la semana (contrario a mi vida en Argentina, donde lo bebía varias veces al día).
Aquella tarde, sin embargo, habiendo conseguido dos kilos de yerba, moría de ganas de llegar a casa y pasar un rato agradable con Merlina y mi inseparable mate de madera.
Una vez lo tuve listo, me senté delante de la laptop para controlar correos. Quería saber si alguno de los avisos de alquiler había respondido a mis preguntas. Sin embargo mi mano se detuvo a medio camino hacia el mouse. La verdad era que necesitaba desesperadamente ese momento íntimo conmigo mismo.
Volví a bajar la tapa de la laptop y me quedé sentado, con el mate entre las manos. Una delicada lengua de vapor subía desde adentro, acariciándome la cara. Era como un abrazo de mi madre.
Pensé que en los sucesos de aquella tarde. En el barrio, en sus habitantes, en la mujer gitana, en el músico callejero. Pensé en aquél lugar, en donde se desarrollaban vidas tan diferentes a la mía. Pensé en que necesitaba encontrar un alquiler urgentemente. Pensé, en fin, en que todos estábamos remando en ese inmenso río que compone la vida. Algunos teníamos botes resistentes y remos fuertes… otros apenas flotaban sobre pedazos de madera. Había incluso quien nadaba todo lo bien que podía o quien comenzaba a ahogarse sin remedio. Pensé en la cantidad de vidas que se arremolinaban a mi alrededor y en cuán difícil es suponer un cambio en muchas de ellas, cuando apenas logramos rozarlas antes de que la corriente nos separe.
Un golpe fuerte en la puerta me sacó de mis reflexiones. Había pasado más de media hora sumido en mis pensamientos. Tanto que había olvidado la lección de Marta, que ahora estaba del otro lado de la puerta, golpeando con fuerza.
En sus calles seguramente se entrelazan miles de historias. Historias de gente común que vive de a un día a la vez. Historias dulces o amargas como el sueño de un guionista caprichoso, que tira los dados constantemente hasta dar con algún resultado interesante. Historias que ocupan el tiempo y el espacio entre un evento relevante y el siguiente. La vida, en fin… que es eso que ocurre cuando la gente vive cada uno de sus días, sin saltarse ninguno.
Como en toda ciudad capital o de una cierta importancia, La Paz se encuentra dividida en varias zonas. Podríamos llamarlos “barrios”, pero la organización demográfica no es tan ordenada.
Alrededor del centro, una hermosa zona en donde los rostros e historias hablan de oportunidades y de futuros prometedores, se extienden los barrios residenciales. La mayoría de las personas que viven en ellos, se dedican a trabajar en el centro mismo o en las afueras de la ciudad, una zona algo alejada de la urbe en la que se encuentran los campos y fábricas que producen todo lo que hace falta para una vida cómoda en el siglo XXI.
Entre el límite exterior de esta zona residencial y el comienzo de los primeros campos cultivados o las fábricas que tosen humo día y noche, se extienden algunos kilómetros de ruta. Como un entramado de alambres que conectan al núcleo urbano con sus extremidades laborales. Es en estas enormes extensiones de ruta vacía en donde se encuentran desparramados, a modo caprichoso, algunos pequeños barrios. Seguramente fuera de cualquier tipo de planificación urbana. Simplemente se construyeron casas allí y la zona se fue poblando.
En uno de estos tantos apéndices se encuentra el barrio Ernesto Guevara. Si bien, como tantos otros barrios aislados, resulta algo descuidado y rústico, la vida allí es cómoda. Simplemente hay que recordar los horarios de autobús para ir a comprar los víveres.
Muy lejanos de esta realidad, como ocurre por desgracia en cualquier urbe más o menos grande, se encuentran los suburbios: “Apéndices enfermos”, como los llamó alguna vez el intendente de La Paz. Zonas que existen fuera de la realidad socioeconómica de la ciudad y su periferia. Zonas casi invisibles a las que nadie se acerca. Burbujas desteñidas en donde no llega la luz del sol o la música.
Uno de estos asentamientos se encuentra a media hora a pie del barrio Guevara. Luego de unos pocos kilómetros de ruta, un enorme cartel descascarado da la bienvenida a los improbables visitantes. En el planchón de metal oxidado, sostenido por dos enormes postes clavados en la tierra, se lee “Fuentevieja”.
El lector puede agregar imaginariamente dos o tres de esos horrendo pajarracos negros, parados sobre el cartel. Si el barrio Guevara es su territorio de caza, en Fuentevieja directamente son los capataces.
Ante este cartel me encontraba yo, un sábado a las 15:30.
La búsqueda de departamento había resultado infructuosa. Y frustrante.
Había escuchado de todo: Algunos propietarios dejaban entrever que jamás le alquilarían a un extranjero, otros desconfiaban del hecho de que yo fuese músico y docente, otros insistían en que era fundamental poder conocer a mis padres (como si yo fuese un adolescente). Muchas veces se me pedían referencias en la ciudad o garantes. Alguien relevante que me conociese o que pudiese responder por mí. A veces incluso insistían en que solo alquilaban a mujeres jóvenes o a estudiantes de las facultades de medicina o abogacía.
Y esto es solo por mencionar a quienes alquilaban de forma particular, las agencias inmobiliarias no habían querido siquiera mostrarme el catálogo. Les bastaba saber que había vivido en el barrio Guevara como para imaginarse la historia. Y evidentemente esa historia me convertía en alguien con quien las agencias no querían relacionarse.
Luego de algunas semanas y de muchos departamentos visitados, había terminado por rendirme y aceptar la oferta de un amigo de Silvia. El hombre, con quien había tenido una breve conversación telefónica, me había ofrecido el alquiler de un pequeño departamento en Fuentevieja. La simple mención de ese nombre me hizo querer terminar la llamada allí mismo… pero supuse que no tenía nada que perder. Había vivido en lugares peores, al comienzo de mi viaje.
Unos días después, un sábado 17 de agosto, entraba al barrio.
La atmósfera parecía salida de algún tipo de novela distópica: tras el destartalado cartel de bienvenida, la ruta comenzaba a dividirse en varias calles, entre las cuales se extendían casas y terrenos baldíos. Supuse que, si continuaba caminando, vería cada vez más construcciones. En las afueras del barrio, sin embargo, había muchos espacios vacíos. Los terrenos eran extensiones de tierra apisonada, con un poco de hierba seca y algo de basura. Lo típico, varias bolsas anónimas y alguna que otra botella.
Continué caminando, atento a los carteles de las esquinas. Buscaba la calle 33.
Luego de algunos minutos, llegué hasta un almacén de alimentos. Dentro se sentía un olor penetrante y metálico, como a óxido. Pensé que, con la excusa de comprar algo de agua, podría pedir indicaciones. Dentro del local se veían anaqueles de supermercado con una variedad de frutas y de raíces que no reconocí. Del otro lado se extendía una enorme colección de latas de alimentos, escritas en lo que parecía grafía árabe. Por los dibujos adiviné que se trataba de conservas de todo tipo: tomates, dátiles, higos, duraznos, etc. Al fondo, uno de esas heladeras-mostrador exponía unos pocos cortes de carne de un color gris poco apetitoso. Arriba del mostrador habían varias libretas abiertas y una caja registradora, detrás de la cual me observaba fijamente un hombre de tez morena. Varios surcos y arrugas se extendían desde un par de ojos recelosos.
- Perdón, no lo había visto- dije, acercándome.
El hombre no respondió. Puse rápidamente una botella de agua y una bolsa de plástico de frutos secos sobre el mostrador. El anciano, que podía haber sido árabe o hindú, asintió con la cabeza y puso todo en una bolsa. Pagué y le agradecí con una sonrisa, que no tuvo respuesta.
- Estoy buscando la calle 33… no sé si…- e hice un gesto ambiguo hacia la puerta.
- Pregunte afuera- respondió, con una voz áspera y cansada.
Me di vuelta y me fijé en tres muchachos de tez negra, que no había visto antes. Estaban parados de lado de afuera, bromeando entre ellos.
Agradecí al anciano y me dirigí rápidamente afuera del local, para repetir mi pregunta. De cerca noté que eran algo más altos que yo, de complexión atlética y fornida. Para simplificarlo: eran enormes. Uno de los muchachos se volteó, sin mudar su sonrisa y me dio algunas indicaciones poco precisas. Sin embargo era mejor que nada.
Deambulé un rato más por las calles, contento de haber llegado con algo de tiempo. La cita con el amigo de Silvia era a las 16 y yo aún no encontraba el sitio. Mientras me acercaba a la calle 33, era testigo de una pluralidad étnica y social como jamás había visto: Gente con ojos rasgados, de tez muy pálida o algo más morena, que iban y venían, siempre con prisa, algunos llevando cajas de un lugar a otro. Familias enteras de alguna zona de África, que charlaban ruidosamente, exhibiendo atuendos ligeros y muy coloridos. Mujeres romaníes, siempre en grupos de dos o tres, con alguna botella en la mano de la que bebían mientras caminaban sin prisa. Hombres de aspecto persa, siempre con algún gorro sobre la cabeza y bigotes gruesos. Incluso me pareció ver un grupo de sujetos altos con turbantes y unas largas túnicas blancas, aunque giraron una esquina antes de que pudiese fijarme bien.
Todo el mundo allí parecía encontrarse muy ocupado o en medio de alguna celebración comunitaria. El barrio se dividía entre quienes caminaban con mucha prisa y aquellos que se reunían en grupos, siempre en medio de un gran jolgorio. La único que me hubiese faltado era un poco de música. Poder caminar aquellas calles escuchando los sonidos de tantas culturas distintas hubiese sido un sueño.
Sobre las calles en sí, el aspecto también variaba de forma muy brusca. Un minuto podía estar caminando junto a una fila de casas de aspecto humilde, pero pulcro… y al siguiente encontrarme en una calle llena de baches, a lo largo de la cual se extendían chozas cuya puerta era una simple cortina. Y no faltaba algún animal en estado lamentable, que buscaba comida en los rincones.
Finalmente llegué a la calle 33. Se abría desde una de las avenidas principales, que pasaban por detrás de una vieja estación de tren. Distinguí a un hombre de traje, que observaba un reloj sin dejar de mirar a su alrededor. Me imaginé que sería el amigo de Silvia.
Tras presentarnos rápidamente, el hombre me condujo con mucha amabilidad hacia el interior de un edificio. Mientras el ascensor subía unos cuantos pisos, me refirió que el barrio estaba creciendo desde hacía varios años y que la zona que rodeaba a la estación de tren era la única en la que se podían ver edificios. “Aunque si esto sigue así, en unos pocos años toda Fuentevieja va a estar llena de edificios, escuelas, supermercados… este lugar está condenado al éxito”, siguió, mientras las puertas del ascensor se abrían. Por lo que había visto en mi recorrido, yo tenía mis serias dudas.
Tras un breve tour por un departamento pequeño, aunque acogedor, señalando todo tipo de detalles que “deberían repararse”, el hombre propuso una cifra mensual absurda. Muy por encima del alquiler de mi anterior departamento, en el barrio Guevara. Prometí pensarlo y ponerme en contacto con él lo antes posible. Volvimos a bajar en el ascensor y nos despedimos afuera del edificio. Él parecía satisfecho, incluso contento. Yo experimentaba una desagradable sensación de derrota. Abatido, me alejé unos metros y me senté en uno de los bancos de la vieja estación de tren.
Allí llevaba unos minutos, sumido en mis pensamientos, intentando encontrar alguna solución a mi problema inmobiliario, cuando alguien se sentó junto a mí. Reconocí la larga pollera de motivos coloridos antes incluso de reconocer a una de las mujeres romaníes que había visto, mientras recorría el barrio.
- Sastipen- me saludó - ¿Es agua lo que llevás ahí?-
Le ofrecí la botella que llevaba en las manos, más por inercia que por verdadera amabilidad. Inmediatamente mi cabeza comenzó a enumerar mis objetos de valor y su ubicación: El teléfono estaba en el bolsillo de mis pantalones, la billetera dentro de mi mochila, la cual se encontraba a mis pies. Las llaves en un bolsillo interno. No me enorgullezco de la practicidad de mis prejuicios, pero mi reacción fue inmediata.
La mujer tomó un largo trago de la botella y me la devolvió, con una mueca.
- Y era agua, sí... ¿No tenés nada mejor?-
- No, lo lamento-
Asintió con la cabeza y miró hacia la estación. Yo la observaba disimuladamente Era difícil determinar si se trataba de una mujer joven o de alguien entrado en años. Su tez morena mostraba los signos de una vida difícil. Llevaba una desgastada remera verde que le iba demasiado corta y una pollera hasta los tobillos, muy colorida. El pelo oscuro, recogido en dos trenzas, se asomaba por debajo de un pañuelo rojo que le cubría la cabeza. Aprecie unos ojos despiertos y atentos, en medio de la expresión general de desdicha que formaban sus facciones.
- ¿De dónde sos?- preguntó sin mirarme.
- Soy extranjero. ¿Vos vivís acá?-
- Pero qué delicado… si ya me di cuenta de que sos argentino. Te vende el acento. ¿Qué hacés tan lejos de casa?-
- La verdad es que estoy buscando dónde vivir- comenté, sin entrar en detalles.
- No sos muy conversador, ¿No?-
Permanecí en silencio.
- ¿Me tenés miedo? Si me acerqué a vos es para conversar un poco con alguien que no sean mis hermanas o mi madre. ¿O pensás que te voy a robar?-
Me apresuré a asegurarle que aquella idea ni siquiera se me había cruzado, pero la mujer me cortó com un chasquido de la lengua. Me echó una mirada rápida.
- El teléfono en el bolsillo izquierdo del pantalón. La billetera no la veo, así que tiene que estar en la mochila, que tiene el cierre hacia la izquierda. Pero relájate, que por hoy ya terminé-
Aquella última afirmación me dejó sin palabras.
- ¿Y qué esperás? Yo también tengo horario laboral, igual que todos. Por hoy ya terminé, así que despreocupate. No voy a quitarte nada-
Se levantó y me ofreció una mano. Me levanté, sin aceptarla. Probablemente me estuviese comportando de un modo desagradable, pero preferí extremar las precauciones.
La mujer sonrió, irónica. Y me hizo un gesto con la cabeza para que la siguiera. Comenzamos a caminar hacia la estación.
- ¿A dónde vamos?- pregunté, con desconfianza.
- Tenés esas manos tan lindas, con la punta de los dedos redondeada. Las uñas cortas, parejas. Sos músico, ¿No?-
Asentí con la cabeza, debatiéndome entre la admiración y la alarma.
- ¿Conocés al violinista que toca en la estación?-
- No… ¿Es un músico callejero?-
- Claro. Hay un corredor subterráneo que conecta la entrada de la estación con los distintos andenes. O al menos era así cuando aún pasaban trenes por Fuentevieja. Ahora solo es un pasaje de entrada y salida al barrio. Él siempre está ahí los fines de semana. No tengo idea de qué hará el resto de los días-
Seguí a la mujer hasta unas escaleras que descendían por debajo de la estación. En seguida me llegaron las notas veloces de un violín, amplificadas por la acústica de un estrecho corredor, cubierto de azulejos resquebrajados. Me imaginé que en su momento había sido muy hermoso.
El muchacho se encontraba en la mitad exacta del pasillo, por lo que era imposible atravesarlo sin pasar por delante suyo. Tocaba una curiosa variación del “Preludio en sol mayor” de Bach. Una pieza que solo había oído para violoncello. La música captó rápidamente mi atención: la cantidad de detalles novedosos y pinceladas personales que agregaba el músico eran muy interesantes.
Cuando llegamos ante él, observé que había un cierto parecido entre nosotros. Llevaba el pelo muy corto, casi rapado, y unos anteojos cuadrados. Su cabeza se recostaba sobre el instrumento, mientras se balanceaba suavemente, al compás de la música. Llevaba puesta una camisa verde a cuadros y unos pantalones anchos, grises.
A los pocos segundos de detenernos ante él, el músico pareció notarnos. Sin dejar de tocar, abrió los ojos y nos sonrió. Cuando vio a la mujer, sin embargo, me pareció que su gesto se enfriaba ligeramente. Unos momentos después, la pieza llegó a su fin con un gran arpegio. Nuestros aplausos sonaron como un caballo cojo, en medio de aquél pasillo.
- Excelente- murmuré, con admiración, sacando unas pocas monedas del bolsillo y dejándolas ante el estuche que se encontraba abierto entre nosotros. Rápidamente la mujer tomó una de las monedas y se la guardó en el bolsillo, sin decir nada. El muchacho frunció ligeramente el ceño, pero no hizo más.
- Elpias, te presento a mi nuevo amigo- dijo la mujer, señalándome. – Amigo, este es el famoso músico de la estación. Yo los dejo para que hablen. Gracias por el dinero para la cerveza, Elpi. Hoy todavía no desayuné-. Y mostrándole la moneda que le había quitado, se fue caminando por el pasillo, silbando una desafinada versión de la pieza que acabábamos de escuchar.
El muchacho soltó un suspiro. Sacó un teléfono de su bolsillo y controló la hora.
Nos miramos un momento, sin saber qué decir.
- Me encantó la variación- le aseguré, para romper el silencio.
- Me estabas mirando las manos- dijo el muchacho, con una media sonrisa. – Las personas que pasan por acá miran dentro del estuche, por lo general. No se porqué. A todos les interesa más el ver cuánta plata hay dentro, que el hecho de tener un violín delante, en vivo. Solo unos pocos miran el instrumento y sonríen. Pero vos me mirabas las manos. ¿Tocás?-
- Excelente deducción- dije, riendo – Sí, también soy violinista-
El chico me extendió su instrumento, con gesto serio. Rápidamente levanté las manos.
- ¡No, por favor! No podría. No estoy acostumbrado a tocar el instrumento de otro músico-
- “Sería como tocar a tu hermana”- recitó Elpias. La frase era famosa en el mundo de la música clásica.
Asentí, sonriendo. El muchacho insistió en su gesto, extendiéndome también el arco. Decidí que seguir negándome hubiese sido una falta de respeto.
Tomé el instrumento en mis manos. Al tacto era algo más áspero y rústico que el mío. Cuando me lo llevé al hombro, en un gesto fluido, lo encontré algo incómodo. Desconocido, ajeno.
Levanté el arco y comencé a tocar cualquier cosa. Una simple improvisación de aquellas que surgían al final de la jornada, en mi departamento, luego de un largo día de estudio. Algo, supongo, de la música escondida que llevo adentro. Que todos llevamos dentro.
El instrumento respondía bien, aunque su sonido era tosco y salvaje. Me gustó oírlo, en mis manos: cada violín tiene su propia personalidad. Sus mañas. Su modo ideal de ser tocados. Incluso su clima ideal. Sacar música de un instrumento de carácter tan fuerte y rebelde era una experiencia muy distinta que cuando tocaba con el mío, cuyo carácter era más amable.
Toqué durante casi un minuto. El muchacho me miraba, con el rostro relajado, mientras asentía cada tanto con la cabeza. Terminé en un punto incierto de la melodía, con una simple nota larga. Al devolverle el violín, la tensión parecía haber desaparecido entre nosotros.
- Gracias- me dijo, aunque no supe si se refería a mi música o al haberle devuelto el violín – Te invitaría una cerveza, pero quisiera seguir tocando un par de horas más-.
- Tranquilo, yo ya me iba. Pero espero verte de nuevo-
- Lo mismo digo, eh… amigo de la gitana-
- Martín- dije y le estreché la mano.
- Martín- repitió, señalándome con la mano en la que sostenía el instrumento.
- ¿Pasa gente por acá? ¿Te escucha alguien?- quise saber.
- Sí, constantemente. Muy pocos se detienen. La mayoría pasa apresuradamente, sin notar que tienen un músico adelante. Sinceramente creo que las personas solo aprecian la música cuando sale de algún parlante. La verdadera música, la música en vivo, está en vías de extinción. Y lo veo en la marea de gente que pasa todos los sábados, sin siquiera mirarme. Solo unos pocos lo hacen y, generalmente, me regalan lo más sagrado que se puede dar a alguien en esta época moderna- dijo, sin agregar más.
Alcé las cejas, esperando que continuase. Por toda respuesta, el chico levantó su dedo pulgar.
- Un like… me regalan un like en vivo. ¿Podés creerlo? Y unos pocos, poquísimos, se detienen a escucharme durante unos segundos. A veces más. ¡No me quejo! Se gana algo de plata y es lindo tener audiencia, de vez en cuando. Sin embargo lo verdaderamente bello es cuando alguien se detiene y realmente te escucha. Aunque solo sea un instante. No importa si luego dejan una moneda… pero te escuchan. Vos seguro que me entendés. Gente con la que uno conecta, durante un momento. Y luego están los peores: los que te toman una foto, sin siquiera detenerse, y siguen. Como si yo fuese un monumento, algo que no puede sentir-
Yo lo dejaba hablar, mientras salpicaba su discurso de breves asentimientos. La verdad es que compartía mucho de la forma en que veía las cosas. Y era evidente que él necesitaba expresarse.
Un par de horas después, volví a mi departamento. Aunque luego de todo lo ocurrido, no lo sentía como algo propio.
Llevaba en mis manos dos paquetes de yerba, que había encontrado en otro mercado en el que me había detenido a comprar algunas verduras para la cena de aquella noche.
Mientras la luz del sol comenzaba a menguar, yo abría el paquete y comenzaba a llenar el mate.
¿Tengo algún lector que no sepa de qué estoy hablando?
El mate es una especie de infusión, muy difundida en Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Chile y el sur de Brasil. O aquello pensaba yo, hasta que el hombre sirio que regenteaba el mercado había respondido a mi cara de sorpresa asegurándome que en algunos países de medio oriente también lo consumen.
No quiero extenderme demasiado, pero básicamente es una infusión a base de hojas y palo de la planta de yerba mate que se introduce dentro de un contenedor (que puede ser de madera, calabaza ahuecada, metal o plástico) y a la cual se le agrega un poco de agua caliente, la suficiente para unos pocos sorbos. Se bebe a través de una bombilla con filtro, para evitar que la hierba pase dentro, y se vuelve a “cebar” (a poner otro poco de agua).
La infusión en sí no es tan importante como toda la vida cultural que gira en torno a ella. Como un querido escritor de mi tierra, Hernan Casciari, escribiese alguna vez: “El mate es lo contrario de la televisión. Te hace pensar cuando estás solo y te hace hablar cuando estás acompañado”.
El mate es un ritual y una tradición. Lo bebemos en cualquier momento del día y es la mejor compañía que se puede pedir, para celebrar alegrías o angustias.
Conseguirlo en el extranjero no había sido sencillo, por lo que yo solo lo bebía unas pocas veces a la semana (contrario a mi vida en Argentina, donde lo bebía varias veces al día).
Aquella tarde, sin embargo, habiendo conseguido dos kilos de yerba, moría de ganas de llegar a casa y pasar un rato agradable con Merlina y mi inseparable mate de madera.
Una vez lo tuve listo, me senté delante de la laptop para controlar correos. Quería saber si alguno de los avisos de alquiler había respondido a mis preguntas. Sin embargo mi mano se detuvo a medio camino hacia el mouse. La verdad era que necesitaba desesperadamente ese momento íntimo conmigo mismo.
Volví a bajar la tapa de la laptop y me quedé sentado, con el mate entre las manos. Una delicada lengua de vapor subía desde adentro, acariciándome la cara. Era como un abrazo de mi madre.
Pensé que en los sucesos de aquella tarde. En el barrio, en sus habitantes, en la mujer gitana, en el músico callejero. Pensé en aquél lugar, en donde se desarrollaban vidas tan diferentes a la mía. Pensé en que necesitaba encontrar un alquiler urgentemente. Pensé, en fin, en que todos estábamos remando en ese inmenso río que compone la vida. Algunos teníamos botes resistentes y remos fuertes… otros apenas flotaban sobre pedazos de madera. Había incluso quien nadaba todo lo bien que podía o quien comenzaba a ahogarse sin remedio. Pensé en la cantidad de vidas que se arremolinaban a mi alrededor y en cuán difícil es suponer un cambio en muchas de ellas, cuando apenas logramos rozarlas antes de que la corriente nos separe.
Un golpe fuerte en la puerta me sacó de mis reflexiones. Había pasado más de media hora sumido en mis pensamientos. Tanto que había olvidado la lección de Marta, que ahora estaba del otro lado de la puerta, golpeando con fuerza.
La imaginación me muestra sus imágenes. Todo pensamiento me detiene en una mezcolanza del sentir y de la razón con cosas que son reales e imaginarias por donde mi mundo interior se hace y se transforma un pasatiempo inabarcable...Las calles de Córdoba me llevan a nuevos olores cuando paso por una cafetería, una churrería o una chica perfumada que cruza por mi lado. Se escuchan los escobones de los barrenderos o el batir de alas de las palomas mientas me pierdo en imágenes internas con algo que me llama la atención. La brisa es cálida. Las ventanas de las viviendas están abiertas por la calor y los aires acondicionados lloran gotas de agua por el desagüe. Esta mañana me vuelvo a perder en los colores de las cosas, de los coches, de la ropa de la gente o el color de la mirada cuando alguien me mira de cerca. El azul es mas azul, el rojo mas rojo, el verde mas intenso, el negro, el marrón; todo un arcoiris desfila ante mi mirada como si fuera un espectador de la danza de la vida. Me siento en el parque de los patos. Frente a mi hay una vagabunda que duerme en el jardín o un perro de tres patas que aun camina sin esfuerzo. La fuente pone música a mis sentidos y una chica pasa con su maleta camino de la estación. No se cuando tiempo llevo en la inopia de la nada. Suena mi móvil en el bolsillo como una alarma que me devuelve a la realidad. Me pongo en pie y vuelvo a la marabunta de las avenidas mas pobladas en esta mañana donde mi corazón me habló...
ResponderEliminarQue bonita entrada de alguien que fue y hoy no es nada
EliminarGracias a ambos por la presencia en este blog.
EliminarMartín, gracias por tu comentario en mi blog, lo valoro mucho.
ResponderEliminarTu relato me parece genial, empecé a leerlo hoy a la tarde en el trabajo y ahora lo terminé , sumido en tus reflexiones pasaron tantas vidas, tantas historias y un violín donde pudiste tocar una melodía que nació en tu alma en un pais desconocido por ti.
Me gusta el mate, sola pero mejor con amigos, donde se comparte la vida y los sentimientos.
Es un placer leerte, soy de escribir poco pero lo que escribo lo siento en el alma.
Un abrazo y besos
Un abrazo grande de un mateador a otro! :)
EliminarGracias por tu comentario y por tomarte el tiempo de leer.
Te cuento que el relato está ordenado en capítulos. Si bien cada uno tiene una cierta independencia narrativa, la totalidad representa un viaje en el que llevo los últimos 5 años.
Un abrazo!
Please read my post
ResponderEliminarThanks for your visit. I'll surely do :)
EliminarMartin, gracias por la aclaración, me voy a tener que poner al día con los otros capítulos.
ResponderEliminarAbrazos y besos, que tengas un precioso día
Uy creo que tengo que leer entradas anteriores por lo que veo pero esta me ha gustado.
ResponderEliminarUn beso!
¡Gracias por tu visita!
EliminarSí, yo siempre recomiendo leer desde el primer capítulo (o, en todo caso, desde el capítulo 6... que es donde aparecen los personajes y situaciones que devienen en esto que acabás de leer)
Llego casualmente desde el blog de Maria...y pàra ser sincera no he leído completo el spot que nos has dejado aunque puedo decirte que lo haré porque me ha gustado mucho (solo que ahora me falta tiempo, es interesante y creo que merecerá la pena ir leyendote desde atrás, te felicito, te sigo
EliminarUn abrazo y felicidades
Muchas gracias por el comentario!
EliminarSí, si bien intento que cada capítulo tenga un cierto valor independiente... la realidad es que es una historia conectada en un viaje que lleva ya casi 6 años.
He vuelto para agradecer tus palabras en uno de mis blog, gracias amigo, nos seguimos
ResponderEliminarUn abrazo
Paso Martin a saludarte emfrascarme y darme una buena lección
ResponderEliminarleyendote tus escirtos desde tan preciado exilio que es vovler a ser
y reencontrarse con uno mismo...aplaudo sea este tiempo de otoño
y con el os envio mis felicitaciones y cordiales saludos.jr.
Hermoso comentario en verso. Gracias por tu visita.
Eliminarme parece curioso que un barrio tenga por nombre "ernesto guevara" cuando fue en bolivia que al "che" los militares lo mataron por querer implantar la "revolución" desde cuba en aquel país. tal vez esto se deba a que en bolivia ha habido gobiernos de izquierda que han permitido eso.
ResponderEliminarlo otro es que "esos horrendos pajarracos negros" a los que te refieres deben ser los llamados "gallinazos", los que al igual que los cóndores, buitres y otras aves carroñeras, tienen la misión de devorar cadáveres putrefactos para evitar que las ciudades sufran de epidemias. son unas aves muy inofensivas y muy necesarias en ese sentido.
saludos y feliz domingo.
Aprecio tu lectura crítica del blog. Hacía rato que esperaba un comentario como el tuyo.
EliminarTe comparto una intimidad... en este diario de mi exilio, absolutamente nada es lo que parece. Es evidente que no hay ninguna ciudad llamada "La Paz", en Perú. Todo está escrito tomando como base mi propia vida (en un 90%) pero con una deformación de eventos y nombres para hacerlo un poco más interesante. Así también, el barrio en el que vivo no se llama realmente "Ernesto Guevara"... pero parte, como todos los nombres en esta historia, de un juego de palabras.
Te recomiendo mucho que, con el tiempo, leas la historia en orden. Ahí vas a entender de dónde salen estos "pajarracos" (personajes fundamentales de la historia... y de mi día a día, la verdad sea dicha) y vas a encontrar aún más detalles de los que desconfiar.
Gracias por leer. Desconfiá de cada palabra mía. Incluso de las que acabo de escribir.
Gracias Martin por tu comentario en mi blog, que tengas un precioso día
ResponderEliminarAbrazos y te dejo besitos
Hola mi amigo, primera vez que te visito,
ResponderEliminaresos gallinazos, creo son aves de malaguero
como te dice Draco, un gusto conocer tu blogger.
Besitos dulces
Siby
Gracias por el comentario.
EliminarA veces creo que esas aves se ríen de mi.
Un abrazo.
¡Hola! Creo que es la primera vez que te visito, pero me ha parecido una historia bastante entretenida, así que me quedo por aquí, gracias por haberte pasado por mi blog. Un abrazo ❤️
ResponderEliminar¡Gracias por la visita y por el comentario!
EliminarComo siempre, recomiendo la lectura desde el principio. Si bien intento abordar cada capítulo como una unidad en sí mismo.
Awesome. I liked visiting here. Thanks for sharing this story.
ResponderEliminarQuerido amigo, paso a desearte un feliz inicio de semana, lleno de amor.
ResponderEliminarAbrazos y te dejo un besito